—Es un gusto conocerlo, señor… — le di un apretón de mano, no pensaba dejarlo con ella extendida. —Isaac, puede llamarme Isaac — dejó ir mi mano, mirando hacia el fondo del pasillo—. ¡Ana! ¡¿Dónde estás cuando te necesito?! Su grito me sobresaltó. Ahora veo a quién salió Tom. Una de las asistentes que vi el otro día llegó hasta nosotros a las carreras. —Cancela todas las reuniones de la mañana. —Enseguida, señor— ella se arregló los espejuelos. Tom me observó mientras se frotaba la sien. —Ve a atender tus asuntos, tomaré prestado a tu asistente, hijo. —No, lo que vayas a decirle que sea frente a mí. —Usted y yo tenemos mucho de qué hablar. ¿Acepta mi invitación a tomarnos algo y dialogar? —Yo… — miré a Tom, y esa mirada suplicante no pude pasarla desapercibida—. Estaré enc

