NORA
Ese martes me tocó llegar temprano a la oficina, cosa rara en mí. Justo por eso me topé de frente con la furia de Marco, que andaba más cruzado que de costumbre.
Ni los buenos días me dejó decir. Empezó a tirar de todo por unos archivos que, según él, la secretaria anterior había dejado hechos un desastre. Luego, sin filtro, me echó en cara que no le había respondido un mensaje que me mandó anoche.
—Me quedé dormida —le dije, con voz apagada.
—¿Dormida? ¿Mientras tu jefe te escribe?
—Perdón, señor…
—No te preocupes. Ya me quedó claro cuánto te importa este trabajo.
—De verdad lo siento…
—¡Te dije que no hace falta! Y que quede claro: quiero todos esos archivos listos hoy mismo.
—Pero…
—Nada de peros. Te puedes ir.
Me regresé a mi escritorio con un dolor de cabeza brutal. Sabía que no iba a poder sacar todo eso en un día ni aunque vendiera mi alma. Aun así, me senté, apagué mi cerebro, y empecé a darle.
A la hora del almuerzo, me crucé con Clara en el comedor. Apenas me vio, me dijo:
—Dicen que hoy el señor Galindo mostró su lado oscuro, ¿no?
—Casi me da un infarto —respondí mientras me sentaba.
—Ya te vas a acostumbrar —me dijo sonriendo.
—Lo dudo.
—Todas decimos eso al principio. Pero creo que el rollo viene por Tatiana.
—¿Quién es Tatiana?
—La novia.
Ahí mismo, se me fue la mandíbula al piso. Iba a darle un sorbo a mi Sprite, pero se me cayó encima de la bandeja.
—¿Tiene novia? —pregunté medio ahogada.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. ¿Pero en serio tiene novia?
—Claro. ¿Qué te pasa? No me digas que te está gustando el jefe…
—Claro que no. ¡Ni loca! ¿Cómo alguien puede estar con ese tipo?
—Todos merecen amor, incluso los jefes raros —dijo Clara con tono burlón.
—Supongo…
Pero por dentro, la idea me tenía enferma. No podía sacármelo de la cabeza. ¿Y si de verdad estaba con alguien? ¿Y entonces qué era lo que pasaba entre él y yo?
—Si en serio está con ella, ¿por qué me busca? ¿Me contrató solo para meterse conmigo mientras le pone los cuernos a su novia? Si es así, va a ver que conmigo no juega más —pensé mientras retomaba el trabajo.
Cuando por fin miré la hora, ya eran las seis p. m. y la oficina parecía un velorio. Me dio ese susto de quedarme sola, así que agarré algunos archivos para seguir en casa y me preparé para salir. Justo entonces se abrió la puerta del lado.
Me puse tensa al instante, lista para cualquier cosa.
—No quise asustarte —dijo Marco—. Te traje una hamburguesa.
—Gracias, pero no tengo hambre —le contesté fría.
—Sí tienes. Come algo.
La agarré solo para quitármelo de encima, pero ni la miré. Él se acercó a mi escritorio.
—¿Terminaste los archivos?
—No. Me los iba a llevar a casa.
—No hace falta. Déjalos. Necesitas descansar.
—Gracias…
—Siéntate y come. Te va a hacer bien. ¿Quieres tomar algo?
—Lo que sea —dije sin ganas.
Volvió con dos copas de vino y me dio una. Le di un trago largo, tenía la boca seca de tanto estrés.
—Está buenísimo.
—Mi favorito —dijo él.
—Buen gusto.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó, como si no supiera.
—Una porquería. Gracias a ti.
—No era mi intención ser tan duro.
—Pero lo fuiste.
—Perdón —dijo mientras se servía más vino.
—Suena raro que lo diga mi jefe…
—No estamos en horario laboral —me respondió, mirándome fijo.
—¿Qué quieres decir?
—Que ahora no soy tu jefe. Soy Marco.
—¿De verdad?
—Sí.
—Bueno, Marco.
Seguimos hablando mientras yo le entraba a la hamburguesa sin darme cuenta. Cuando terminé, él me miró con una ceja levantada.
—Y eso que dijiste que no tenías hambre…
—Creí que no. Y tu… tomas bastante.
—A veces —dijo, mirándome con esa sonrisa torcida.
Llevé mi copa a la cocina para lavarla, y cuando estiré la mano para agarrar la suya, él me tomó por la cintura, me jaló hacia él y sin darme chance, me bajó la cabeza para meterme un beso profundo, de esos que te desconectan. No me resistí. No quise.
—Quiero c0gerte —me confesó en la boca, con voz ronca.
—Yo también —le dije bajito—. Pero antes necesito que me aclares unas cosas.
—¿Qué tipo de cosas?
—Tu situación amorosa, por ejemplo.
Se quedó callado, con la mirada clavada en la mía. Después de unos segundos, contestó:
—Estoy soltero. Pero no busco algo serio por ahora.
—¿Y eso es verdad o me lo estás diciendo para convencerme de abrir las piernas?
—Es la verdad. Te extrañaba —me dijo mientras me pegaba más a su cuerpo.
—¿Y Tatiana? —pregunté. Ahí sí me soltó. Me miró como si le hubiera mentado a la madre.
—¿Cómo sabes de ella? —me preguntó con voz baja, casi tensa.
—Vamos, Marco. No te debería sorprender. Si tú pudiste saber quién era yo, ¿por qué yo no podría averiguar algo tuyo?
—Solo vi tu credencial cuando fuiste al baño y luego busqué tu perfil.
—Bueno, yo también “investigué”.
—Hablando en serio, Nora. ¿Quién te mencionó a Tatiana?
—Nadie. Lo descubrí sola. Y no es lo único que sé: el jueves tienen una cita.
—Eso no es lo que piensas. Tatiana no es mi novia. Es… alguien con quien me acostaba de vez en cuando.
—Aun así, me deja con la cabeza dando vueltas.
—No tendrías por qué. Ahora la que me importa eres tu.
—Sí, hasta que aparezca otra. Y a ella también le vas a decir: "Nora no era mi novia, solo era alguien con quien me acostaba".
—¿Entonces qué quieres de mí?
—Algo más. Algo real. Una relación, Marco.
Saltó de la silla. La cara se le transformó.
—¡No soy ningún idiota! ¡No estoy buscando una relación! —me dijo seco.
—Puedo llevarte si ya te vas —agregó mientras se iba hacia su oficina.
—No hace falta. Voy a pedir un Uber —le contesté sin mirarlo.
—Ok.
Apenas llegué a casa, me pegué una ducha rápida. Estaba por meterme en la cama cuando el teléfono vibró. Mensaje suyo.
—¿Estás despierta?
Lo ignoré. Me tapé hasta el cuello con la sabana.
Unos segundos después, otro mensaje:
—Sé que estás despierta. Fui un imbécil. Perdón.
—¿Y por qué tendría que aceptarte las disculpas si no puedes controlar tu carácter?
—Porque soy tu jefe. Y tienes que hacerlo.
—Ok, señor. Mañana en la oficina lo hablamos.
—¿Ya con sueño?
—No. ¿Tu?
—Tampoco. ¿Qué color tienen tus panties ahora mismo?
—Ninguno. Solo estoy yo… y la sabana.
—¿Estás diciendo que duermes desnuda?
—Claro, es mas cómodo.
—Buenas noches.
—¿No que no tenías sueño?