NORA
Después del trabajo, me fui directo a lo de Vale. Necesitaba hablar con alguien y soltar todo lo que tenía en la cabeza.
—¿Estás diciendo que te acostaste con Marco Galindo? ¿El mero jefe de Galindo Enterprises? —me preguntó con los ojos como platos.
—Así mismito —le respondí.
—¡No puede ser! ¡Y ahora trabajas para él como su asistente! —dijo riéndose con sorpresa.
—Estoy hecha un lío, Vale...
—No eres la única confundida acá. ¿Y él se hizo el que no te conocía? —preguntó.
—Exacto. Eso es lo que me mata. Estoy segura de que terminé contratada por él, porque yo jamás fui a ninguna entrevista. Entonces, ¿por qué se hace el loco si, por lo que veo, le intereso tanto como para meterme en un puesto que ni pedí?
—Quizás quiere que te sientas en confianza primero —opinó, pensativa.
—¿Tú crees?
—Puede ser...
—¿Y entonces? ¿Qué hago?
—Juégale el mismo juego. Si él se hace el que no te ha visto en su vida, tu también hazte la que no lo conoces. Si él cambia el libreto, tu cambias con él. A su ritmo.
—Está bien...
—¿Y Bryan? —preguntó de repente, con cara seria.
—Ya no estamos juntos.
—¿Qué? ¿Cuándo pasó eso?
—El jueves.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Le dije lo que yo quería... pero él no está en la misma sintonía que yo.
—¿Y por qué no me contaste nada?
—No sé... no he podido procesarlo del todo. Todavía siento cosas por él —le dije con un nudo en la garganta.
—Ay, amiga... lo siento —dijo abrazándome fuerte.
—No funcionó...
—Ya sé... y me duele por ti.
*
Pasaron dos semanas volando, sin darme cuenta. Hoy ya era mi tercer lunes en la oficina.
Justo antes de la hora de almuerzo, fui al despacho de Marco a dejar unos papeles. Él estaba pegado al teléfono, así que solo los dejé sobre su escritorio y me di la vuelta para irme. Pero me hizo una seña con la mano para que esperara.
La llamada se alargó más de la cuenta. Yo ya estaba que me hervía por dentro porque si seguía así, me iba a quedar sin tiempo para comer algo decente.
Por fin colgó. Pero en vez de disculparse rápido, me quedó mirando como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Señorita Delgado, lamento haberle hecho perder su valioso tiempo —dijo, con una sonrisa.
—No se preocupe, señor —respondí, tragándome las ganas de rodar los ojos.
—¿Le molestaría si la llamo por su nombre?
—Para nada.
—Entonces, Nora... ¿segura que no nos conocemos? —me dijo con esa sonrisa canalla.
—Tal vez se cruzó con alguien parecida a mí —respondí bajito.
—¿Tu crees que hay otra igualita a ti? —dijo mientras se paraba y se acercaba lentamente, con esa mirada seductora.
—¿De verdad crees que hay alguien como yo? —repitió, y antes de que pudiera decir algo, me pasó la lengua por el cuello.
Sentí un escalofrío recorrerme y el cuerpo me reaccionó al instante. El c0ño se me mojó sin avisar, como si lo hubiera estado esperando todo este tiempo.
Volvió a lamerme el cuello, lento, como saboreándome, y se acercó a mi oído...
—Nora... dime algo, ¿tu de verdad piensas que hay alguien allá afuera que se parezca a mí? —me dijo, y sin avisar, me agarró una teta con esa mano grande que tiene. ¡Madre mia! ¿Cómo se suponía que iba a mantenerme en pie si seguía tocándome así?
—No —le dije entre dientes, cerrando los ojos justo cuando su lengua caliente se metió en mi oreja y me arrancó un suspiro.
—Entonces, si no hay otro como yo... ¿quién carajos era ese? —me preguntó mientras su otra mano se adueñaba de mi otro pecho, apretándolo con fuerza.
—No saber su nombre lo hacía más excitante —le dije entre jadeos.
—Esas palabras también salieron de mi boca esa noche —me dijo, y antes de que pudiera reaccionar, me empujó contra su escritorio hasta que mi espalda lo golpeó con un golpe seco. —¿Me extrañas? —me dijo mientras me levantaba la falda sin pedir permiso. —¿Te hace falta el tipo que te revolvió toda? —agregó, abriéndome las piernas como si fueran suyas, y empezó a frotarme el clít0ris por encima de las tanguitas nuevas, unas de encaje rojo que me acababa de comprar.
—Estás mojada como una fuente, Nora —dijo mientras su dedo aumentaba la presión justo ahí donde me volvía loca.
—¿Te hace falta? —repitió, rozándome con más fuerza.
Yo quería decirle que sí. Gritarlo si era necesario. Pero lo único que salió de mi boca fue un gemido tembloroso.
—Ya veo cómo tratar a las que no responden —dijo él, con esa sonrisa torcida, corriéndome las bragas a un lado y metiéndome dos dedos directo al c0ño sin avisar.
Sentí el cuerpo arquearse sin control, como si estuviera buscando más de esa sensación. Mis caderas se movieron por sí solas, empujándose contra su mano, queriendo más, exigiendo más.
—Así me gusta, nena... tu c0ño quiere tragarse mis dedos completitos —soltó en tono burlón, metiéndolos más profundo, con más ritmo.
Adentro, afuera, adentro, afuera… y yo ya no sabía dónde estaba. Mi cuerpo temblaba, y sin poder frenarlo, me corrí fuerte, mojándole los dedos mientras dejaba escapar un largo —Aaaahhhhhhh— que llenó toda la oficina.
—¿Te di permiso para correrte? —me dijo, mientras se llevaba sus dedos empapados a la boca y los lamía como si fueran miel. —Mi p3ne también quiere sentir ese calorcito —agregó, desabrochándose los pantalones.
Pero justo cuando iba a sacársela, sonó su celular. Vi cómo miraba la pantalla.
—Es una llamada importante —dijo, con esa voz fría y profesional, me hizo una seña para que me fuera.
Me bajé la falda, con la cara ardiendo, y salí de su oficina con el corazón bombeando en los oídos. Volví al escritorio, me senté como si nada, y seguí trabajando aunque ya no me quedaba ni un minuto de descanso. Esperé que me buscara otra vez... pero no lo hizo.
Esa noche llegué a casa decepcionada. Me puse un video p0rno de una mujer cogiendo sobre un escritorio y empecé a tocarme, caliente todavía con el recuerdo. Estaba a punto de llegar cuando mi celular vibró.
Era un número que no tenía guardado. Abrí el mensaje: una foto... de un dedo.
Lo ignoré y seguí con lo mío, pero entró otro texto:
—¿Qué tal?
—¿Quién eres? —le respondí.
—No saberlo lo hace más divertido. ¿Qué tal?
—¿En qué puedo ayudarte?
—En muchas cosas... pero empecemos por bajar esa boquita hasta mi pen3.
—No soy ese tipo de chica.
—Claro que no... pero bien que no te quejaste cuando tenía mis dedos enterrados en tu c0ño.
—Buenas noches —le escribí, y dejé el teléfono a un lado.
Pero volvió a vibrar:
—Todavía puedo olerte en mis dedos. Tienes un aroma increíble.
Me quedé mirándolo. Al principio no iba a contestar, pero era lo más sexy que alguien me había dicho. Así que le escribí:
—Qué amable. Buenas noches.
—Tengo muchas ganas de seguir esta charla.
—Mañana madrugo. Buenas noches.
—Vale... pero antes de que te vayas, una última pregunta...
—Dime.
—¿Ya sabías que ibas a terminar trabajando para mí cuando te acostaste conmigo esa noche?
Me quedé leyendo y releyendo ese mensaje. Una vez. Otra vez. ¿Había entendido bien? Decidí no responder.
¿Quién era este tipo? ¿Y qué clase de juego está jugando conmigo?