NORA
No pegué un ojo en todo el fin de semana. Apenas amaneció el lunes, me puse el trajecito nuevo que pedí online hace un par de días y me pinté los labios con ese gloss de fresa que me encanta.
Salí de casa como a las seis y media, y antes de las siete ya estaba en la entrada. Solo los de seguridad y el personal de limpieza andaban por ahí, así que me tocó esperar como media hora hasta que empezó a llegar más gente.
Por dentro, el nervio me estaba comiendo viva. Parte de mí sentía que todo esto era una broma pesada... hasta que vi acercarse a una chica guapa, sonriendo.
—Buen día, señorita Delgado —me dijo, estirando la mano.
—Buen día —le respondí, dándole la mano también.
—Un gusto. Soy la señorita Torres, pero dime Helena. Asistente del señor Galindo.
—Encantada, llámame Nora.
—Perfecto, Nora. Ven, te enseño tu oficina.
Nos subimos al elevador y bajamos en el cuarto piso. Caminamos por un pasillo elegante y se detuvo frente a una puerta que abrió sin esfuerzo.
—Esta es tu oficina —dijo, señalando una puerta dentro—. Y esa es la del señor Galindo.
—O sea que... ¿él tiene que pasar por aquí?
—Solo si quiere. Tiene su propia entrada, pero puede usar esta también.
—Ah, ya entiendo —dije, tratando de acomodar esa información en mi cabeza.
Dejó unos papeles sobre el escritorio.
—Aquí tienes su agenda de esta semana y la próxima.
—Gracias.
—Que tengas un excelente día.
—Igual tú.
Me senté en mi nueva silla de cuero, que se sentía suave y cara. Pasé las manos por los apoyabrazos y luego agarré el celular para llamar a Valeria y contarle. Como no contestó, le mandé un mensaje: “No es broma. Pero no entiendo nada todavía. Te escribo cuando tenga todo claro”
Eché una mirada rápida a los papeles y sentí el estómago vacío. No había comido nada, así que salí a buscar algo. Pero apenas di unos pasos fuera de mi oficina, lo vi.
Me paralicé. Me regresé corriendo y cerré la puerta con la espalda. El corazón me latía a mil por hora. ¿Qué rayos hace aquí? ¿Por qué justo a mí? ¿Cómo voy a sobrevivir a esto?
Tocaron la puerta.
—¡Señorita Delgado! ¿Está bien? —dijo una voz que reconocí al instante. Mierda. Era él.
—Nora, ¿qué hiciste? —me dije. Las manos me sudaban, la cabeza me daba vueltas. Estaba entrando en pánico.
—¡Señorita Delgado!
¿Y si no puedo con esto? Si ya estoy así el primer día, ¿cómo voy a aguantar el resto de la semana?
Respiré hondo y me forcé a abrir la puerta.
—¿Está bien? —me preguntó alguien, pero lo veía todo borroso.
—¿Señorita Delgado? ¿Me escucha?
Parpadeé varias veces hasta que su cara se fue aclarando. No lo podía creer. Era él.
Fingí que no lo reconocía, solo para ganar tiempo mental. Estaba tirada en el suelo, y él... él me sostenía la cabeza sobre sus piernas. No, Nora, no estás viendo esto.
Me levanté como pude y me acomodé la falda con toda la dignidad posible.
—Gracias.
—No hay de qué.
—¿Qué pasó?
—Toqué, no respondías, entré y te vi desmayarte.
—Oh... gracias.
—En serio, no hay problema —dijo, poniéndose de pie—. Tú eres la señorita Delgado, ¿cierto?
—Sí —respondí, con la voz seca.
—Soy Marco Galindo —dijo, y se metió directo a su oficina.
Me quedé ahí, con los ojos como platos. ¿QUÉ? ¿Él es Marco Galindo?
¡Te acostaste con un multimillonario, Nora! ¡Y ni idea tenías!
Fui por mi bolso, saqué el teléfono, lista para escribirle a Valeria, pero en eso sonó el teléfono de la oficina.
—¿Hola?
—Avísame cuando llegue el señor Raúl.
—Sí, señor —contesté, pero ya había colgado.
—Idiota —murmuré para mí, mordiéndome el labio.
Solté el teléfono y me dejé caer en mi silla de cuero. Tenía la mente hecha un lío. ¿Cómo era posible que ese tipo fuera el mismo con el que me revolqué hace una semana y ahora se portara como si jamás me hubiera visto en su vida?
Le escribí rápido a Vale: “Estoy perdida.”
Y ni un minuto pasó cuando me llegó su respuesta. Justo iba a leerla cuando alguien abrió la puerta.
Me puse de pie y solté una sonrisa automática.
—Buenos días —dije, con el tono más profesional que pude.
—Buenos días. ¿Eres la última? —me dijo el tipo, un moreno alto, guapo, con una mirada que quemaba.
—¿La última? ¿Qué significa eso? —pensé, pero me mantuve serena.
—Soy Nora, la nueva secretaria. El señor Galindo lo espera, señor —le respondí con mi mejor voz de ejecutiva.
Él me clavó la mirada de arriba abajo, sin disimular ni un poco, y luego se mordió el labio. Fue tan descarado que me dio calor, literal.
Aproveché el rato para revisar el mensaje de Vale. Tenía dos:
“¿Qué pasa? Espero que no tenga que ver con la policía”
“Nora, ¿estás bien? ¿Sigues ahí?”
Le contesté sin pensar demasiado: “Todo va a salir bien”. Guardé el teléfono al escuchar pasos acercándose y me acomodé rápido frente a los archivos como si estuviera muy concentrada. Desde el rabillo del ojo vi que Marco y el tal señor Raúl salían de la oficina.
—¿Desde cuándo empezó? —le preguntó Raúl en voz baja.
—Hoy —respondió Marco, seco.
Raúl volvió a decir algo, pero ya no lo entendí.
—No preguntes más —cortó Marco y se largó antes de que Raúl pudiera abrir la boca otra vez.
Raúl me echó una mirada cargada de intención, me guiñó un ojo y, para rematar, se humedeció los labios. Me dieron ganas de lanzarle un expediente en la cara.
A la hora del almuerzo me fui a un local cerca y pedí una hamburguesa con Sprite. Apenas iba a darle la primera mordida cuando una mujer guapísima, muy bien arreglada, se me acercó con su bandeja.
—¿Puedo sentarme aquí contigo? —preguntó con amabilidad.
—Claro que sí —le dije, y moví mis cosas.
—Soy Clara, de marketing.
—Yo soy Nora, la nueva secretaria.
—Encantada.
—Igualmente —respondí. Y sí, conectamos al instante. Hablamos de todo mientras comíamos, y de regreso a la oficina intercambiamos teléfonos.
Faltaban como 30 minutos para que cerrara el día cuando sonó el teléfono fijo.
—Galindo Enterprises, habla Nora. ¿En qué puedo ayudarle?
—Pásame con Marco —dijo una voz de mujer, cortante, como si mandara.
—¿Quién llama?
—Pásame la llamada —insistió.
—Lo siento, necesito saber quién habla.
—Dile que es Tatiana —dijo, ya con fastidio.
—Un segundo, le confirmo en breve —le dije, y llamé directo a Marco.
—Dile que agende una cita —ordenó él, sin emoción alguna.
Regresé con Tatiana:
—Dice que necesita agendar una cita.
—Dile que es urgente —insistió, casi rogando.
—El señor Galindo no podrá tomar llamadas por ahora. ¿Quiere que agendemos?
—Está bien... ¿Cuándo tiene espacio?
—Tiene la agenda más libre para finales de la semana que viene.
—El jueves a las una —dijo finalmente, resignada.