Capítulo 14

1349 Palabras
Ella dejó escapar el mismo leve gimiendo de sorpresa que había escapado poco antes de sus labios, una tenue exclamación de asombro. Sus dedos finos se crisparon sobre el brazo sano de Brand. La reacción física de Brand escapaba a las riendas de la razón. Se acercó, salvando el leve espacio que los separaba.La agarró; sus cuerpos se tocaron, se fundieron por un instante. Brand no esperaba aquel ardor. El fiero deseo físico sería otra traición si le daba rienda suelta. No lo haría. No volvería a traicionarse. Tomó aire, pero ello sólo le sirvió para sentir el leve olor a rosas que exhalaba ella. Sus cuerpos se movieron al unísono. Brand sintió en la piel la aspereza de su hábito de monja, cuya tosquedad, en contraste con la tersura que se adivinaba debajo, excitó su deseo. Brand intentó dominarse.No cometería la torpeza de besarla, como tal vez ella esperaba.Pero ya no podía dejarla marchar.Sus cuerpos se tocaban tan íntimamente que eran conscientes con los cinco sentidos de lo que ansiaban y de lo que les estaba vedado. Brand siguió abrazándola;movió su cuerpo ligero y frágil hasta que pudo sentir cada curva lo mismo que ella sentía la desnudez de su cuerpo.La apretó hasta que las densas pestañas negras de Alina altearon y un estremecimientos erizó la piel expuesta de su cuello y los botoncillos de sus pezones se endurecieron. La abrazó hasta que estuvo duro como una roca. Hasta que su v***a, hinchada de sangre, comenzó a palpitar y a arder contra la tersura del sexo de Alina. Hasta que tensó tanto la cuerda de su dominio que pensó que no podría soportarlo más. Pero, aun así, no hizo nada. Hasta que Alina cerró los ojos y clavo los dedos en su piel, haciéndole daño. Entonces agachó la cabeza hasta sentir la rápida agitación de su aliento en los labios resecos, hasta que sintió que ella se apoyaba en sus hombros y sus brazos porque ya no podía sostenerse en pie. Pero no la besó aún. No, hasta que oyó lo que quería de sus labios: su nombre, no el de Hun. Se movió, pero al mezclarse sus hálitos en aquel instante abrasador que presagiaba caricias y al mismo tiempo las negaba, oyó lo que no esperaba.Un último suspiro escapó de los labios de Alina, dolorosamente suave y apenas discernible contra las aspereza de su cara sin afeitar. Fue aquel sonido lo que le refrenó.Un sonido que no sólo contenía la pasión escondida que él sabía alentaba dentro de la frágil figura de Alina, sino también algo que no esperaba. Miedo. La soltó, la sintió apartarse de él tambaleándose, como si no soportara su cercanía.Lo cual debía de ser cierto. Brand advirtió que el deseo que la aterrorizaba y que azotaba su dominio a duras penas conseguido seguía Allí.Lo que había hecho no lo había mitigado, sino multiplicado por mil. -Brand... Él se resistía a mirarla a la cara.La verdad se abrió camino a través de sus labios cuarteados. -Vete, Alina,vete.No hay modo de que podamos ayudarnos el uno al otro. ¿Qué había hecho? Alina apretó el paso mientras daba infinitas vueltas por el huerto tapiado del monasterio. El sol de la tarde caía a plomo sobre ella.El olor de las plantas, que el roce de sus faldas o sus pisadas distraídas liberaba, excitaba sus sentidos: consuela, marrubio, poleo. Sus aromas giraban en torno a ella sucesivamente en un torbellino que aturdía. En círculos, inacabablemente, siempre lo mismo allá donde se girara. Como su vida. ¿Por qué había tocado a Brand ¿Por qué había cometido el disparate de prepararle un baño? ¡Qué idiota era!¡Qué temeraria! ¿Había creído que, porque le hubiera cuidado estando él inconsciente, que porque las circunstancias les hubieran obligado a  dormir juntos, estaba a salvo? ¿Tan necia era? ¿Tan segura estaba de su poder? No tenía poder alguno.No, en lo que a Brand concernía. Y él no le había hecho nada. Nada. Sólo la había estrechado en sus brazos. Y ello había bastado para que el deseo la aturdiera, para incendiar sus sentidos y derretir su cuerpo, para que su ardor consumiera la voluntad, la razón, su ser entero, como un voraz incendio. Había perdido el control. No, él no. Ella lo había notado en el modo en que la abrazaba. En lo que había decidido hacer y en lo que no. Era de esos hombres que lo saben todo sobre los poderes que se desataban entre un hombre y una mujer. Eso era lo que ella había querido que le enseñara.Había ansiado que aquella misteriosa pasión escondida se desatara y se apoderara con fiereza de su cuerpo y la poseyera. Y, sin embargo, no quería que eso sucediera. Lo que había sentido al final era miedo. Un miedo vergonzante a lo que él hiciera, al deseo que sentía por él a pesar de todo. Rozó con los pies las hojas de un marrubio blanco y levantó una oleada embriagadora. Consuela.Poleo. Se sentó en el banco de madera que había apoyado en la pared. Al final, Brand no lo había querido.Ella le había traicionado, y lo único que podía hacer era mantenerse alejada de él.Y permanecer sola, como siempre. Era mejor así.Escondió la cara entre las manos. -¿Alina?¿Qué tienes?¿No te encuentras bien? Alina estaba envarada cuando oyó aquella voz profunda, que parecía formar parte de su ensoñación.La ensoñación que a menudo pasaba por su cabeza cuando su padre la hablaba con ternura, como si la quisiera. El sueño más irreal que cabía tener. Sólo la voz de una persona imitaba la forma y el sonido de la de su padre; el padre de ambos. Alina no levantó la mirada. -Estoy perfectamente. -Entonces,¿qué te ocurre?-preguntó Cunan. Apoyó ligeramente una mano sobre el hombro de Alina, con la misma ternura aparente de su voz. Su propio hermano-.¿No será...?¿No te habrá ofendido el nortumbrio? Los hombros de Alina se tensaron bajo la mano de Cunan.Para Cunan, sólo había un nortumbrio. Como sólo había uno para ella.Mantuvo la cabeza agachada para que su hermano no viera los efectos de aquel turbador encuentro s****l escritos en su cara, la marca a fuego de las caricias de su amante. -¿Por qué crees que hay algo entre nosotros?Le traicioné, ¿recuerdas? -Traición- la voz de Cunan se endureció, como la de su padre cuando hablaba de asuntos de estado-.¿Acaso es posible traicionar a un enemigo? Al final hiciste lo que debías. -¿De veras? Si. Maol quería que te casaras con Hun. Nuestro padre quería que tu marido fuera un hombre de provecho, no un pariente lujurioso de un usurpador como... -Cenred es ahora el rey de Nortumbria. Y  tiene a nuestro hermano en su poder. Creía que... -¿Rey?¿Por cuánto tiempo? Algo se heló en las venas de Alina. -¿Qué estás diciendo? -Mi querida hermana,deberías pensar en el futuro. En tu futuro. Hay muchos dispuestos a apoyar a otros pretendientes a la corona de Nortumbria, gente que mira a los pictos con mejores ojos. A Alina se le heló la sangre. -¿Quiénes? -Aquellos cuyo futuro está en entredicho. Goadel... -¿Goadel? Alina paseó la mirada por el jardín:los altos muros, los arbustos retroñecidos, la verja. No había nadie. No se oía ningún ruido, salvo sus voces. -Todavía te quiere para él-dijo Cunan con suavidad-.¿Y por qué no?¿Crees que a un sajón le importa que fueras de su hermano? Claro que no. -No...-dijo ella antes de poder refrenarse.La mano posada en su hombro se calvó en su carne. -Piensa en tu deber hacia tu reino. Alina se envaró. -Lo intenté.Pero mi reino no me dio nada. Nunca encontré allí mi lugar.Nunca. -¿Y de quién es la culpa? La culpa, familiar como una segunda piel. -Mía.De mi madre.¿Acaso no lo sabemos los dos, tú y yo? ¿No lo sabemos desde que éramos niños?-daría cualquier  cosa por librarse de la culpa.
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