-Yo...
Brand la agarró de la mano.
-Estabas ahí,¿verdad? Toda esta horrible noche.Eras tú.
La intensidad de su mirada, la fiera caricia de su voz, la fuerza de la mano que la sujetaba, eran capaces de apoderarse de todo.Podían hacerla suya por completo.
Brand tenía ese poder.
Y, luego,¿qué haría ella?Si cedía a lo que más deseaba, no podía ofrecerle nada, salvo desilusión y ruina. No llevaba consigo la paz que antaño había rozado a Brand.
-No. Al menos, no todo el tiempo.He ayudado, claro.Pero es el boticario el que sabe. Él preparo esto.
Se dio la vuelta hacía la pesada de madera en la que reposaban las hierbas esparcidas, la jarra de agua y la redoma de piel con la poción sanadora. Brand la dejó ir. La mano de Alina se deslizó entre la suya. Ella sintió el leve calor de su palma, los encallecimientos causados por el manejo de la espada, las yemas firmes de cada dedo.
-Voy a por la porción- estuvo a punto de derramarla. Le costó controlar sus manos trémulas. Pero lo consiguió y, al darse la vuelta, su rostro era la bella máscara inmóvil que la había mantenido siempre intacta.
O atrapada.
Lo vio beber y sumirse de nuevo en un sueño reparador. Pero la paz había desaparecido.
Sentía garras que se le clavaban, que se hundían en sus hombros y sus brazos. Un dolor espantoso le atravesaba de parte a parte. No podía desprenderse de él. Aquella forma oscura y sin rostro tapaba la luz de las antorchas.
Estaba mascullando algo.
-Oy-dijo la forma.
No era un demonio, pues.Era Duda.Aunque a veces no había diferencia. Brand paseó la mirada por la pequeña estancia.
Alina se había ido.
-¿Qué?-preguntó.
-Creía que no ibas a despertar.
-¿Tenía elección?
-Perdona.¿Era el brazo malo?
Algunas preguntas no merecían respuesta.
-¿Y bien?
-Han pasado algunas cosas mientras no estabas exactamente con nosotros.
-¿Qué?-Brand refrenó una sonrisa y adoptó un tono compungido por haberse >un día y medio.
-Cunan.
Brand obligó a su mente a dejar atrás el dolor y el aturdimiento y esperó.
-Se ha ido.
-¿Que se ha ido?¿Adónde?- se incorporó hasta quedar más o menos sentado. El montón de andrajos que había ante él se removió como si el ocupante que había allí dentro, en alguna parte, se sintiera de pronto incómodo-. No le habéis seguido- era la afirmación de un hecho incontrovertible.Los dos lo sabían.Pero salió como una pregunta porque Brand no podía creer que Duda hubiera cometido aquel error, estando en juego la vida de siete hombres y una mujer.
Acorazó su mete para no imaginarse a Alina inclinada sobre él: su cuerpo frágil acurrucado junto al suyo; su rostro y la suave entonación de su voz, reales e imaginados en sus sueños febriles.
-Estaba...ocupado.
-¿Encontraste algo más importante que descubrir lo que planeaba Cunan?-su voz habría traspasado el hierro.
-Tú.
-¿Yo?
-Creía que estabas faeg. Muerto.Acabado.
Brand no supo qué responder. Aguardó hasta que la corriente de aire que había en la habitación cerrada dejó de moverse sobre su piel. desnuda.
-No lo estaba.
Sus palabras rasgaron algo en el súbito silencio.Dentro de él.
-Yo soy el que siempre sale ileso.
Duda lo estaba mirando fijamente. Brand reconoció de pronto la expresión de sus astutos ojos.
Era el regalo más preciado del reino de la Tierra Media, la única verdadera cualidad, cada vez más rara, que evitaba que el mundo se desplomara y se sumiera en el caos.
La lealtad.
-Yo no...
-Tú no te entiendes a ti mismo, ni lo que significas para los demás-dijo Duda-. Estás ciego, aunque para otras cosas veas tanto. Cunan estaba muy satisfecho consigo mismo. Seguramente, ahora que te estás recuperando, lo estará menos.
Brand abrió los puños.
-Entonces, ¿ha vuelto?
-Sí.
-¿Y el espía?-el ruido sigiloso e informe que los seguía.
-Ni rastro de él.
Entonces se había ido. Habría ido a informar a Goadel del paradero del asesino de su hermano y de la amante de su hermano.
Tuvo que obligarse a formular una última pregunta.
-¿Y Alina?
-¿Te refieres a tu esposa?
Nunca había suficiente agua caliente.
Alina hizo girar los ojos. Era uno de los problemas irresolubles de la vida se viviera donde se viviera, en el palacio de Craig Phárdraig o en una pocilga. Y, naturalmente, también en conventos y monasterios.
-Otro cubo.
Pronto iban a cansarse de hacerle favores en la cocina del monasterio. Endulzó su petición con una sonrisa.
-Yo los llevo.
El cocinero y su sudoroso ayudante aceptaron de buen grado.
Era fácil La princesa de Craig Phárdraig y antigua moradora de un convento colgó los cubos de sus cadenas y deslizó el balancín de madera hábilmente sobre sus hombros.
Era una suerte que la habitación de Brand no estuviera lejos.
-Volveré a por los otros. Cuatro más-añadió con una voz con la que había organizado innumerables banquetes a base de asado de venado, codornices guarnecidas con sus plumas, carne, vino, juglares, cantantes, jabalí relleno y carne de membrillo, todo en una noche.
Ellos inclinaron la cabeza.
Algo desagradable salió por la puerta.
-¿Te hecho una mano?
-No, pero puedes traer los otros-miró aquel montón de lana sucia.Parecía agitarse al viento como si apenas tuviera fuerzas para sostenerse derecho-.Ocho cubos.
-¿Ocho?
-Cuenta todos los dedos de las manos, menos los pulgares.
Algo futuro se movió entre todo aquel pelo.A Alina le pareció distinguir el brillo de unos dientes extrañadamente bien conservados.
-Me acordaré.
Le despertó el ruido de la puerta.
Ignoraba qué hora era. Tenía el vago recuerdo de haber comido en algún momento.Intentó abrir los ojos.
-Bueno,¿qué tal te va con esa víbora picta?
No era Duda. Era la otra víbora picta.
Su mujer.
O quizá un camaleón.Nadie esperaba de la princesa de Craig Phárdraig que acarreara cubos tan inmensos y de alta capacidad.
Claro, que tampoco esperaba nadie que una princesa tuviera las manos encallecidas y estuviera desnutrida mientras esperaba en medio de un discreto aislamiento la llegada de su amante. Ni que mintiera sobre el hecho de haber pasado un día y una noche atendiéndole.
Sobre todo, nadie esperaba haberse casado con ella sin saberlo.
Claro, que Brand tampoco esperaba que lo abandonara.
Ya iba siendo hora de desvelar los secretos que rodeaban a Alina.
Ella llevaba aún aquel sayo, pero se había quitado la horrenca toca. La negra cabellera le caía sobre la espalda y los hombros como una cascada. Dejó los cubos con una grácil torsión nacida de la práctica, usando todo el cuerpo para equilibrarse.
Pero era muy ligera, sobre todo ahora.
-No deberías hacer eso.¿Es que no hay criados?-preguntó él.Lo cual era un comienzo realmente astuto y sólo mostraba el peligroso caos que reinaba en su cerebro enfebrecido.
-Los demás los va a traer otra persona.
No lo miraba. Tanto mejor, porque Brand se había movido instintivamente para ayudarla, y en ese momento moverse o hablar sin estar preparado no era la estratagema más eficaz.
Había logrado recuperar en apariencia el dominio sobre sí mismo cuando la puerta se abrió de nuevo y apareció otra persona llevando unos cubos. Duda entró seguido por una hilera de criados que acarreaban más cubos.
Los sirvientes se marcharon.Los cubos humeaban suavemente.Duda se quedó y examinó los baldes de madera con cercos de hierros con distraída curiosidad.El agua y él nunca habían hecho buenas amigas.
-Siempre es bueno ponerse guapo.
Brand cometió el disparate de mirar a Alina a los ojos.
Ella había estado mirando a Duda con la seriedad con que habría mirado a uno de los embajadores de su tío.Claro, que a él no le hacía falta que cambiara de semblante. El sabía lo que estaba pensando.
Alina logró convertir una leve resquebrajadura de aquella sería cortesía en una suerte de sonrisa que volvía a la gente tan maleable como cera de abeja. Duda se retiró muy ufano.
Había sido perfecto, y la verdad era que Brand no sabía nada en absoluto sobre ella. Ni lo que hacía.
Ni por qué se había fugado con él al principio.
El dolor que le causaba aquello era insoportable y tras él se ocultaba la furia. La furia por lo que le habían hecho a Athelwulf, a toda la gente que se había visto forzada a seguirlo a un miserable exilio. La rabia ardiente e inagotable por lo que le habían hecho a su hogar.
Y, después de todo lo que había pasado, ella había decidido seguir al culpable.
-Vas a bañarte-dijo ella, y comenzó a vaciar los cubos-. Yo te ayudaré.
Brand sofocó el impulso cegador de poner fin a su juego, de utilizar la fuerza para sacar a la luz del día lo que ocultaba aquella bella cabeza. Había otros modos.Modos con los que ella disfrutaría tanto como en otras ocasiones.
Brand salió de la cama. Con pleno dominio de si mismo, esta vez.había refrenado su cólera convirtiéndola en una fuerza irreal, cuya existencia resultaba excesivamente poderosa para su cuerpo poseído por la fiebre.
-Pues ayúdame.
Alina giró su elegante cabeza. Brand esperaba la hábil sonrisa que había derrotado a Duda. Ella se limitó a mirarlo con fijeza, y su aliento atravesó con esfuerzo la suave curvatura de sus labios y salió en forma de un quejido de sorpresa. Como si estuviera impresionada. Tal vez no esperaba que Brand fuera capaz de levantarse.Tal vez confiaba en que estuviera más débil de lo que estaba.Ignoraba qué sentía él.
-Ya he echado el agua.No hay mucha, pero tal vez pueda conseguir más.
Había de sobras.
-Con eso bastará.
Alina apartó lentamente la mirada de él; las negras pestañas velaron sus ojos. Se hubiera dicho que no eran sus actos los que la habían impresionado, sino su persona. Como si fuera una casta muchacha de quince primaveras. Pero eso era demasiado suponer, después de Hun.
-Van a ayudarme, Alina.
Brand no pretendía que su voz sonara tan amenazante. Pero ya no podía remediarlo y, ella huía en lugar de acercarse, que así fuera. Él casi lo prefería.
Pero ella no huyó. Como siempre, siguió su propio camino, a su aire. Dejó el último cubo junto a los otros con cuidado y cruzó luego el pequeño espacio que los separaba.
Tocó a Brand. Pero él no estaba preparado, pese a la cólera,dura como una roca, que sentía dentro. Una sacudida le atravesó la carne, los huesos, los recovecos enfebrecidos del cerebro.Era más dolorosa que la herida de hacha de su brazo, la conciencia de su cercanía, el violento deseo al que apenas un paso separaba de la locura.