Pero la luz no había sobrevivido. Era imposible, en aquel mundo.
-El deber significa para mí cuanto debe significar- qué bellas palabras. Atravesaron como un susurro el aire quieto. Pero eran huecas. Alina había quebrantado todos sus deberes. El deber hacia su país, hacia su rey, hacia su familia.
Hacia el guerrero nortumbrio que había renunciado a todo por ella.
Se dio la vuelta para no ver los ojos desdeñosos, el rostro tan parecido al de su padre. Para no oír de nuevo la lengua de los pictos. Los ojos dorados, entrecerrados, estaban fijos en su cara.
Brand lo había oído todo.
¿Cuándo se había despertado? ¿Cuando ella había hablado del deber, hablándole en celta a Cunan el Sabueso?
Se dijo que no importaba, Brand ya sabía que era una traidora.
-Qué guapa estás por la mañana. Siempre alerta. Pero me temo que no podemos quedarnos aquí. Por más que encandiles a tus acompañantes.
Lo había oído todo. Alina lo sabía. Sólo se preguntaba si Cunan no lo sabía. Vio que los ojos de su hermano se aguzaban, llenos de enojo. Pero sólo por el evidente desdén de Brand. No parecía haber en ellos conciencia alguna de los significados más profundos de sus palabras.La advertencia velada a él y a ella. Claro, que Brand lucía su rostro indiferente y caprichoso, el que escondía la temeraria inteligencia que se ocultaba detrás.
Le estaba sonriendo a Cunan.
-Sé lo ansiosa que está tu hermana por regresar a Bamburg, con vuestro hermano. Supongo que tú estarás igual de ansioso, claro.
-Desde luego.
Cunan le devolvió la sonrisa, en la que había un atisbo de secreto, un conocimiento superior al del otro. Y entonces Alina se dio cuenta. Cunan no sabía que Brand hablaba picto.
Ella era la única que lo sabía. Aquel conocimiento estaba allí, como un arma en su mano. Pero, como todas las armas que había empuñado con o contra Brand, era de doble filo. Si se le desvelaba aquel conocimiento a su hermano, Brand sabría quién lo había traicionado.
Se levantó, intentando que sus miembros agarrotados volvieran a la vida. Deseaba que pareciera que se ajetreaba preparándose, para poder hacer lo que de verdad quería: observar cómo se movía Brand, cada palabra que decía, cada gesto que hacía.
Recogieron el campamento a toda prisa. Los hombres de Brand se movían con una disciplinada eficiencia que debería haber alertado a Cunan. Brand sólo se permitió parar para obligarla a comer, más de lo que ella quería.Pero, o se tragaba la comida, o él se le haría tragar.
Nada falló.Nada salió mal.Cabalgaron tan velozmente como el día anterior; no, aún más rápido, en completo silencio. Habían pasado la frontera de Mercía, el amplio reino que quedaba entre Wessex y Nortumbria.
Enemigo de ambos.
Alina empleó el poco tiempo que descansaron para recoger hierbas para su paciente: matricaria,vulneraria, hojas de zarzamora. Actos sin sentido. No sería suficiente.
Lo dos lo sabían.
Ella cabalgaba, observaba, esperaba a que él sucumbiera. Y Cunan también.
Alina aprovechó el instante en que Duda se acercó a su montura y Cunan se adelantó, impulsado por su ansia de vigilar a su verdadera presa.Se volvió hacia el andrajoso montón de lana que abrigaba al compañero de Brand se inició una estratagema cuyas consecuencias tal vez escaparan a su control.
Pero no había muchas alternativas.
-Te das cuenta de que tendrás que hacer algo,¿no?
Una cabellera enmarañada y una barba que parecía servir de refugio a los restos de la cena se volvieron hacia ella.Tenía que haber unos ojos allí, en alguna parte.¿Y una mente?
-¿Sobre qué?
Ella miró hacia delante. El manto de brillantes colores de Cunan se agitaba al viento.
-Por los huesos de Dwyna-siseó-.No tengo tiempo para juegos. Tendrás que idear un plan. Si no, pronto recibiremos órdenes en picto.
Algo parpadeó. Quizá hubiera ojos allí dentro. Sobre el cerebro. Alina se reservó su opinión.
-Bueno, no serviría de nada. Yo no hablo picto- definitivamente, no había cerebro-. Claro, que para ti estaría muy bien.¿Estás impaciente?
Esta vez, Alina no pudo apartar la mirada de la espalda de su hermano.
-Lo que yo piense no importa. Te estoy diciendo lo que va a pasar...
-Ah.Y tú no lo sabes,¿no?¿Lo tienes preparado?
Ella apretó los dientes. Seguramente Duda pensaba que había añadido jugo de belladona a la infusión de hierbas que le había dado a Brand.
Aquello era absurdo. No podía hacer nada más. Aguijó a su caballo y salió en pos de Cunan. Pero, al llegar a lo alto del cerro, lo vio.El que debía ser su destino un pequeño grupo de edificios dentro de una amplia y elevada
empalizada. La forma inconfundible de una casa religiosa. El tañido de la solitaria campana suspendida sobre el tejado de brezo hendía el aire del atardecer.
Era un pequeño monasterio. Les dejaron entrar. Bravo habría sido el monje que negara la entrada a tantos hombres armados. Pero, cuando las puertas del refugio se cerraron tras ellos, fue cuando empezó el peligro.
Brand se desplomó.
Alina lo estaba esperando. Sabía que ocurría en cuanto alcanzaran el monasterio porque sólo la fuerza de voluntad mantenía a Brand en pie.. La fuerza de voluntad y la responsabilidad para con los hombres que cabalgaban por los campos abiertos de Mercía.
Sabía también que tendría un momento para ella porque los perros guardianes comenzarían a vigilarse los unos a los otros al instante. Sólo uno podía ostentar el mando. Ella no podía hacer mucho al respecto. Sólo una cosa.
Se abrió paso entre ellos, se arrodilló junto a Brand y se lanzó sobre él, para que tuvieran que emplear todas sus fuerzas para separarla de él.
Aquella era su batalla e iba a librarla conforme a sus términos. Vencería . El fuego que ardía en su sangre surgía de la temeridad que le daba fuerzas y que acompañaba únicamente al compromiso absoluto con una línea de acción.
Levantó la cabeza.
-Padre...-fijó la mirada, una mezcla mortífera de indefensión y exigencia, en el monje que parecía ser el más importante -, ayúdeme, por favor- dejó que todo el énfasis recayera en la partícula me.
-¡Señora!- el monte se arrodilló a su lado sobre los juncos. Una cruz dorada, incrustada con perlas de agua dulce, colgaba de un cordel alrededor de su cuello. Alina no se había equivocado. Era el abad.