-Rápido. Ayúdeme con él. Está herido y tiene fiebre. Han sido forajidos. Nos atacaron...-aquello serviría. Ninguno de los hombres de su partida iba a admitir quiénes eran realmente y qué hacían allí.
Alina dejó escapar un sollozo. No le resultó difícil. El abad masculló algunas palabras de consuelo, y Alina se alegró de ver que sus manos y su mirada eran francas y competentes. Tal vez tuviera fuerzas para ponerse de su lado.
-Gracias- susurró.
Sólo entonces cedió a la necesidad de mirar a Brand como Duda y Cunan, ella luchaba tácticamente.
Su rostro la aterrorizó. La palidez y las sombras que rodeaban sus ojos. Creía estar preparada. Pero no lo estaba.-Corazón mío- dijo sin querer. Le tocó la cara. Le ardía.Pensó que se había perdido, presa de la fiebre, pero sus densas pestañas se agitaron-. ¿Brand? No pasa nada.
Aquí te ayudarán...
La mirada de sus ojos, un leve movimiento de su mano, atajaron por irrelevantes sus palabras.
-Alina...
Ella apenas lo oía. Sólo distinguía el terrible esfuerzo que le costaba.
-No hables.
Pero él sostenía la mirada: luz dorada, inextinguible. Era como si el dolor, la traición y la amargura ya no existieran. Era la mirada que había cambiado la forma del mundo para ellos. Para ella, había sido más fuerte que el poder del aislamiento, la desesperación, el odio de dos reinos. Todavía lo era.
-Alina...confía en Duda...Él sabe...
Alina se inclinó sobre él, intentando ocultarlo a la vista de los demás con su cuerpo. Fijó todos sus sentidos en su boca reseca.
-No vayas con Cunan...traición...
Su hermano, sangre de su sangre. Su único vínculo con su hogar.
-¿Por qué...?-pero eran era demasiado tarde. Alguien la agarró del brazo y, al aferrarse a Brand, sintió que perdía la conciencia.
-Apártate.
Duda. Hasta sus manos eran peludas. Entonces, había vencido. No era de extrañar. Tenía media docena de nortumbrios a sus espaldas.
Más allá de ella, Alina oyó la voz enojada de Cunan.
Era él quien debía protegerla.
Pero lo único que podía ver, lo único en lo que podía pensar era en el cuerpo inerme que abrazaba y en el hecho de que su último pensamiento consciente, para bien o para mal, había sido para ella. Lo que ocupaba su mente era el vínculo que se había forjado entre ellos hacía largos meses, en Bamburg. Un vínculo puesto a prueba por infortunios que sólo podían acabar rompiéndolo.
El lazo que les unía estaba roto, pero aun así Alina pensaría en él hasta el último momento; le dedicaría el último de sus actos.
Tras ella, Cunan alzó la voz. La zarpa lobuna que le sujetaba el brazo se crispó. Sólo había un arma que podía retenerla junto a Brand.
Fijó la mirada en el abad.
-Padre, si pudiera decirle al boticario algo de que atienda a mi marido...se produjo un silencio asombrado a su espalda. Alina lo llenó diciendo. -Yo sé algo de medicina y puedo ayudarlo-tomó aire para darse fuerzas-. Mi marido lo es todo en el mundo para mí-dejó que su voz se elevara y se hiciera más aguada, que se convirtiera en un gemido claro y penetrante-. No me separé de él.
Hundió la mano en la túnica de Brand, a pesar de su debilidad, a pesar de las garras del lobo que le sujetaban la muñeca.La otra mano se deslizó sobre su rostro con gesto angustiado. No estaba fingiendo.
Nadie se movió. Alina tomó aire de nuevo. Sollozó. Al abad debía de parecerle patética.Los otros sabían lo que era aquello una declaración de guerra.
El siguiente sollozo fue tan agudo que hacía rechinar los dientes.
-Claro, claro, puedes quedarte con tu marido y cuidarlo. Los caminos están llenos de peligros para el viajero. Haremos lo que podamos para ayudaros- el abad le dio unas palmaditas en el hombro y ella aprovechó la oportunidad para desasirse de la garra de lobo. Resbaló hacia atrás y pisó el tobillo de Cunan.
El abad se levantó y ocupó el espacio que Alina había dejado a su espalda.
-Tu marido y tú estaréis aquí a salvo.
Ella levantó los ojos arrasados de lágrimas y, esperaba, llenos de gratitud. Había que ser clemente en la victoria.
Siempre.
-Santa Dwyna le pague su bondad, padre.
Incluso Brand habría apreciado el acierto de sus palabras.
Iba a morir.
Era tan obvio que, cuando el abad fue a administrarle la extremaunción, nadie protestó.
Alina miraba. No importaba lo que había hecho, ni sus estratagemas, ni sus vanos de curarlo. Algunas cosas no podían evitarse.
El boticario lo había intentado todo, cada hierba, cada planta medicinal. Nadie podía culparle. Como nadie podía poner en duda la devoción de la esposa, ni la vigilante lealtad de los acompañantes, todos ellos armados hasta los dientes. Cunan había tenido la sensatez de mantener la boca cerrada. Duda, cuyo mando había quedado firmemente establecido, no estaba de humor para razonamientos.
Ella observaba el rostro iracundo de Cunan. No Creía que fueran a hacerle daño mientras Brand estuviera vivo. Pero, después, si hacía algo que...Alina no podía pensar en lo que ocurría después.
Cuando el abad acabó de administrar el santo sacramento. Duda lo s echó a todos del aposento .Los remedios medicinales, dijo, no habían conseguido nada. Y las plegarías surtirían el mismo efecto en la capilla que allí.
Las esposas podían llorar en cualquier parte.
-Yo no lloro- dijo Alina-. Pero sé gritar. Los hermanos me oirán.
Pensó un momento en el seax con el que que Duda estaba jugueteando. Pero, al final, Duda no se movió.
Alina pasó rozando el filo desnudo de la daga y se sentó en su lugar de costumbre, en el banco apoyado en la pared, junto a la jarra de agua.
No tenía sentido seguir, pero no podía detenerse. Extendió el brazo con un ritmo que había quedado grabado en su cerebro. Observó que los músculos temblaban por la fatiga. Se veía incluso por encima de la áspera lana de su manga.
Empapó el paño en agua fría, lo escurrió. Tocó a Brand. Pasó el paño mojado sobre aquel cuerpo que le resultaba al mismo y tersa de brazos y piernas, el amplio pecho; la piel suave y densa, el vello rubio oscuro apelmazado por el agua. Ardía. Todo ardía.
El paño se calentaba antes de de que su contacto pudiera servir de algún alivio. No podía hacer nada para impedir que toda aquella luminosa belleza, de forma tan perfecta, que toda aquella fuerza viril y aterradora se consumiera ante sus ojos.
Cuando lo tocó con la mano, el calor traspasó el paño y se transmitió a sus dedos.
Dejó caer la mano.Le pesaba tanto el brazo que no podía moverlo. Su corazón estaba muerto.
Se tambaleó, escondió la cara en la cabellera húmeda de Brand. Tan cerca, que su rostro encajaba tan perfectamente junto al de él como la otra cara de una moneda. El calor de Brand la protegía como un escudo de los escalofríos que recorrían su cuerpo exhausto. Si se apoyaba en su recio pecho, si envolvía con los brazos su cuerpo y lo abrazaba, estaría a salvo. Sólo con él se había sentido segura. El deseo de abrazarse a él para toda la eternidad era abrumador .
Pero no podía hacerlo. Su calor era abrumador.
Pero no podía hacerlo. Su calor era destructivo. El hálito que se deslizaba tan suavemente sobre su piel era trabajoso. El pecho amplio y fuerte se tensaba con cada boqueada. A Alina le daba miedo tocarlo.
Mantuvo la mano sobre su sien, donde se hallaba la fuerza vital, la fuerza que ardía con demasiada intensidad. Levantó la voz incluso antes de saber lo que iba a decir.
-No puedes morir-sus palabras, quedas pero cristalinas, agitaron suavemente el cabello enredado y sudoroso-. No puedes morir, por favor. Hay mucha gente que te necesita. Fíjate en Duda-levantó la cabeza para mirar al otro lado de la habitación-.¿Lo ves?
No tenía nada del bulto poseído por la angustia que aguardaba en un rincón porque hablaba en celta. Su lengua, y sin embargo una lengua extraña. La de los dos. Porque la habían compartido. Era la lengua que habían hablado de noche, cuando huían entre las sombras, cuando, enamorados, compartían todos sus pequeños secretos.
Enterró la cara contra su pelo, como si Brand le hubiera mirado, como si pudiera oírla. Como si no fuera una locura mantener una conversación con un hombre inconsciente.