Por eso había conservado aquel costoso vestido, a pesar de que no le servía de nada en su peligrosos viaje al exilio. Era el vestido con el que Brand la había visto por primera vez.
él la había mirado y el ardor de sus ojos la había quemado por dentro.Nadie la había mirado así antes. Nadie volvería a mirarla así.
Escondió la cara entre los suaves pliegues del vestido. La seda de Bizancio era como una fresca telaraña sobre su rostro.
¿Qué hacía allí aquello? ¿Por qué había guardado Brand sus posesiones, todo lo que había sido incapaz de llevarse con ella al huir de él hacia el sur?
Hurgó un poco más. Estaba todo allí: su mano y su vestido, sus medias, su ropa interior y hasta un par de zapatos de su medida.
Se los puso.
No se puso el vestido de seda, sino una fina túnica de lana de color verde oscuro, sobre su piel.
No lamentó ni por un instante haber perdido la toca.Se ató alrededor del pelo una delicada cofia con una cinta de cordoncillo tintado. En el monasterio no había espejos, pero...De pronto se dio cuenta de lo que había hecho Brand.
La había obligado a resucitar a la persona que era antes de que lo abandonara para escapar al sur. Tal vez incluso la persona que había sido antes de conocerlo. Empezó a temblar.
-¿Vienes?
Era Duda, que aporreaba la puerta como si quisiera despertar a un muerto. Alina miró con nerviosismo la habitación, como si buscara aún el refugio de su hábito de monja.
Tendría que salir con aquella ropa.
Abrió la puerta. Duda se quedó mirándola.Luego dio media vuelta.
Alina lo siguió al patio.
Brand la estaba esperando. Al posarse sobre el espectro del pasado, sus ojos parecían contener el fuego que había hecho agitarse la sangre de Alina al otro lado del salón iluminado por antorchas de Bamburg. Pero, esta vez, aquel fuego sólo podía deberse a la ira, no al deseo. Alina se llevó instintivamente la mano al velo que rodeaba su cabeza y juntó sus bordes como si quisiera ocultarle su cara.
-¿Lista para partir?
Brand se acercó a ella a grandes zancadas. Alina reparó en sus botas de montar, en los pliegues de su manto oscuro, que sujetaba en el hombro con una fibula de oro y granates, en la vaina ornamentada que colgaba de su cinturón enjoyado...
-No puede ser- le gritó ella a través del aire frío que los separaba-. No querrás que nos vayamos ahora. Hoy -¿estaba loco?Todavía no estaba bien. Se mataría...
Tras él estaban sus hombres. Uno de ellos sujetaba las bridas del gran caballo n***o de Brand; otro sujetaba el caballo gris,más pequeño, que Alina había montado de camino allí.Más allá, vio el destello multicolor del manto de Cunan.
-He cambiado de planes.Pero parece que a algunos les molesta.
Los ojos luminosos y dorados de Brand pasaron despreocupadamente sobre ella y se posaron sobre los hombres y los caballos.
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Alina miró a Cunan. El perturbador encuentro con su medio hermano en el huerto le remordía la conciencia.
Procuró ahuyentarlo.
-¿Y bien?
Sintió que palidecía, que se envaraba. Intentó encontrar la máscara que siempre le había seido para ocultar lo que sentía. Con la práctica, había llegado a ser como una segunda piel. Pero con él no podía ponérsela.
-Vamos.Tenemos un largo camino que recorrer.
Brand le tendió la mano enguantada y alguien le lanzó las riendas de su montura.Él se acercó, tirando del inquieto caballo como si fuera tan insustancial como una telaraña. Sus pesadas botas golpeaban la tierra compacta del patio con peligrosa precisión.
Alina esperó hasta estar tan cerca que lo que dijera quedara entre ellos dos.Le dio la única verdad que tenía tras la máscara. Aunque no tenía esperanzas de que le hiciera caso.
-Quería decir que es demasiado pronto para que viajes. Por la herida.Podrías hacerte daño, ponerte enfermo otra vez...
-¿Estabas pensando en mí?
Ella le sostuvo la mirada. Se resistió a mirar el manto de cuadros de su hermano.Ignoraba si la máscara no estaba ya en su lugar o sí la tenía mal puesta, pero los ojos de Brand se habían endurecido, convirtiéndose en hielo.
-Deberías pensar en tu hermano.
-¿Qué?
Alina vio que el manto de colores avanzaba hacia ellos. Pensó en los secretos que encerraba la cabeza de quien lo llevaba.
-Cunan.
-¿Quién? Ah, lo siento.No he dicho qué hermano.
Me refería a Modan.
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Cunan siguió avanzando hacia ellos. Iba a oírles.
-Espero que hayas vuelto a llenar de hierbas la alforja de las medicinas.
El dulce olor del marrubio en el huerto del monasterio...
Cunan, con sus peligrosos pensamientos y su fuerza lacerante, Cunan, con su terrible flaqueza.
-¿Te ayudó tu hermano?
Los pasos de Cunan se detuvieron.
-Es una suerte que Alina tenga alguien que se preocupe por ella. Necesita a su familia. De eso hemos hablado,¿verdad, Alina?
Una parte desgajada de su cerebro, la parte que hacía los cálculos, le dijo que daba igual que Brand la creyera una hipócrita.Era lo que intentaba conseguir. Esa parte de su cerebro le hizo esbozar una sonrisa que solía enfurecer a su padre y a su tío.
-Sí.
La sonrisa de Cunan contenía una medida idéntica de calor.
-Entonces,¿ se lo has preguntado?
-No.
-¿Por qué no?
Su corazón perdió el paso. Intentar ampliar su sonrisa para que ninguno de ellos adivinara lo que estaba pensando. Pero pensó que sus ojos debían parecer los de una loca.No podía soportarlo.
-No voy a hacerlo.
-Entonces, seré yo quien...-fuera lo que fuese lo que Cunan iba a decir, un torbellino gris sofocó sus palabras. Brand agarró las riendas del caballo antes de que pisoteara a Cunan.
-Lo siento. Este caballo es muy nerviosos.¿Puedo ayudarte a montar?
-Cunan...-Alina se interpuso entre ellos.Porque nunca aprendía. El instante de silencio que siguió procuró a Cunan la ocasión que necesitaba.
-Pregúntaselo-gritó su hermano mientras se revolcaba por el polvo-. Pregúntale la verdad- se puso de rodillas-. Pregúntale al nortumbrio si fui yo quien averiguó dónde estabas cuando todo el mundo te daba por muerta. Pregúntale si es cierto.
De la boca de Alina no salió ni una palabra.
-Es cierto- los ojos dorados, dolorosamente claros de Brand se clavaron en los suyos.
-Te lo dije-Cunan se habia puesto en pie; tenía el manto lleno de barro-. Fui yo quien se enteró primero. Fui yo quien habló con el viajero al que le curaste el brazo. Fui yo quien lo descubrió. Ese hombre te describió.
El herrero.El hombre con el brazo roto al que la abadesa y ella habían curado. Su gratitud...
-Podía estar describiendo a cualquier mujer cuyos encantos embrujaban los sentidos.Pero hay una cosa que no puedes ocultar-Cunan le tendía los brazos; tenía el rostro iluminado por la euforia-. Vio tu mano inútil.
Alina apartó la mano antes de que su hermano la tocara, antes de que sus dedos pudieran agarrar los huesos mal curados y la carne cicatrizada.
Retrocedió.Sólo un paso:la máscara de fría indiferencia estaba en su lugar.Pero, aun así, giró la cabeza.
No hacia Cunan.
-¿Fue así?-pregunta inútil. Brand ya le había dicho que era verdad.Y Brand no mentía.
-Es cierto.Ya te lo he dicho: Creía que estabas muerto- los ojos claros como hierro fundido, igual de ardientes le sostuvieron la mirada-. Además, las fuentes de información de Cunan son impecables. Ese herrero le estaba vendiendo mercancías a Goadel.
-Goadel...
Ella apartó la mirada. Sus ojos buscaron los de su hermano, intentando descubrir todo lo que Cunan no le había dicho.
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Alina se alejó bruscamente. Brand la agarró antes de que resbalara y cayera al barro como Cunan. La rodeó con un brazo, recogiendo los suaves pliegues de su vestido. Ella oyó el siseo del aliento de su hermano, agudo y amenazante. El cancerbero.Intentó desasirse, se tambaleó, y el aire dejó sus pulmones cuando su cuerpo chocó con fuerza contra el de Brand.
Cunan estaba tras ellos. Alina vio su cara. Vio que su mano se movía.
-¡No!¡Suéltame!-profirió un exabrupto en celta.
Pero no sabía por qué suplicaba y maldecía.Por lo que podía hacer Brand. Porque tenía miedo de que Cunan lo matara.Porque el cabello de Brand la deslumbraba como oro a la luz del alba y su contacto la turbaba.
Porque no eran nada el uno para el otro.Nada.Se debatió, pero Brand la agarraba con fuerza, y ella sentía su cuerpo recio, la tensión que retenía cada músculo.
No podía luchar contra aquella fuerza.Sin embrago, percibió su respiración agitada, a pesar de que él se dominaba con firmeza, del calor que irradiaba de su mano.
Sentía su cólera.
Entonces sus pies se levantaron del suelo y fue lanzada a la silla del caballo. Con una mano se aferró a la crin del animal y con otra a la manga de Brand.
-Ten cuidado, Alina. Tenemos un largo camino por delante.
Brand tenía una mirada insondable. Cunan apartó la mano de su cadera izquierda. Tras él, se oyó un leve revolteo de andrajos.
-El viaje sólo acaba de empezar.
Brand no miraba al cancerbero de Starth-Clóta. ni los andrajos del fiel Duda,que empezaban a aquietarse. Alina se dio cuenta de qué era lo que estaba mirando. Su mano se aferraba como una garra de cuero al rico paño de lana de su manga.