Luego de aquella noche, algo dentro de mí cambió por completo. Me volví más celoso, más posesivo, más inseguro que nunca. Pero ese no era el único infierno que Mayra tenía que soportar a mi lado. Natalia había vuelto a atormentarme. Apenas se enteró de que yo estaba con alguien más, hizo lo que siempre hacía: interponerse. Sabía cómo manipular cada situación a su favor, y siempre —de una forma u otra— lograba salirse con la suya.
La verdad es que jamás me había enamorado así antes. Lo que sentía por Mayra era real, profundo, pero también estaba completamente contaminado por mi pasado, por mis errores, por esa sombra llamada Natalia que se negaba a soltarme. Yo no sabía cómo lidiar con ella. Me costaba poner límites, me costaba enfrentarla. Era más fácil callar, ceder, darle la razón... simplemente porque era la madre de mis hijos, y porque, siendo honestos, sexualmente nunca nos llevamos mal. Nos conocíamos demasiado bien. Eso también jugaba en su favor.
Aunque ya no estábamos juntos desde hacía tiempo, seguíamos viéndonos en la intimidad de vez en cuando. No había amor, pero sí una dinámica enfermiza que me costaba romper. Y eso, sin quererlo, le dio a Natalia un poder enorme sobre mí. Empezó a manipularme, a amenazarme con contarle todo a Mayra. Me tenía atrapado, y yo, como el cobarde que era, lo permitía. Vivía dividido entre el deseo de estar bien con Mayra y el miedo a que Natalia destruyera todo. Así fue como me convertí en un novio de mierda: inestable, ausente, egoísta. Y encima de todo, Natalia rondaba constantemente por nuestro trabajo, como un recordatorio de todo lo que no podía dejar atrás.
Maldigo el día que la conocí. Maldigo cada decisión que me encadenó a ella. Estaba al borde, alterado, y como siempre, terminaba pagando Mayra. Si no discutía con ella, era con Natalia. Todo era un círculo vicioso. Mayra me reclamaba, y con razón: no entendía por qué seguía peleando tanto con mi ex. Si no era por los chicos, era por chismes, por mentiras que ella difundía para dañar. Pero yo no podía ponerle freno. No sabía cómo. Me desbordaba.
Y entonces llegó el golpe más bajo. Natalia, de alguna forma, consiguió el número de Mayra y le mandó conversaciones viejas, fotos, audios... no sé cuántas mentiras más. Fue despiadada. Quería arruinarlo todo. Y lo logró.
Mayra me escribió algunas palabras secas, dolidas, y luego me dijo que no quería saber más nada de mí. Me bloqueó. Cerró todas las puertas. Y en lugar de entender su dolor, de reconocer mi responsabilidad, reaccioné como siempre: con rabia, con orgullo herido. Me ofendí porque no me creyó, porque no me defendió... cuando en realidad no tenía ninguna obligación de hacerlo. Había tolerado tanto de mí: mis cambios de humor, mi cinismo, mis mentiras. Pero esto... esto fue demasiado. Hasta para ella.
Entré en pánico. Sentía que el pecho me explotaba. Quería gritar, quería romper todo, quería desaparecer. Pero más que nada, quería que Natalia pagara por lo que había hecho. Quería borrarla de mi vida, de mi historia, de mi existencia.
Desesperado, recurrí a un amigo. Le pedí su celular para poder llamarla. Mayra atendió. Y, como si no pudiera evitar ser quien era, la amenacé. Le dije que si no me escuchaba, si no me daba una oportunidad para explicarme, haría cualquier cosa. Estaba perdido, hundido en mi propio caos.
Y ella, atrapada en esa telaraña oscura que yo mismo había tejido con mentiras, manipulaciones y medias verdades, accedió a verme. Mientras iba al encuentro, yo ya estaba armando una historia que sonara creíble. Algo que la hiciera dudar de Natalia, que la hiciera sentir mal por no creerme, por darme la espalda. Tenía todo fríamente calculado para dejar a Natalia como la única culpable y a mí como una víctima.
Porque en mi mente podrida, en esa parte rota de mí que se negaba a sanar, aún me creía eso: una víctima. No podía ver lo evidente. Que la verdadera víctima había sido siempre ella: Mayra.