A pesar de haberle contado la mejor historia que fui capaz de inventar, Mayra se mantuvo distante, dolida.
Y la entendía. No soy tan estúpido como para no saber por qué. Ella no era una más, no era como las otras. No podía comprarla con palabras bonitas ni con cuentos recauchutados. Había algo en su mirada que me desarmaba: esa mezcla de decepción y tristeza que no necesitaba gritar para doler.
Pero aún sabiendo todo eso, mi orgullo, mi rabia, ese egoísmo enfermizo que arrastro desde que tengo memoria, no estaban dispuestos a rendirse.
Me repetía una y otra vez que ella iba a estar conmigo. Como fuera. Aunque tuviera que amenazar con hacerme daño. Aunque tuviera que manipular, llorar, gritar o desaparecer.
Sí, soy un enfermo.
Cuando vi que no me creía, que no quería volver conmigo, que ya no se dejaba convencer por mis viejos trucos, hice lo único que sabía hacer bien: me enojé, me subí a la moto y salí a toda velocidad, con el pecho ardiendo y la cabeza hecha una caldera. Como si correr me salvara. Como si pudiera dejar atrás el dolor con el viento en la cara.
La frustración era tanta que terminé llamando a Natalia. No porque quisiera hablar con ella, sino porque necesitaba descargar mi veneno en alguien.
La insulté, la amenacé, le grité como un desquiciado.
Y como siempre, ella hizo lo que mejor sabe hacer: ponerse en el lugar de víctima, girar todo a su favor, manipular a los chicos en mi contra.
Si hay algo que le sale perfecto a esa mujer, es eso. Jugar con las emociones, torcer la historia, hacerle creer al mundo —y hasta a sí misma— que es una pobre madre que solo quiere proteger a sus hijos de un monstruo.
Pero lo que más me enfermaba era saber que, esta vez, tenía un poco de razón.
Me había transformado en eso. En un tipo que da miedo, que lastima, que arrasa con lo que ama.
Y ese asco que decía sentir por ella, en el fondo era asco por mí mismo.
Pasaban los días y Mayra no contestaba. Ni mensajes, ni llamadas.
Yo había cambiado de trabajo, así que ya no la veía como antes, todos los días, como cuando la rutina me regalaba sus ojos aunque fuera unos minutos.
Esa ausencia me estaba matando.
Sentía un vacío físico, un hueco en el pecho, como si me hubieran arrancado algo de adentro.
No podía comer, no dormía.
Estaba irritable, perdido, fuera de eje. Y aunque no quería admitirlo, extrañarla me hacía tambalear.
Porque, a pesar de todos mis demonios, los meses que viví con ella fueron los más luminosos que tuve.
No por los grandes gestos, ni por lo material.
Sino por la paz que sentía en cosas tan simples como una pizza compartida o una película en su celular.
Con ella todo era más liviano. El ruido en mi cabeza bajaba, el mundo dolía menos.
Pero yo siempre encontraba la forma de cagarla.
Era una de flores… y veinte de tierra.
Siempre lo mismo: prometía cambios, mostraba una cara tierna, y al otro día volvía a destruirlo todo con un ataque de celos, una reacción desmedida o una mentira mal armada.
Y aun así, ella había apostado por mí. Me eligió. Me cuidó. Me enseñó una forma de amar que no conocía.
Y yo… yo le pagué con traumas, con miedos, con ausencias emocionales.
Le prometí, como tantas veces, que iba a dejar atrás mi vida anterior. Que no habría más interferencias, ni exs, ni mentiras, ni sombras de lo que fui.
Pero esta vez quería demostrarle que iba en serio.
Y en un acto desesperado, de amor desmedido y necesidad urgente, decidí taparme el tatuaje con el nombre de Natalia.
Ese que me había hecho en uno de mis peores momentos, bajo el efecto de las drogas, convencido de que amaba a la mujer que más daño me hizo.
El tatuaje nuevo no era especial, ni simbólico.
Solo era una marca encima de otra.
Pero para mí fue mucho más que tinta: fue un cierre, una decisión.
Una forma de decirle —aunque no me escuchara— que ella, Mayra, era la única mujer a la que alguna vez amé con el alma limpia, sin caretas.
Y aunque eso no borrara todo el daño que había causado, aunque ella nunca volviera, al menos yo había dado un paso hacia algo que ni siquiera sabía que necesitaba: perdonarme.