Salir de la cárcel fue como despertar en un mundo que ya no era mío. No había marcha atrás. Aunque estuviera en libertad, no me sentía libre. Los barrotes ya no estaban en las ventanas, pero seguían adentro mío. Me costaba respirar sin mirar por encima del hombro, sin desconfiar del que se acercaba, sin pensar en que en cualquier momento podía volver a caer. La calle había seguido su curso sin mí. Los autos sonaban igual, la gente caminaba con el mismo apuro, pero yo era otro. O tal vez, recién ahora era consciente de lo que siempre fui. Me costaba mirar a mis hijos a los ojos. A Mariano, que ya estaba más grande y había presenciado el allanamiento como si fuera una película de terror. Y a Leandro, que apenas hablaba y ya sabía lo que era el miedo. Sentía vergüenza. Me dolía el orgullo,

