No tengo muchos recuerdos de mi madre biológica, Gladys. En realidad, de los primeros años de mi vida, lo poco que sé me lo contaron. Yo vivía con mi abuela paterna, esa mujer fuerte, firme, la misma que defendía con uñas y dientes a su hijo Rubén —mi padre— como si fuera un santo, aunque todos sabíamos que no lo era. En ese entonces, Cristina todavía no había dañado mi cabeza ni enterrado mi niñez bajo el peso del abuso y el miedo. Una tarde cualquiera, mientras mi abuela limpiaba el patio, le solté un comentario que ni yo misma entendía del todo. Le dije que mi mamá, Gladys, no venía a vernos por culpa de mi papá. No sé por qué lo dije. Tal vez fue un pensamiento suelto, una conclusión infantil nacida de lo que había escuchado al pasar. Ella me miró seria y dijo con firmeza: “Tu papá no

