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Entre caricias y engaños

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Descripción

Sofía creyó tenerlo todo con Mateo, su novio de años, hasta que descubre que la engaña con una de las personas que mas amaba en este mundo. Lo peor: todo fue para quitarle la herencia que le pertenece. Traicionada y con el corazón roto, Sofía luchará para recuperar su vida

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Piloto.
S O F í A La lluvia caía con fuerza mientras salía de la junta, agotada y con la cabeza a punto de estallar. No sabía si era a causa del estrés, el trabajo o esa sensación constante de que algo andaba mal con Mateo. Últimamente se comportaba raro. Cortante. Ausente. Le había contado a mi hermana; Valeria hace unos días, con el corazón en la garganta: —Siento que Mateo me oculta algo... —le dije. Ella frunció el ceño como si le doliera que yo lo dudara. —Sofi, por favor. Mateo te ama. Lo conozco… no sería capaz. Y yo quise creerle. Porque era mi hermana. Porque siempre había estado para mí. Pero esa tarde, mientras caminaba bajo la lluvia en busca de un taxi, algo me hizo girar la mirada. El carro que le había regalado por su cumpleaños a Valeria. Estaba estacionado a mitad de la cuadra, con las luces encendidas. Me acerqué sin pensar. No sé si por costumbre o por ese presentimiento que me apretaba el estómago desde hacía días. Entonces los vi. A través del cristal mojado. Valeria y Mateo. Discutiendo. Sus gestos eran intensos, tensos. Mateo movía las manos como si estuviera desesperado. Valeria le gritaba algo, y él agarró su brazo como intentando calmarla. Ella se lo soltó de golpe. No se besaban. No se tocaban de forma romántica. Pero la intimidad estaba ahí. Algo había. Algo que no era normal. Algo que dolía sin explicación. Me escondí tras un poste, empapada, sin aire. Vi cómo él la miraba, cómo ella le gritaba "¡Te dije que aún no le entregan el maldito dinero!" y cómo él golpeaba el volante frustrado. Y entonces lo entendí. Mi hermana y Mateo tenían algo, sabía que él me ocultaba algo, pero jamás esperé que mi hermana me traicionara Sentí que el mundo se me venía encima. El sonido de la lluvia se volvió un zumbido lejano, como si todo a mi alrededor se apagara para dejarme sola con ese momento: No se que me dolió más el hecho de que ambos me traicionaran o que estuvieran discutiendo sobre MI dinero No podía moverme. No podía parpadear. Solo podía observarlos, rota, temblando de frío… y de rabia. Había confiado en los dos. Les conté mis miedos, mis dudas. Me senté con Valeria en mi cama más de una vez, llorando porque sentía a Mateo distante… y ella me abrazaba, me decía que todo estaba en mi cabeza. Todo este tiempo, ¿Cómo podía "consolarme" sabiendo que era parte del engaño? Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iban a oírlo desde el auto. Quise acercarme. Quise gritarles. Golpear la ventana y preguntarles si aún les quedaba algo de vergüenza. Pero no lo hice. No. Me quedé ahí. Mirando. Porque si decía algo, ya no habría vuelta atrás. Y aún me quedaba una pequeña parte rota que necesitaba pruebas, una confesión, algo. Entonces Mateo hizo algo que me quebró del todo. Se pasó las manos por el rostro, suspiró con rabia y dijo: —Sofía no es tan estúpida como parece. Algo sospecha. Valeria bajó la mirada. —Pues si sospecha… que sospeche. Igual ya está todo hecho. Me llevé la mano a la boca. Una arcada me sacudió el pecho. No solo me traicionaban. Me usaban. Me despreciaban. Y ahí entendí todo: Mateo nunca me amó, solo estaba conmigo por los beneficios que traía ser la pareja, el futuro esposo de Sofía Morel. Valeria nunca me cuidó. Y yo… yo les abrí la puerta. Les entregué mi confianza, mi amor, mi familia. Me giré lentamente, dejando el paraguas tirado en la acera. La lluvia me cubría como una segunda piel. Pero ya no me importaba. Nada me importaba. Maldita sea la hora en que papá murió y me dejó rodeada de toda esta gente falsa, de esos hijos que me culpan de la separación de su madre y nuestro padre. Caminé sin rumbo. Ni siquiera sé cuánto tiempo estuve así, vagando por las calles empapadas, como un fantasma sin destino. Veía luces, autos, gente… pero todo se sentía lejano. Como si yo no perteneciera a este mundo, como si algo dentro de mí hubiese muerto y el resto del cuerpo aún no lo supiera. Pasé frente a un parque, a una farmacia, a una pareja besándose bajo un techo. Me ardieron los ojos. No sabía si era por la lluvia o por las lágrimas que no terminaban de salir. Tenía frío, y los pies me dolían… pero no me detenía. Solo cuando la noche cayó por completo y mi cuerpo temblaba de agotamiento, recordé dónde vivía. Y volví. Volví a casa. Subí las escaleras con pasos torpes. Cada peldaño me parecía más pesado que el anterior. Al llegar a la puerta, respiré hondo. Una parte de mí quería entrar y gritarle todo en la cara. Otra… solo quería que esto no fuera real. Abrí. Mateo se levantó del sofá de golpe al verme. —¡Sofi! ¡Dios mío! ¿Dónde estabas? —corrió hacia mí—. Te estuve llamando, escribiendo. ¿Por qué no contestabas? Fingía. Con toda la desfachatez del mundo. Su voz, su expresión, sus manos sobre mis hombros… todo me dio asco. —Estaba caminando —murmuré, sin mirarlo a los ojos. —¿Caminando? ¡Estás empapada! —Me quitó el abrigo con cuidado—. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal? Te juro que me tenías preocupado… Lo miré. Y por un segundo, casi me convence. Por un segundo, su voz suave, su ceño fruncido, su teatro… casi me hacen dudar de lo que vi. Pero no. No esta vez. —Solo necesito una ducha —le dije, cortante. —¿Seguro que estás bien? Asentí. Pero por dentro… por dentro estaba haciendo un inventario de cada mentira. De cada caricia falsa. De cada palabra que ahora tenía otro significado. Mateo me miró con esos ojos que antes me enamoraban. Ahora solo veía un ladrón. Un actor. Un traidor. Y yo iba a descubrir hasta el último secreto y los dejaría al descubierto. Porque si pensaban que podían pisotearme y burlarse de mi a mis espaldas y yo me iba a quedar de brazos cruzados… No me conocían en lo absoluto. Me acosté a dormir con el cabello húmedo, aunque sabía que al día siguiente lo iba a lamentar. Pero no tenía fuerzas para secarme, ni para cambiar las sábanas, ni para fingir otra sonrisa. Mateo se metió en la cama como si nada. Como si su teatro no se le estuviera cayendo encima. Me abrazó por la cintura, y yo dejé que lo hiciera. Fingí estar dormida. Fingí no saber. Pero en mi mente, repetía cada palabra que escuché en ese auto. "El dinero... Sofía no es tan estúpida..." Su voz sonaba como un eco frío. Falso. Cobarde. No dormí. A pesar de haberlo intentado Miles de veces no pude conciliar el sueño. Por el contrario Mateo durmió abrazado a mí como si nada. Como si no estuviera rompiéndome por dentro. Como si yo fuera estúpida. Lo miré dormir. Y por primera vez… sentí asco. Asco de él. Asco de mí. Asco de haber confiado. Al amanecer, me levanté. Me duché. Me vestí. Me miré al espejo y no me reconocí. Actué con normalidad. Como si no supiera. Como si no me estuviera desmoronando por dentro. Preparé café, desayuné a su lado. Él me sonrió, me acarició la mejilla, me dijo lo bonita que me veía incluso sin maquillaje. Y yo asentí. Sonreí. Mentí. Seguíamos en planes de boda. Aún estaba la fecha marcada en el calendario de la nevera, las invitaciones guardadas en la caja del armario, el vestido reservado en la tienda del centro. Sus padres pagarían la fiesta. Lo habían dicho con orgullo: “Queremos que sea algo inolvidable”. Y vaya que lo iba a ser. Mateo hablaba del menú, de la lista de invitados, de lo difícil que estaba siendo cuadrar con el DJ. Y yo pensaba en la forma en que lo escuché reír esa noche. Frío. Despreciable. Condescendiente. No dije nada. No pregunté nada. No reclamé. Porque ya no quería explicaciones. Solo necesitaba un plan. Uno que me devolviera el control, que me quitara esta sensación de suciedad, de traición pegada a la piel. Mientras él hablaba del vals, yo pensaba en cómo desaparecer antes de que todo estallara. Y en cómo hacerlo sufrir cuando se diera cuenta de que me perdió. Porque si Mateo creía que yo iba a ser su estúpida hasta el altar… estaba muy equivocado. Me fui al trabajo como todos los días. Puntual. Peinada. Labial suave. Una versión pulida de mí que ni siquiera me reconocía. En la oficina todos hablaban del compromiso, del vestido, de lo afortunada que era por haber encontrado a alguien como Mateo. Y yo asentía, con esa sonrisa que aprendí a usar como escudo. Me preguntaron por los detalles de la boda. Respondí todo sin titubear. El salón, las flores, la luna de miel en Grecia. —Vas a ser la esposa perfecta —me dijo Clara, mi compañera del cubículo de al lado. La miré y por poco se me escapa una carcajada amarga. Perfecta. Qué palabra tan inútil cuando estás rota por dentro. Pero seguí actuando. Era buena en eso. Lo había aprendido a la fuerza. Desde que escuché esa conversación en su auto, algo dentro de mí hizo clic. Y ahora lo veía todo con claridad. Mateo no me amaba. Nunca lo hizo. Solo le convenía tenerme a su lado. Yo era su fachada. Su trofeo. Una imagen perfecta para mostrar a los demás. Una Sofía moldeada a su gusto. Pero esa Sofía ya no existía. Esa misma tarde, salí antes del trabajo con la excusa de una cita con el florista. En vez de eso, fui a ver a alguien. Alguien que Mateo ni siquiera imaginaba que yo conocía. Un viejo contacto de mi mejor amigo James, alguien que solía encargarse de “asuntos complicados”. —Necesito información —le dije sin rodeos, al sentarme frente a él en aquel café discreto. —¿De quién? —De mi prometido. Quiero saber todo. Con quién se reúne, en qué gasta, qué esconde. Todo. Él me miró en silencio. —¿Seguro que quieres abrir esa caja? —Ya está abierta —respondí—. Solo quiero saber qué tan profundo llega la podredumbre. Y mientras firmaba el sobre con dinero en efectivo que había llevado, supe algo con certeza: si Mateo quería jugar sucio, yo podía ensuciarme más. Porque esta vez, no iba a ser la víctima. Pasaron tres semanas. Tres semanas en los que seguí siendo la prometida dulce y obediente. Tres semanas en los que me dejé besar la frente, acariciar la cintura, escuchar sus planes de boda como si todavía creyera en ellos. Tres semanas en los que Mateo no notó absolutamente nada. Porque nunca me miró de verdad. Nunca supo quién era. Solo amaba la idea de tenerme. La información llegó después de tanta espera. Un sobre beige, sin remitente, deslizado por debajo de la puerta de mi oficina mientras almorzaba. Lo guardé en mi bolso sin abrirlo. Lo hice ya en casa, en el baño, con el seguro puesto y el corazón latiéndome en las orejas. Fotos. Papeles. Conversaciones impresas. Mateo reunido con un hombre que conocía bien… el mismo que alguna vez intentó comprar un proyecto mío para robárselo a otra empresa. Mensajes donde hablaba de mí como si fuera una inversión. “Ella tiene contactos… la boda nos asegura el contrato con el grupo Morel” Me temblaban las manos. No por sorpresa, sino por rabia. Me estaba utilizando. Desde el principio. Y lo peor era que me había enamorado de él ¿cómo pudo fingir por tantos años? Ahora todo era una farsa. Un teatro donde yo era la actriz principal… sin libreto, sin protección. Esa noche, cuando Mateo llegó con una botella de vino y una sonrisa de esas que antes me derretían, yo lo esperé con los brazos cruzados. —¿Celebramos que ya tenemos confirmados los del catering? —me dijo con su voz de siempre. Yo asentí. —Claro. Vamos a celebrar. Brindamos. Comimos. Hablamos de la boda. Y yo lo observaba… como se observa a un criminal antes de atraparle la mentira final. No le dije nada. No todavía. Esa noche, antes de dormir, le acaricié el cabello. Le dije que lo amaba. Y lo vi cerrar los ojos con esa seguridad suya tan detestable. Lo dejé dormir primero. Como siempre. Y mientras roncaba plácido a mi lado, yo planeaba el día exacto en que iba a destruirlo. Con elegancia. Con estrategia. Con todo el veneno que me dejó su traición. Porque esta boda iba a celebrarse, sí. Pero no como él lo esperaba.

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