S O F Í A
(Hace 15 años)
Yo tan solo tenía diez años.
Y ese día no lo he podido olvidar jamás.
Estaba viendo televisión, recostada en el suelo, con una manta vieja sobre los hombros. Afuera llovía a cantaros. Valeria discutía con mamá en la cocina —nada nuevo—, y yo trataba de subir el volumen para no escucharlas.
Hasta que tocaron la puerta.
Tres veces. Firme. Sin apuro.
Como si supieran que iban a entrar, tarde o temprano.
Sin siquiera saber quién estaba al otro lado de la puerta mi madre abrió. No preguntó quién era.
Solo lo vio.
Y su rostro… cambió.
La mujer fuerte, rápida con las palabras, que podía regañarnos con solo una mirada, se quedó paralizada.
—Hola, Adela —dijo el hombre.
Yo no sabía su nombre. Pero sí su cara.
La había visto en los noticieros. En los anuncios. En revistas que mamá hojeaba con disimulo.
Él era uno de los Morel.
El apellido que solo se mencionaba en voz baja.
Porque implicaba dinero, poder… y peligro.
—¿Qué haces aquí? —susurró mi madre. No de odio, sino de miedo.
Valeria apareció en el pasillo, curiosa. Tenía catorce años, pero se creía adulta.
Y entonces, el hombre me vio.
Me miró… como si ya me conociera.
—¿Ella es? —preguntó.
Y mamá no respondió.
Solo bajó la cabeza. Y eso fue respuesta suficiente.
—¿Qué está pasando? —pregunté, sin levantarme.
No entendía nada, pero… algo se sentía mal. diferente, torcido.
—Sofía —dijo mi madre, obligándose a sonreír—, cariño… él es…
No pudo decirlo.
No tuvo el valor.
Fue él quien se acercó. Se agachó hasta quedar a mi altura.
Tenía los ojos fríos, la sonrisa forzada.
Pero sus palabras… fueron un puñal envuelto en terciopelo.
—Soy tu padre.
Valeria soltó una carcajada burlona.
—¿Qué estás diciendo? ¿Qué estupidez…?
—No es una estupidez —dijo mamá, sin mirarnos—. Es verdad.
Todo se volvió ruido.
Todo se quebró.
No éramos hermanas.
No del todo.
Yo era la hija de un Morel.
Y Valeria… la hija de un borracho que solo aparecía para gritar o pedir dinero.
Ese día no lloré.
No entendía por qué me dolía tanto algo que supuestamente debía hacerme sentir especial.
Un Morel.
Qué título más vacío.
Desde entonces, mi vida cambió.
Él me "reconoció", me metieron en una escuela diferente, Cambiamos de casa y empezaron a llegar cosas caras que no pedí.
Y con cada caja de ropa nueva, con cada cheque enviado por "el señor Morel", mamá parecía más sumisa, más culpable.
Valeria más fría, más distante.
Y yo…
Yo más sola.
Conforme pasaba el tiempo, todo se volvía más confuso.
Tener el apellido Morel parecía abrir puertas, pero también cerraba otras que para mí eran más importantes.
Las amistades verdaderas. La risa sin filtros. El cariño sin condiciones.
En mi nuevo colegio todo era brillante y pulcro, los uniformes parecían sacados de una revista y las palabras tenían perfume a hipocresía.
Todos sonreían… pero no a mí.
No a Sofía.
Sino a la hija del señor Morel.
—¿Es cierto que tu papá tiene helicóptero? —me preguntaban. —¿Es verdad que tu casa tiene piscina climatizada?
—¿Cuánto cuesta tu mochila? —decían con los ojos fijos en la etiqueta.
Al principio no entendía. Sonreía. Respondía. Me esforzaba.
Hasta que noté cómo sus sonrisas se ensanchaban cuando yo decía sí, y se desvanecían cuando decía no lo sé.
No les importaba mi historia, mi risa ni mis silencios.
Solo lo que mi apellido podía ofrecerles.
Poco a poco, aprendí a medir las miradas.
A reconocer quién se acercaba con sinceridad… y quién solo queria acercarse por beneficio
Y era triste.
Porque la mayoría querían los beneficios.
En casa no era mejor.
Valeria apenas me hablaba.
Pasaba por mi lado como si fuera una sombra, y cuando lo hacía, lanzaba cuchillos con la mirada.
Y mamá…
Mamá se convirtió en otra.
Más preocupada por no incomodar al señor Morel que por preguntar cómo me sentía.
Nunca lo decía en voz alta, pero yo lo sabía: se sentía en deuda.
A veces la oía llorar en la cocina, mientras creía que dormíamos.
O la encontraba mirando fotos viejas, en las que sonreía con papá —el papá de Valeria—, aunque ese hombre solo dejó malos recuerdos.
Pero era suyo. Su historia. Su error.
No el de un apellido impuesto.
Y yo…
Yo solo quería ser una niña de nuevo.
Tener una amiga que no me envidiara.
Un abrazo que no se sintiera como un favor.
Pero en vez de eso, aprendí a callar.
A sonreír con elegancia.
A fingir que tener “todo” no era tan pesado.
Hasta que dejé de buscar amigos.
Y entonces llegó James.
Entró a mitad del semestre, sin previo aviso ni presentación pomposa.
Tenía el uniforme mal planchado, una mochila sin marcas, y una mirada que no buscaba etiquetas.
Se sentó detrás de mí. No preguntó si era la hija del señor Morel.
No me miró como si yo fuera algo valioso ni como si tuviera que impresionarlo.
—¿Tienes sacapuntas? —fue lo primero que me dijo.
Ni un "hola", ni un "mucho gusto", ni siquiera una sonrisa falsa.
Le pasé el sacapuntas, sin decir nada.
Y cuando me lo devolvió, agregó:
—Gracias.
Como si fuera normal. Como si yo fuera normal.
Durante semanas, su presencia fue un misterio. No hablaba mucho, pero tampoco se escondía.
Respondía en clase sin miedo a equivocarse, se reía solo cuando algo realmente le parecía gracioso, y parecía tener un filtro especial para detectar la falsedad.
Uno que yo había tardado años en desarrollar.
Un día, sin saber por qué, me senté junto a él durante el almuerzo.
Y no se movió. No puso mala cara. Solo me miró y dijo:
—¿No tienes tu séquito de adoradores hoy?
Lo miré sorprendida, a punto de molestarme… pero entonces noté su sonrisa. Era honesta.
De esas que no pedían permiso ni escondían doble intención.
—No tengo séquito —le respondí.
—Mejor. Son molestos.
Desde entonces, empezamos a hablar más.
Primero en los recreos, luego entre clases, después por mensajes.
Y sin darme cuenta, lo estaba dejando entrar.
A veces me preguntaba si sabía quién era yo, de verdad.
No "la hija del señor Morel", sino Sofía, con mis dudas, mis noches largas, mis silencios rotos.
Pero nunca me lo preguntó.
Nunca quiso saber más allá de lo que yo le contaba.
Y eso… era un alivio.
Con él, no tenía que fingir.
Podía reír sin pensar si mi risa era “elegante”.
Podía quejarme sin sonar “malagradecida”.
Podía existir… sin adornos.
Por primera vez en años, sentí que tenía a alguien que no esperaba nada de mí.
Ni estatus, ni regalos, ni invitaciones a fiestas.
Solo… estar.
Y aunque no lo decía, yo sabía que James tampoco tenía una vida fácil.
Sus ojos hablaban cuando su boca callaba.
Él también cargaba cosas que no se veían.
Éramos dos piezas rotas… encajando de a poco.
Y por primera vez, ya no me sentía tan sola.
(Hace 8 años)
Habían transcurrido tres años desde que conocí a James.
Y aunque muchos días seguían siendo grises, había encontrado en él un refugio inesperado.
Me encantaba pasar tiempo en su casa.
Tenía ese ambiente de libertad que no existía en la mía, ese lugar donde podía ser yo sin estar pensando en lo que valía mi apellido.
Pero la casa de James no era perfecta.
Nada lo era.
Vivía con su hermano mayor, Jared, y con su padre, un empresario de rostro amable y carácter firme.
El señor Rodríguez era correcto, respetuoso, y sabía escuchar, algo raro en los adultos.
Pero Jared… Jared era otra historia.
Desde la primera vez que lo vi, supe que tenía algo hirviendo por dentro.
No era cruel conmigo, pero se notaba que no le gustaban las visitas.
Que tenía un temperamento volátil y que su forma de “querer” a James era sobreprotectora… a veces, excesiva.
Tenía fama de problemático.
De meterse en peleas.
De desafiar a los profesores, a la policía, a quien se le pusiera enfrente.
Tenía una mirada que podía helarte la sangre si lo encontrabas de mal humor.
Y aunque nunca me gritó ni me faltó el respeto, sabía que no era alguien con quien se jugara.
James lo defendía a su manera.
—Jared solo es así porque ha tenido que cargar con muchas cosas —me decía, como si justificara su fuego.
Y yo lo entendía.
Porque, a veces, en medio de ese carácter tan suyo, se notaban otras cosas:
una tristeza antigua, una rabia acumulada… una necesidad desesperada de proteger lo poco que sentía suyo.
Quizá por eso, cada vez que me quedaba más tiempo en su casa, Jared me observaba con más atención.
Como si no terminara de confiar en mí.
Como si me viera como una amenaza para su hermano.
Y a veces, lo admito, me daba miedo.
Pero nunca se lo dije a James.
Porque, a pesar de todo, yo quería estar allí.
Con él.
En ese espacio donde podía respirar sin tener que ser “la hija del señor Morel”.
Y, aunque Jared fuera como una tormenta constante al fondo…
el sol que James me ofrecía me parecía suficiente para quedarme.
Pero con el tiempo, entendí que las tormentas no siempre se quedan al fondo.
Y que cuando estallan… lo arrasan todo.
(Hace 7 años)
Conocí a Mateo en el peor momento… o el más oportuno.
Nunca he sabido cuál de los dos.
Fue en un evento del colegio, uno de esos organizados por los padres y profesores que los alumnos solo soportamos porque prometen pizza al final.
Yo estaba sentada sola en una esquina, fingiendo leer, cuando él se sentó a mi lado como si nos conociéramos de antes.
—¿También odias las multitudes disfrazadas de sonrisas? —preguntó, con un tono despreocupado.
Levanté la vista. Tenía el cabello rebelde, una mirada burlona… y una calma que contrastaba con el ruido a nuestro alrededor.
—No las odio —respondí—. Solo prefiero el silencio.
—Eso es básicamente odiarlas —se rió.
Se llamaba Mateo Fernández, y aunque lo había visto un par de veces en los pasillos, nunca me había detenido a mirarlo realmente.
Era de los que no necesitaban esforzarse para llamar la atención.
Pero tampoco la pedía.
Simplemente, la atención lo seguía.
Esa tarde hablamos más de lo que había hablado con nadie en semanas —excepto con James—.
De libros, de música, de lo absurdo que era pretender que todos éramos perfectos.
No me pidió mi número.
No hizo ninguna pregunta personal.
Solo se despidió con un gesto leve, como si supiera que volveríamos a hablar.
Y así fue.
Empezó a aparecer cada vez más cerca.
En la biblioteca. En el pasillo. En la banca junto a la cancha.
Siempre con alguna excusa simple, una frase irónica, un comentario que me hacía reír a pesar de mí misma.
Era diferente a James.
Donde James era luz constante, lealtad, estabilidad…
Mateo era chispa, ironía, peligro disfrazado de calma.
Y eso, aunque me costara admitirlo, me atraía.
No porque quisiera alejarme de James.
Sino porque… Mateo me veía con ojos que no pedían permiso.
Me hablaba como si pudiera leer todo lo que escondía.
Y me hacía sentir cosas que no sabía que tenía dentro.
Empecé a pensar en él más de lo que debía.
Y eso me asustaba.
Porque en mi mundo, todo lo que empieza a sentirse real…
termina rompiéndose.
A James no le caía nada bien Mateo.
Nunca lo dijo directamente, pero no le hacía falta.
Lo notaba en la forma en que se tensaba cada vez que lo veía.
En cómo su voz se volvía más seca si Mateo se acercaba.
En esa mirada que no usaba con nadie más… una mezcla de desconfianza y advertencia.
—Ten cuidado con ese tipo —me dijo un día, mientras caminábamos de regreso a su casa.
—¿Mateo? —pregunté, como si no supiera a quién se refería.
—Sí, Mateo. Tiene algo raro. No sé… no me gusta.
—Solo porque no te cae bien no significa que sea una mala persona.
James se detuvo y me miró.
—¿Desde cuándo lo defiendes?
No supe qué responder.
Yo tampoco sabía desde cuándo.
Mateo había aparecido como un soplo de aire fresco.
Pero también como una chispa peligrosa cerca de una mecha larga.
James era mi refugio.
Mi lugar seguro.
Pero Mateo era el eco de algo que había estado callando por mucho tiempo.
Y James lo notaba.
Por eso cada vez hablaba menos cuando lo mencionaba.
Por eso sus mensajes tardaban más en llegar.
Por eso su sonrisa se sentía más forzada… y más herida.
Un día, al salir de clases, encontré a James apoyado en la verja del colegio, esperándome.
—¿Vamos? —me dijo, sin emoción.
Caminamos en silencio por varias calles hasta que, de pronto, sin mirarme, soltó:
—¿Te gusta?
No hizo falta que dijera su nombre.
—James…
—Solo respóndeme —insistió, con la mandíbula apretada.
Quise mentir.
Decir que no.
Que solo era un amigo. Que no significaba nada.
Pero no pude.
—No sé —respondí.
Fue la verdad más honesta que tenía.
Él asintió. Una sola vez. Sin drama. Sin reproches.
Solo… resignación.
—No quiero que te confundas —me dijo una tarde, cuando nos sentamos en las gradas después de clase—. Yo no estoy celoso. Nunca estuve enamorado de ti, Sofía. Pero sí me importas. Eres mi familia… la que elegí.
Esas palabras me dolieron más de lo que imaginé.
Tal vez porque, en el fondo, esperaba otra cosa.
O tal vez porque fue el primer hombre que me lo dijo sin rodeos, sin segundas intenciones, sin máscara.
—Gracias —le respondí bajito, sintiendo cómo algo en mi pecho se acomodaba distinto.
No porque se rompiera.
Sino porque, al fin, entendía.
A partir de ahí, su actitud con Mateo cambió.
No se volvió más amable.
Pero sí más frontal.
—Si juegas con ella, te rompo la cara —le dijo una vez, sin levantar la voz, sin mover un músculo.
Mateo se limitó a sonreír con arrogancia, como si no tomara en serio la amenaza.