En coma

2056 Palabras
S O F Í A Estar con Mateo fue como caminar sobre fuego… y, aun así, disfrutar cada quemadura. No empezó con flores ni promesas bonitas. Empezó con una mirada larga, una tarde cualquiera, cuando me tomó la mano sin pedir permiso. Y yo no la solté. No sabía cómo llamar a lo que sentía por él. Solo sabía que me temblaban las piernas cada vez que me miraba. Que su cercanía me asustaba, pero me hacía sentir viva. Un día, sin más, me besó. No fue suave ni tímido. Fue él: directo, descarado, real. Y ese beso borró todo lo demás. Desde entonces, estuvimos juntos. Nada con Mateo era fácil. Pero en sus brazos, dejaba de ser “la hija de Morel” para ser simplemente Sofía. A mamá no le gustó. —¿Mateo Fernández? —dijo con desdén, como si su nombre tuviera un sabor amargo. —No le gustaban los chicos con fama dudosa. Mateo tenía esa reputación: irónico, impulsivo, un rebelde con causa que a ella le parecía inaceptable para una Morel. —Ese muchacho no es para ti —me advirtió—. ¿Tú sabes lo que la gente puede llegar a decir? —No me importa —le respondí con la verdad temblando en la voz—. No me importa lo que digan. Pero a veces, cuando la miraba, veía la decepción clavada en su mirada, y entonces dudaba un poco. Papá fue distinto. Muy distinto. El señor Morel, temido por muchos, se volvía otro cuando me miraba a mí. Su voz se suavizaba. Sus gestos se ablandaban. Yo era su única hija, y eso lo era todo para él. Cuando le hablé de Mateo, me escuchó sin interrumpir. No me juzgó ni me dio una opinión inmediata. Solo me observó con esa mezcla de fuerza y ternura que rara vez mostraba en público. —¿Te hace bien? —preguntó, con la mirada clavada en la mía. —Sí —respondí, sin dudar. Se levantó, se acercó y me besó la frente. —Entonces eso es lo que importa. No hubo regalos ni grandes palabras. Solo su presencia, firme, silenciosa, dispuesta a estar ahí si algo salía mal. Y eso, viniendo de él, era suficiente. Mis medios hermanos no pensaban igual. Tenía dos. Hijos mayores de papá, de un matrimonio anterior. No nos llevábamos mal, pero tampoco bien. Había respeto, pero una distancia que no podía ignorar. No les gustaba que estuviera cerca de papá. Decían que me consentía demasiado, que yo era su “debilidad”. —No es personal —me dijo uno—. Solo llegaste tarde… y te quedaste con todo. No respondí. No había forma de explicar que no pedí nada de lo que tenía. Con ellos había una línea invisible. No éramos enemigos, pero tampoco familia de verdad. Solo compartíamos sangre. Intenté acercarme, pero siempre terminaba alejándome. Porque en sus ojos veía un resentimiento que nunca sanó. Y yo ya llevaba mis propias heridas. Valeria, “mi hermana”, no tenía pensado decírselo. No porque tuviera miedo, sino porque simplemente no sentía que debía compartir mi vida con ella. Pero, claro, Valeria se enteró. Entró a mi cuarto sin tocar, con ese aire de superioridad que usaba como perfume caro. Tenía el celular en la mano, la pantalla iluminada, y una sonrisa afilada. —Qué romántico —dijo, sin saludar—. Mateo Fernández, ¿eh? Me quedé en silencio. Con Valeria ya no discutía. Era como pelear con el viento: agotador, inútil. —¿Así que ahora te gustan los chicos “con historia”? —continuó, dejando el celular en mi escritorio—. ¿O solo quieres jugar a la niña buena con su romance rebelde? La miré, no con odio, sino con lástima. —Papá lo sabe —dije. —Claro que lo sabe. Porque a ti lo soporta todo —rió con amargura—. Porque tú eres su hija. Esa frase dolió más de lo que quise admitir. —No es mi culpa —susurré. —¿No? —alzó las cejas—. ¡Claro que no! Tú no pediste ser hija de un Morel. Solo que apareció y te dio todo. ¿Y yo? Yo me quedé con los gritos, la pobreza, y un papá que nunca estuvo… pero que igual me marcó. Su voz tembló un segundo, pero disfrazó el dolor con otra sonrisa sarcástica. —Tú tienes a él, su apellido, su dinero, su cariño. Y ahora, también, tienes un novio que te mira como si fueras todo lo bueno en el mundo. —Mateo no está conmigo por eso —respondí. —Claro que no… —se burló—. Él es “diferente”, ¿verdad? Dio un paso hacia mí. Sus ojos cargaban heridas abiertas. —Pero recuerda, Sofía. No importa cuántos besos te dé, ni cuántas promesas te haga. Al final, todos se cansan de lo que brilla demasiado. Se giró y antes de salir, lanzó una última puñalada: —Y cuando se canse… no vengas llorando como víctima. Cerró la puerta de un portazo. Me quedé quieta. No por miedo. Por tristeza. Porque entendí que Valeria no me odiaba por amar a Mateo. Me odiaba porque yo tenía lo que ella siempre quiso: Un padre que se quedó. Un apellido que protegía. Una vida que, aunque imperfecta, no dolía como la suya. Después de empezar con Mateo, mis visitas a la casa de James se hicieron menos frecuentes. No porque quisiera alejarme, sino porque necesitaba espacio para entender mi vida. Pero cada vez que iba, algo había cambiado. Jared ya no me miraba con desconfianza. Su mirada era fría, vacía, como si yo fuera un recuerdo incómodo. Intenté ignorarlo. Me decía que era solo su forma, que la tensión aumentaba por otras cosas. Pero cada vez que Jared estaba cerca, el aire se volvía denso. Las palabras eran pocas, y su silencio pesaba más que cualquier discusión. Una tarde, mientras James y yo hablábamos, Jared entró sin avisar. Me lanzó una mirada que me hizo estremecer. No dijo nada. Solo se sentó, cruzó los brazos y miró el teléfono, como si yo no existiera. Quise preguntar qué pasaba, por qué había cambiado tanto. James evitó el tema. —Jared tiene sus cosas —me dijo en voz baja—. No es fácil para él. Aunque lo entendía, me sentía una intrusa en un lugar que una vez fue mi refugio. A veces me preguntaba si todo esto era culpa mía. Si Mateo y yo, con nuestra relación complicada, habíamos cerrado aún más a Jared. Cumplí dieciocho entre silencios incómodos, felicitaciones formales y una fiesta que parecía para el apellido Morel, no para mí. Había luces, fotógrafos, un pastel enorme, y una lista de invitados que apenas conocía. Valeria no vino. Mamá fingía sonreír. Mateo llegó tarde, pero llegó. Solo quería que todo pasara rápido. Pero entonces papá me llamó aparte. Sin cámaras. Sin discursos. Solo él y yo. Me entregó una caja pequeña. Dentro, una llave. Su voz, más suave que de costumbre, dijo: —Feliz cumpleaños, Sofía. La casa es tuya. Y el auto… también. Por un segundo, pensé que escuché mal. —¿Una casa? —pregunté. Asintió. —En el norte, con vista al mar. Tu espacio. Tu libertad. No supe qué decir. No estaba acostumbrada a recibir cariño así. Su afecto siempre venía disfrazado de regalos y protección calculada. Pero esta vez era diferente. Más sincero. —Gracias —dije, con un nudo en la garganta. Y por un momento, vi en sus ojos el brillo orgulloso de un padre. Un año después… La lluvia cae con furia, dificultando la visión. Las luces de los semáforos se reflejan en el asfalto mojado. Salgo del apartamento, con lágrimas mezcladas con rabia en mi rostro. El teléfono en mi mano muestra un mensaje sin respuesta de Mateo. Después de una pelea que me rompió por dentro, tomo una decisión impulsiva. Subo al auto sin mirar atrás y arranco. Agarro el volante con fuerza, respiro agitadamente. Los recuerdos de la pelea me golpean mientras acelero bajo la tormenta. Llego a un semáforo en rojo y lo ignoro. Una camioneta aparece en el cruce. El conductor intenta frenar, pero no puede evitar el choque. El impacto me rompió. El vidrio estalló, la lluvia y el polvo invadieron el auto. Los paramédicos llegaron rápido. Rompieron el cristal para sacarme, inconsciente, herida. Mi madre recibió la llamada y corrió al hospital. Dos meses después, sigo aquí, en coma. James sostiene mi mano, con lágrimas en los ojos. Así es como se rompió mi mundo. Y ahora, todo está en pausa. Esperando a ver si vuelvo a despertar. No recuerdo el impacto. Solo oscuridad. Como si alguien hubiera apagado el mundo de un solo golpe. Dicen que estuve consciente unos segundos... que susurré un nombre. El de Mateo. No lo sé. No me acuerdo. Lo que sí sé es que desde ese momento, el tiempo dejó de existir para mí. Mis días no tenían principio ni fin. Solo sueños desordenados, voces lejanas... y la sensación constante de estar atrapada en un cuerpo que no respondía. A veces escuchaba murmullos. Otras veces, solo silencio. Pero lo peor eran los recuerdos que venían como fantasmas. Los buenos, sí. Pero también los que dolían. Vi a papá una vez en ese limbo extraño. No sé si fue real o si mi mente me lo inventó. Estaba de pie, al lado de mi cama. Me hablaba bajito, como si tuviera miedo de romperme más. —Sofía... no te vayas. Por favor, no te vayas. Y lloró. Mi padre, el hombre más fuerte que conocía... lloró por mí. Esa imagen se clavó en mí como un ancla. Y en medio de la oscuridad, me obligué a quedarme. A no soltarme. A pelear. No por mí. Por él. Por mamá, que me visitaba cada mañana aunque nunca supiera si yo la escuchaba. Por James, que no me soltó la mano ni un solo día. Y sí, también por Mateo. Porque aunque discutimos, aunque esa noche me rompí por dentro, algo en mí seguía esperándolo. Esperando que volviera. Que entrara a la habitación y dijera lo único que necesitaba escuchar: "Perdóname. Despierta. Te necesito." Pero no lo hizo. No durante ese primer mes. Fueron James y mamá quienes se mantuvieron. Papá también, en sus silencios. Valeria... vino una vez. No volvió. Y yo lo entendí. Desde ese accidente, todo cambió. No solo para mí, sino para todos los que me rodeaban. Una tarde —o al menos así lo sentí— escuché una voz diferente. Una voz que me removió algo en el pecho. Era Mateo. Temblaba. Nunca lo había escuchado así. —No sé si puedes oírme... pero si puedes, juro que no volveré a hacerte daño. No me fui porque no me importaras. Me fui porque no sabía cómo enfrentar esto. Porque me sentía culpable. Porque, aunque tú no lo dijiste, sé que te subiste a ese auto por mi culpa. Sentí que el aire volvía a entrar a mis pulmones. No de verdad... pero sí en mi mente. Mateo siguió hablando. —Te necesito, Sofía. No como la chica perfecta ni como la hija de Morel. Te necesito con tus miedos, con tus silencios, con tus locuras. Despierta. Aunque sea para gritarme. Pero despierta. Por favor. Y luego, por primera vez en dos meses, sentí algo más que oscuridad. Sentí un temblor. Leve. En mi mano. No supe si fue real. Pero supe que, si seguía escuchándolo... tal vez podía volver. No sé cuánto tiempo pasó después de eso. Solo que un día... abrí los ojos. Lentos, pesados, como si llevaran siglos cerrados. La luz me dolió. Las voces eran confusas. Pero ahí estaban. Mamá, con lágrimas silenciosas. Papá, sujetando mi otra mano con más fuerza de la necesaria. James... sonriendo entre llanto. Y Mateo. Parado en la esquina de la habitación. Como si no se atreviera a acercarse. Lo miré. Él también me miró. Y por un segundo, sin palabras, entendimos todo lo que no habíamos dicho antes. Todo lo que dolía. Todo lo que aún quedaba por sanar. No hablé. No pude. Pero con solo mirarlo, le dije lo único que importaba: Todavía estoy aquí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR