Orígen | Capítulo 1

1310 Palabras
“El problema de amar sin reservas es que, cuando te traicionan, no queda nada que rescatar.” Capitulo 1 Sofía corría por el bosque como si el aire mismo la persiguiera. Las ramas bajas rozaban su piel y los mechones de cabello oscuro se deslizaban sobre su rostro, pegándose a sus mejillas húmedas por el sudor y algo más que no quería reconocer. No miraba atrás. No se atrevía. Aquellas imágenes la acosaban con una crueldad implacable, repitiéndose en su mente como un susurro maldito. Intentaba sacudirlas, borrarlas, convencerse de que no habían sido reales… pero cada paso que daba parecía hundirlas más profundo en su memoria. El bosque estaba demasiado silencioso, como si supiera lo que ella había visto. Como si guardara el secreto. Y Sofía, con el corazón golpeándole el pecho, comenzaba a temer que no estaba huyendo solo de sus recuerdos… sino de algo que todavía la seguía. sonido de su propia respiración la devolvió al presente. Sofía corría entre los árboles, pero el bosque empezó a desdibujarse ante sus ojos. Y entonces, el recuerdo la alcanzó. La lluvia. Siempre volvía a la lluvia. Aquella tarde gris saliendo de la junta, con el dolor martillándole las sienes y la sensación de que algo en Mateo ya no encajaba. Recordó cómo había dudado de sí misma. Cómo incluso le había contado a Valeria sus sospechas, buscando consuelo. —Siento que me oculta algo… Valeria había fruncido el ceño, ofendida en su nombre. Le aseguró que Mateo la amaba. Que jamás la traicionaría. Sofía quiso creerlo. Porque era su hermana. Porque era Mateo. Pero el destino no necesitó más que un segundo. El auto. Las luces encendidas. La lluvia golpeando el cristal. Y ellos dentro. Discutiendo. Mateo movía las manos con desesperación. Valeria gritaba. No había besos, pero había algo peor: complicidad. Secretos compartidos. Sofía se escondió bajo la lluvia, paralizada. Escuchó la frase que le partió el alma. El dinero. SU dinero. Y luego, la sentencia final. —Sofía no es tan estúpida como parece. Algo sospecha. Valeria respondió sin titubear: —Pues si sospecha… que sospeche. Igual ya está todo hecho. Todo. Ya. Hecho. El recuerdo le quemó la garganta incluso ahora. Volvió a sentir la náusea, la traición clavándose como vidrio bajo la piel. Recordó cómo caminó sin rumbo, cómo regresó a casa y encontró a Mateo fingiendo preocupación. Cómo lo dejó abrazarla esa noche mientras repetía cada palabra escuchada en el auto. Recordó el sobre beige semanas después. Las fotos. Los mensajes. “Inversión.” “La boda asegura el contrato con el grupo Morel.” No era amor. Era negocio. Una rama le arañó el brazo y Sofía volvió al presente con un jadeo ahogado. El bosque. La oscuridad. El sonido de algo moviéndose detrás de ella. Su corazón latía con la misma fuerza que aquella noche bajo la lluvia. La traición no era solo un recuerdo. Era el origen de todo. Y si estaba corriendo ahora… no era solo por miedo. Era porque el pasado había dejado de ser pasado. Sus botas resbalaron en el barro y casi cayó, pero logró sostenerse de un tronco húmedo. La corteza áspera le rasgó la palma, aunque apenas lo sintió. La respiración le ardía en el pecho, cada inhalación era una puñalada de aire frío. No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo. Minutos. Horas. Tal vez una eternidad. Solo sabía que no podía detenerse. No después de lo que estaba a punto de hacer. Sofía no nació del amor. Nació de una noche. De un error elegante. De un desliz que jamás debió suceder y jamás se repitió. Adela conoció al señor Morel cuando apenas acababa de escapar de un matrimonio que había sido una jaula. No una metáfora. Una jaula real. El padre de Valeria no era un hombre complicado. No era “difícil”. Era violento. Borracho. De los que llegaban oliendo a alcohol barato y convertían cualquier excusa en motivo para gritar. De los que descargaban su frustración contra puertas, contra paredes… o contra personas. Valeria aprendió demasiado pronto a reconocer el sonido de unas llaves entrando en la cerradura. Aprendió a quedarse quieta cuando los pasos eran pesados. Aprendió a no hacer preguntas. Adela soportó años. Hasta que una noche, mientras su hija dormía, entendió que quedarse era enseñarle a aceptar el miedo como rutina. Aguantó hasta que entendió que quedarse era condenar a su hija a creer que el amor dolía. Así que con tan solo una maleta pequeña. Una niña de tres años dormida en sus brazos. Y el terror de que el monstruo despertara antes de que pudiera cerrar la puerta. Se llenó de valor y huyó. No miró atrás. No porque no quisiera… sino porque sabía que si lo hacía, volvería. Ella no tenía un plan. Pero había tomado una decisión. Y eso, a veces, basta. Los primeros meses fueron una batalla constante. Trabajos mal pagados. Habitaciones pequeñas con paredes demasiado delgadas. Miradas de juicio. Susurros. Pero nadie gritaba. Nadie golpeaba puertas. Nadie convertía la noche en amenaza. Valeria dejó de sobresaltarse al escuchar llaves. Dejó de encogerse cuando alguien alzaba la voz. Y poco a poco, aprendió a reír sin mirar alrededor. Fue en ese estado frágil, entre el alivio y el cansancio, cuando apareció el señor Morel. Él no pertenecía al mundo de Adela. Se notaba en la forma en que caminaba, en la precisión de sus palabras, en el traje siempre impecable. No hacía ruido al entrar en una habitación. No imponía. Observaba. La conoció en una reunión empresarial donde Adela servía café con manos firmes, aunque por dentro aún temblara. No la miró con lástima. La miró con interés. Y eso fue suficiente para quebrar algo que ella creía blindado. El señor Morel estaba casado. Y Adela lo sabía. También sabía que no buscaba amor. Buscaba un respiro. Una noche sin miedo. Una noche sin recuerdos. Y las noches, cuando una mujer ha sobrevivido al infierno, pueden confundirse con salvación. Sofía fue concebida en silencio. Sin promesas. Sin planes. Sin futuro. Cuando Adela supo que estaba embarazada, no lloró por culpa. Lloró por pánico. ¿Cómo haría para mantener a un nuevo bebé? Si apenas lograban sobrevivir ella y Valeria. Las cuentas ya eran una sombra constante. El alquiler vencía cada mes como una amenaza silenciosa. La comida se medía. Los lujos no existían. Y ahora… un hijo más. No podía pedirle ayuda al señor Morel. Apenas lo conocía, él podría pensar que se trataba de una caza fortunas. Lo que ocurrió entre ellos no fue una historia. Fue una noche. Una conversación larga. Un instante de debilidad compartida entre dos personas que no estaban en el mismo lugar del mundo. Él tenía una vida establecida. Un apellido respetado. Una esposa, una familia. Adela no estaba dispuesta a convertirse en el error que arruinara una reputación… aunque ese error ya latiera dentro de ella. Hubieron ocasiones en las que pensó en buscarlo. Más de una vez marcó el número que él había dejado escrito en una tarjeta elegante. Más de una vez sostuvo el teléfono con los dedos temblorosos. Pero nunca se atrevió a llamar. El orgullo fue más fuerte. Y el miedo también. Porque si él negaba al bebé… si la miraba con indiferencia… si insinuaba que dudaba… No lo soportaría. Así que decidió algo más difícil. Lo haría sola. Trabajó hasta que el cuerpo se lo permitió. Escondió el embarazo bajo ropa holgada. Soportó miradas inquisitivas. Sonrió cuando quería romperse. Valeria, demasiado pequeña para entender, solo notaba el cansancio nuevo en los ojos de su madre. Cuando Sofía nació, Adela la sostuvo en brazos y sintió algo que no había sentido en años: esperanza. No era un error. No era una carga. Era una segunda oportunidad. Sin embargo, el destino no concede treguas gratuitas. Porque meses después, el señor Morel apareció.
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