Dolor

775 Palabras
Todo se nubló. El aire se volvió espeso, como si me estuviera ahogando de pie. Mis piernas temblaron, y por un segundo, no escuché nada. Solo vi los labios del médico moverse, vi a Marcos detenerse en seco, vi cómo sus ojos se apagaban al escuchar la noticia. —Ha fallecido—. Esas dos palabras bastaron para romperme. El tiempo dejó de tener sentido. Me soltaré de los brazos de Marcos con una fuerza que no sabía que tenía y corrí. Corrí como si algo en mí pudiera revertir el tiempo, como si mi sola presencia pudiera devolverle la vida. Al fondo del pasillo, en esa fría habitación con paredes blancas y luces despiadadamente brillantes, estaba él. Mi hermano. Mi Matías. En una camilla de hospital, con una delgada sábana hasta el pecho, la piel más pálida que nunca. Los labios morados. Los ojos cerrados para siempre. —¡No, no, no, no!—grité mientras me lanzaba sobre él. Las lágrimas caían a borbotones, quemandome la cara, como si cada gota llevara consigo parte de mi alma rota. Apoyé mi cabeza en su pecho. No había latido. No había nada. —Matías, por favor... despierta... soy yo, soy Isa...—susurré con la voz hecha trizas, apenas audible. —No me hagas esto, por favor... no te vayas. No así. No tan solo. Mi cuerpo entero se estremecía con cada sollozo. Acaricié su rostro frío, pasé mis dedos por su cabello enmarañado. Buscaba una señal, un parpadeo, un movimiento, cualquier cosa. Me subí sobre la camilla, sin importarme nada, acomodé su cabeza en mi regazo y comencé a balancearlo, como si fuera un niño dormido que se había pasado de siesta. —Despierta, idiota... por favor... ¡despierta!—le grito, alzando la voz hasta quebrarme la garganta. Sentí cómo Marcos intentaba tomarme del brazo, pero me negué. Me aferré a Matías como si al hacerlo pudiera sostener su alma entre mis brazos. Sus heridas estaban ocultas, pero el vendaje ensangrentado en su costado hablaba por sí solo. —No puedes hacerme esto... eras todo lo que tenía, maldito. ¡Todo!—lloré con la voz desgarrada. Mis manos lo tocaban con desesperación, como si pudiera pasarle mi calor, como si pudiese devolverle la vida. Le acaricié las cejas, las mejillas, lo abracé con fuerza, lo zarandeé con cuidado, rogándole que abriera los ojos. —Te prometí que te sacaría de ahí... te lo prometí... y no cumplí... me odias, lo sé... pero despierta y grítame... dime que soy una estúpida... pero despierta, por favor...—jadeaba mientras las lágrimas caían sobre su rostro inmóvil. Marcos finalmente me tomó por la cintura, con suavidad, pero firmeza. —Isa... Isa, ya está... basta, por favor...—su voz era densa, dolorosa, pero tranquila, como quien camina en una cuerda floja. —¡No!—grité sin mirarlo, aferrada al cuerpo de mi hermano. —¡No me lo quites! —Isa, tienes que dejarlo ir... tienes que soltarlo...—me rogó, y sus manos fueron un ancla en mi cintura mientras yo me aferraba a un cuerpo que ya no estaba vivo. Grité. Grité como nunca lo había hecho. Como si el alma se me escapara por la boca. Golpeé su pecho, llorando su nombre. Me rendí. Marcos me alzó con cuidado. Mis manos no querían soltarlo. Se quedaron extendidas hacia él, como una niña que quiere volver a los brazos de su madre. Me sostuvo fuerte contra su pecho. Sentí su corazón latir con fuerza. Yo no podía respirar. Mis lágrimas empaparon su camisa, mientras mi cuerpo se rendía al dolor. Me desmayé. Todo se volvió n***o, como si el mundo también hubiera decidido cerrarme los ojos para no ver más. ... Cuando desperté, la luz del hospital me lastimó los ojos. Estaba acostada en una camilla, con un suero conectado al brazo. Mi cuerpo dolía, la cabeza me pesaba, pero no era físico. Era otra cosa. Un vacío tan hondo que parecía haberme tragado por completo. Marcos estaba allí, sentado junto a mí, con la cabeza baja y las manos entrelazadas. Parecía de piedra, pero sus ojos rojos hablaban de una batalla interna feroz. Quise hablar, pero la garganta me ardía. —No intentes hablar—dijo, levantando la mirada al notar que me había despertado. —Necesitas descansar. Negué con la cabeza y las lágrimas volvieron a caer. Él se inclinó hacia mí y tomó mi mano con una dulzura que me desarmó. —Ya lo estoy arreglando todo... se hará justicia, Isa. Te lo prometo. Pero yo no necesitaba promesas. Yo necesitaba a mi hermano. Y ya no lo tenía.
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