El aire del hospital olía a desinfectante y desesperanza. Las luces blancas del pasillo se clavaban como cuchillos en mis ojos cansados, y el eco de los pasos ajenos se mezclaba con el sonido intermitente de los monitores al fondo. Estaba sentada en una silla de metal junto a la pared, con un vaso plástico de agua entre las manos. El frío del plástico contrastaba con la fiebre que me ardía en la frente. Sentía mi cuerpo temblar, pero no sé si era de enfermedad, miedo o agotamiento. Tal vez todo junto. Mis piernas estaban cruzadas, mis zapatos empapados, el cabello me caía enmarañado por los hombros, pegado a la piel por el sudor febril. Pero me negaba a cerrar los ojos, me negaba a dejar que el cansancio me venciera. No cuando mi hermano luchaba por su vida al otro lado de esas puertas.
Marcos estaba al final del pasillo, hablando con dos hombres trajeados. No sabía quiénes eran, pero por sus gestos, susurraban algo urgente. Probablemente documentos, permisos, contactos. Mover a un privado de libertad a un hospital privado no era tarea sencilla. Pero él lo había logrado. Había hecho una llamada y de pronto, una ambulancia lo sacó de la prisión. Ahora estábamos aquí. Esperando.
Mi pecho subía y bajaba con dificultad. Las manos me temblaban mientras me llevaba el vaso a los labios. El agua tenía gusto a nada. Todo tenía gusto a nada desde hace semanas. Había perdido peso, las ojeras marcaban mi rostro, mi piel parecía más pálida que nunca, mis labios agrietados. Me sentía vacía, marchita, enferma. Pero no me quejaba. No cuando mi hermano estaba en esa sala de urgencias.
—Isabella… —escuché la voz grave de Marcos, acercándose. Me enderecé, sosteniendo el vaso con fuerza, como si fuera un ancla que me mantenía en pie.
—Él… Él está bien, ¿cierto? —le pregunté con voz quebrada antes de que pudiera hablar. Mis ojos lo buscaron, desesperados.
Abrió la boca, pero antes de responder, las puertas de la sala se abrieron. Un médico de bata blanca salió con una carpeta en la mano. Tenía los ojos tristes y cansados. Miró primero a Marcos, luego a mí.
—Doctor, ¿cómo está mi cuñado? —preguntó Marcos, con una voz que intentaba sonar firme, aunque yo noté la tensión en sus mandíbulas.
El médico bajó un poco la mirada, como si el peso de sus palabras fuera demasiado.
—Lo siento… hicimos todo lo que pudimos. Las puñaladas fueron profundas. Uno de los cuchillos perforó el pulmón izquierdo. Otra laceró el hígado. El órgano sangró de manera interna durante varias horas antes de ser detectado. Cuando llegó aquí ya había perdido demasiada sangre. Logramos estabilizarlo por unos minutos, pero entró en shock hipovolémico. Su corazón no resistió.
Las palabras cayeron como bombas en mi cabeza. No comprendía del todo lo que decía. Mi mente estaba demasiado nublada. Solo capté una frase, como si hubiera sido dicha en voz alta dentro de mi pecho:
"Su corazón no resistió."
Sentí que algo se desgarraba dentro de mí. El vaso de agua cayó al suelo y se boto. Me tapé la boca con las manos. No quería gritar. No quería. Pero un gemido sordo salió de mi garganta.
—No… no, no… no puede ser… ¡no puede ser! —me levanté tambaleante, sin saber hacia dónde correr.
Marcos se acercó, me tomó por los hombros, pero yo me sacudí como una fiera herida.
—¡Déjame! ¡Déjame! ¡No puede estar muerto! ¡Era mi hermano! ¡Era mi todo! ¡Él no puede estar muerto!
Caí de rodillas al suelo. Las lágrimas brotaban como una tormenta imparable. Golpeé el suelo con las manos, con los puños, con la frente. El dolor me consumía.
—Era un chico bueno… ¡Él no era un asesino! ¡Nos estaban inculpando! ¡Él solo quería ayudarme, trabajar, salir adelante!
El médico se agachó a mi lado, intentando consolarme. Dijo algo sobre protocolos, autopsias, liberación del cuerpo. Palabras vacías. Palabras sin sentido para un corazón destrozado.
Marcos no dijo nada. Solo se quedó a mi lado, viendo cómo me desmoronaba. No intentó alzarme. No intentó consolarme. Tal vez porque sabía que no había consuelo.
Estuvimos así, durante minutos, horas, una eternidad. No recuerdo cuánto tiempo pasó. Solo recuerdo que el pasillo estaba silencioso. Que la vida había cambiado en un instante.
Mi cuerpo temblaba. Me ardía la piel, y sentía los escalofríos correr por mi espalda. Pero lo peor no era la fiebre. Era el vacío. El absoluto, cruel y despiadado vacío que dejaba la ausencia de Mafias.
Marcos, al fin, se agachó y me rodeó con sus brazos. No dije nada. No tenía fuerzas para rechazarlo. Dejé que me abrazara, aunque su calor no llenara el frío que sentía por dentro. Apoyé la frente en su pecho, y allí lloré hasta quedarme sin voz.
No entendía por qué la vida era tan cruel. No habíamos sido malos. No merecíamos ese castigo. Mi hermano no merecía morir. Yo no merecía estar viva con este dolor a cuestas.
Y en medio de todo ese sufrimiento, lo supe con claridad:
La justicia no existía.
Solo quedaba el dolor.