Nada seria igual

942 Palabras
El cuerpo ya no me respondía igual. Las manos me temblaban al servir el café, la vista se me nublaba a ratos y sentía como si caminara sobre una cuerda floja entre la vigilia y el delirio. La fiebre no se iba. La tos me doblaba por dentro. Los escalofríos eran constantes, como si el invierno se hubiese instalado en mi espalda sin permiso. Cada día me veía más pálida. Más hueso. Más sombra. Y aun así, iba. Todos los días. A trabajar. Porque no tenía otra cosa. Porque quedarse en casa era aún más doloroso. —Isa, ¿segura que estás bien? —preguntó Clara, mi jefa, mientras yo limpiaba la barra con manos lentas. —Sí —mentí. Como siempre. Ya nadie me creía, ni yo. El murmullo de la cafetera, el tintineo de las tazas y el olor a pan recién horneado eran lo único que mantenía mi mente ocupada. Hasta que él entró. Marcos Richardy. Alto, impecable, con su abrigo n***o largo que le daba un aire de frialdad casi cinematográfica. Su sola presencia borró el sonido del local. Los murmullos se extinguieron. El aire se detuvo. Y mi cuerpo, a pesar de la fiebre, pareció reanimarse, como si algo dentro de mí gritara alerta. Nos miramos. Lo odiaba por dentro. Y también lo deseaba. Era esa clase de contradicción que una mujer rota no debería permitirse. Se acercó con paso firme, la mirada fija en mí. Ni una sonrisa. Ni una palabra de saludo. —Tienes que venir conmigo —dijo con voz baja, firme. —Estoy trabajando. —No puedes quedarte aquí. Había algo en su rostro, algo en su tono que me erizó la piel. El presentimiento se hizo carne en mi estómago. —¿Qué pasó? —pregunté, cada palabra me salía con dificultad por la garganta inflamada. —¿Es por mi hermano? No respondió. Bajó la vista un instante. Y esa respuesta muda fue la más cruel de todas. Dejé caer la bandeja que tenía en las manos. Corrí a la parte trasera del local. Clara revisaba unas facturas sentada en la mesa de la cocina. —Necesito irme. Es urgente. Ella me miró, alarmada. —Isa, estás muy mal. Estás sudando frío. Deberías ir al hospital... —Tengo que irme, Clara. Es mi hermano. Algo pasó. No esperé su respuesta. Salí corriendo de nuevo. Marcos ya me esperaba junto al auto, con la puerta abierta. Me metí sin pensarlo. Cerró la puerta y el chofer arrancó de inmediato. —¿Qué pasó? —le exigí, con el corazón bombeando dolor en cada latido. —¡Dímelo, Marcos! Me miró de lado. Y por primera vez, vi algo que no me había mostrado antes: vulnerabilidad. —Tu hermano está gravemente herido. Me faltó el aire. Sentí como si alguien hubiese clavado un cuchillo helado en el centro de mi pecho. —¡No! —susurré, llevándome las manos al rostro. —¡No, no, no! Marcos intentó acercarse, pero yo lo empujé con el dorso de la mano. —¡Dijiste que lo protegerías! —Lo hice. Pero algo salió mal. No estaba en mi control, Isabella. Apenas supe, mandé a intervenir. —¡Dios! Me eché hacia atrás en el asiento, temblando, sintiendo las lágrimas arder como fiebre en mis mejillas. El auto avanzaba rápido, cruzando avenidas, saltándose semáforos con una escolta que ni siquiera había notado. —Está en el hospital penitenciario. Intervenido de urgencia. Lo apuñalaron esta madrugada. Cerré los ojos. El mundo giró. La garganta se me cerró y vomité un sollozo gutural que no sabía que tenía guardado. —¡Él es todo lo que tengo! No me importaba si lloraba frente a él. No me importaba si la fiebre me hacía ver borroso. Mi hermano... mi niño. Mi razón. Lo que me quedaba de alma. —Ya estamos llegando —dijo Marcos, suavemente. —Lo verás. Pero tienes que estar fuerte. No puedes derrumbarte delante de él. Lo miré. —¡Hace cuatro semanas no sabía nada de ti! ¡Ni un mensaje! ¡Nada! —No era el momento. Y no sabía si querías verme. —¡Y a ti te importa lo que yo quiero ahora! Calló. El silencio se instaló entre nosotros, denso, cargado de cosas no dichas. Llegamos al hospital penitenciario. El auto se detuvo con brusquedad frente a la entrada protegida por muros altos y vigilancia armada. Un hombre uniformado se acercó, habló con el conductor y nos abrieron el paso. El corazón me iba a explotar. Sentía los huesos flaquear mientras salía del auto. Marcos caminó junto a mí. Al entrar, el olor a desinfectante me revolvió el estómago. Pasamos por un pasillo largo, escoltados por dos guardias. En cada puerta se oía un grito, una tos, el lamento de alguien invisible. Finalmente llegamos a la habitación. Me detuve. No podía moverme. Las piernas no me respondían. Tenía miedo. Marcos puso una mano en mi hombro. No habló. Solo asintió con la cabeza. Empujé la puerta. Allí estaba él. Mi hermano. Intubado, lleno de cables, un vendaje en el abdomen, el rostro hinchado, la piel más blanca de lo que recordaba. Un gemido se me escapó del alma. Me acerqué a él, tomé su mano, que colgaba inerte. Estaba fría. Sus dedos largos, tan distintos a los que solía sostener cuando éramos niños. —Estoy aquí, pequeño... ya llegué. Todo va a estar bien. Marcos estaba en la puerta. Miraba en silencio. No quise verlo. No podía. Mi mundo se había reducido a esa cama. A ese cuerpo casi sin vida. Todo había cambiado. Y nada volvería a ser igual.
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