No dije una palabra en todo el camino de regreso. Estaba sentada en el asiento del copiloto, las manos entrelazadas sobre mi regazo, los labios secos, los pensamientos revueltos. Justin conducía en silencio, de vez en cuando lanzaba miradas en mi dirección, y aunque intentaba fingir normalidad, sé que no estaba convencido.
¿Cómo podía estarlo?
Mi mente seguía allí... en ese salón privado... en esa voz que había creído enterrada. Héctor.
-Mary -dijo suavemente-. ¿Segura que estás bien?
-Sí -contesté sin pensar, mirando por la ventana-. Fue solo un mareo. Creo que el calor y los nervios del compromiso me jugaron una mala pasada.
-¿Quieres quedarte en mi casa esta noche? -me preguntó, con una sonrisa amable-. Puedo cuidarte.
Lo miré, sintiéndome aún más culpable. Justin era bueno. Demasiado.
-No, prefiero ir a mi apartamento -respondí-. Solo necesito descansar en mi cama, estar sola un rato. ¿Te molesta?
Él negó con la cabeza, aunque sus ojos se nublaron.
-Claro que no. Pero si necesitas algo, cualquier cosa, llámame. Iré corriendo.
Asentí, forzando una sonrisa. No me lo merecía.
Cuando llegué a mi apartamento, apenas cerré la puerta con el pie, me quité los tacones y los lancé sin pensar a un rincón. Me dolían los pies, la espalda... y sobre todo el alma. Corrí a la cocina, abrí el armario superior y saqué la botella de vino tinto que había estado guardando para una ocasión especial. Supongo que esto contaba como una.
Llené la copa hasta el borde y la bebí de un solo trago, sin respirar, sin pausas. Sentí cómo el líquido cálido me bajaba por la garganta, ardía un poco, pero me anclaba. Serví otra y la llevé conmigo al baño.
Me quité el vestido con desesperación, luego me enfrenté al espejo mientras comenzaba a desmaquillarme. Cada línea de delineador que borraba parecía descubrir otra capa de mí que había querido ocultar. Mis ojos estaban hinchados, mi expresión cansada. Y aún así, su rostro volvía a mi mente como un eco constante.
Héctor. ¿Cómo me había encontrado? ¿Fue coincidencia? ¿Estaba allí por negocios? ¿O fue el destino siendo cruel otra vez?
No lo sabía. Pero lo que sí sabía era que verlo me había desarmado.
Fui a la cama, pero el sueño no llegó. Me revolví entre las sábanas hasta las tres de la mañana, dándole vueltas a todo, con el corazón latiendo como si fuera a salirse de mi pecho. Finalmente, cerré los ojos por agotamiento más que por descanso.
El despertador sonó como una cachetada. Me levanté sobresaltada, con los ojos ardientes. Me duché rápidamente, dejé que el agua fría despejara un poco mis pensamientos, me vestí con el primer uniforme limpio que encontré y salí corriendo al hospital.
Tenía guardia de 24 horas. Y junto a Justin.
Al llegar al hospital, el aire estéril y el bullicio controlado me ayudaron a reconectarme con la realidad. Con la rutina. Con lo que sí podía controlar. Justin apareció unos minutos después, impecable como siempre, con dos cafés en la mano.
-Para ti, doctora hermosa -me dijo, sonriendo.
Le tomé el café con una sonrisa agradecida. No se lo dije, pero necesitaba ese café más que el aire.
Comenzamos a trabajar de inmediato. Emergencias, rondas, papeleo. La vida en el hospital era vertiginosa, pero también reconfortante. Porque ahí nadie preguntaba por tus emociones, solo por tus diagnósticos.
Cerca del mediodía, una de las secretarias se nos acercó con dos sobres dorados en las manos.
-Doctores -dijo-, acaban de llegar estas invitaciones. Vienen con el sello de la Fundación de Salud Internacional. Al parecer han sido seleccionados para una convocatoria médica muy exclusiva.
Justin y yo nos miramos, sorprendidos.
-¿Una convocatoria? -preguntó él, tomando el sobre.
Abrí el mío con rapidez. En la carta, con tipografía elegante y sobria, se nos informaba que habíamos sido invitados a formar parte del equipo médico que se encargaría de la atención especializada de una nueva fundación privada de alto perfil, dedicada a atender casos complejos y formar nuevos talentos médicos.
-"Solo los profesionales más reconocidos y con potencial de liderazgo han sido seleccionados" -leyó Justin en voz alta-. Wow...
-La reunión de presentación será mañana a las diez de la mañana -dije, mirando la dirección-. Esto... esto es grande, Justin.
-Esto es enorme -dijo, entusiasmado-. ¡Lo logramos!
Sonreí, tratando de sentir la misma emoción que él, pero por dentro... todo seguía revuelto.
El resto del día fue un torbellino. Atendimos pacientes, hicimos interconsultas, solucionamos emergencias. La jornada pasó volando. Al caer la noche, entregamos la guardia y salimos del hospital con la misma ropa con la que habíamos entrado.
Justin me miró de reojo mientras conducíamos hacia el lugar de la cita.
-Mary, ¿segura que estás bien? Te noto... distraída.
-Estoy bien, solo cansada. Han sido muchas emociones en muy poco tiempo -mentí.
-Lo sé. Solo... si hay algo que quieras decirme, sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?
Asentí, sin responder.
Llegamos al lugar de la reunión. Una enorme casona de arquitectura moderna nos recibió con sus luces encendidas y un jardín perfectamente cuidado. El portón de hierro forjado se abrió automáticamente al llegar, y fuimos recibidos por un grupo de asistentes vestidos de n***o que nos guiaron al interior.
El salón principal era un espectáculo. Paredes de mármol blanco, cortinas de lino, lámparas de cristal suspendidas del techo. Un piano de cola en una esquina tocaba música suave. Elegancia. Riqueza. Poder.
Y médicos. Muchos médicos. Reconocí a varios: jefes de cirugía, especialistas de renombre, directores de clínicas privadas. Todos conversaban entre sí como si se conocieran de años. Nos ofrecieron bebidas, canapés delicadamente preparados y un lugar junto a una mesa donde figuraban nuestros nombres.
El aire olía a éxito.
Y, sin embargo, yo no podía respirar.
El capítulo de mi pasado acababa de reabrirse sin permiso.
Y temía que la herida... esta vez, sangrara más de lo que podría soportar, no sabia si volvería a verlo pero rogaba al cielo que no.