Las sabanas

753 Palabras
Capitulo 4 La mañana llegó con un suave resplandor colándose por las cortinas de aquella habitación lujosa. Dormía profundamente hasta que alguien tocó con suavidad la puerta. Me sobresalté. Una mujer vestida con uniforme n***o, de rostro amable pero expresión neutra, entró en la habitación. —Buenos días, señorita —dijo con voz suave—. El señor me pidió que la despertara. Le he traído algunas cosas. Me incorporé, aún adolorida por la noche anterior, y me cubrí instintivamente con la sábana. Sentía el cuerpo pesado, los músculos tensos, y al mismo tiempo, una extraña calidez me recorría. La mujer me dejó sobre una silla un vestido blanco con pequeñas flores rosadas. Se veía costoso, delicado, elegante. —Puede usarlo después del baño. Aquí tiene artículos de aseo personal, y cuando esté lista, el señor la espera en su despacho. Asentí, aunque mi voz no salió. Cuando se fue, retiré con cuidado la sábana… y vi la mancha roja. El corazón me dio un vuelco. No podía dejar esa evidencia allí, como si hubiera cometido algún crimen. Me levanté de un salto, arranqué la sábana y la llevé al baño. Abrí la llave, froté con fuerza la tela, pero la sangre no se iba del todo. Era persistente, como el recuerdo de lo que había pasado anoche. Frustrada, la escurrí como pude, luego abrí mi bolso y la guardé doblada. No creí que él la necesitara. Me bañé con agua tibia, dejando que el agua arrastrara el resto de esa sensación de vulnerabilidad. Me vestí con el vestido, me peiné, y bajé cuando la misma empleada regresó a buscarme. Me condujo a través de un pasillo hasta una puerta doble de madera oscura. El despacho. Golpeó suavemente antes de abrir y me hizo una seña para que entrara. Allí estaba él. De pie, junto a un ventanal, observando la ciudad como si todo le perteneciera. Se giró cuando me oyó entrar, y sus ojos recorrieron mi figura lentamente. No dijo nada por unos segundos. Luego, caminó hacia su escritorio y tomó una bolsa de cuero n***o. —Esto es para ti —dijo, tendiéndomela. —¿Qué es? —pregunté, sin atreverme a acercarme del todo. —Tu pago. Pero antes, necesito que firmes esto. Me entregó un documento. Lo leí con el corazón acelerado. Era un acuerdo de confidencialidad. Varias cláusulas llamaron mi atención: "Cláusula 2: La señorita Isabella Ortega se compromete a no divulgar bajo ninguna circunstancia los detalles de la transacción, ni la identidad del contratante." "Cláusula 4: La señorita Ortega no podrá establecer contacto con ningún medio de comunicación para relatar hechos relacionados con la noche del 14 de abril del presente año." "Cláusula 5: Cualquier incumplimiento del presente acuerdo será penado con acciones legales que incluyen, pero no se limitan a, sanciones económicas y pérdida del pago recibido." Firmé con manos temblorosas. Era eso o nada. Él tomó el documento, lo guardó en una carpeta, y me tendió la bolsa nuevamente. —Allí hay quinientos mil dólares —dijo con calma. Lo miré, sorprendida. —Pensé que serían doscientos… —Dos cientos mil no te hacen justicia —interrumpió. Iba a responder, pero en ese momento, alguien golpeó la puerta con fuerza. Una empleada entró, visiblemente alterada. —Señor… ella… ella robó las sábanas de la habitación. Sentí que la sangre me abandonaba el cuerpo. El aire se volvió pesado. Quise hablar, pero no salieron palabras. Él me miró serio, luego caminó hacia mí, me quitó el bolso de las manos y lo abrió. Sacó la sábana mojada. La empleada sonrió, satisfecha. —Puede retirarse —le dijo a la mujer, sin siquiera mirarla. Cuando salimos de nuevo solos, mis rodillas temblaron. Me dejé caer al suelo, sin fuerza. Lágrimas silenciosas comenzaron a correr por mis mejillas. No podía creer que esto estuviera pasando. Él se agachó frente a mí. —¿Por qué lo hiciste? Tragué saliva. —Yo… no las robé —dije en voz baja—. Solo quería lavarlas bien. No quería que nadie viera… la sangre. Sus ojos me observaron con detenimiento. Luego, sin decir nada, guardó nuevamente la sábana en mi bolso y lo cerró con suavidad. Se levantó, me tendió la mano. Dudé, pero la tomé. Me ayudó a levantarme del suelo, con cuidado, como si de pronto se le hubiera ablandado el corazón. —Puedes irte, Isabella. El trato ha terminado. Mi chofer te llevará a donde quieras ir. Asentí. No dije nada. No había nada más que decir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR