El precio de la Sumisión

897 Palabras
No podía respirar. No sabía qué era más fuerte en ese momento: el miedo… o la adrenalina. Estaba de pie en medio de una habitación tan pulcra como silenciosa. El aire olía a madera fina, a perfume caro y a peligro. Mi corazón latía con fuerza. No podía ver la hora, pero sentía que el tiempo se había detenido desde que esa puerta se cerró detrás de mí. Desde que me quedé sola con él. —¿Sabes por qué estás aquí? —su voz rompió el silencio como un latigazo. Asentí, aunque no pude pronunciar palabra. Mis labios estaban secos. Mi garganta cerrada. Él dio un par de pasos hacia mí, lentos, firmes. La intensidad de su mirada era imposible de esquivar. Oscura, autoritaria… y a la vez, por extraño que pareciera, protectora. —Necesitabas ayuda. Yo te la di. Y ahora me perteneces. —Su voz era baja, controlada. Cada palabra medida como una sentencia. Mis manos temblaban a los costados de mi cuerpo, pero no me moví. No porque no quisiera… sino porque algo en mí se resistía a huir. Tal vez era la necesidad. Tal vez… otra cosa. Se detuvo frente a mí. Su cercanía me envolvió. Era alto, imponente. Y sin embargo, cuando su mano se alzó para apartar un mechón de cabello de mi mejilla, lo hizo con una delicadeza que no esperaba. —Tienes miedo. Lo veo en tus ojos. Pero también curiosidad. No te mientas a ti misma, Isabella. Tragué saliva. Él tenía razón. En medio de toda esa confusión interna, había algo que ardía en mi pecho. Algo que nunca había sentido con nadie. Tal vez era deseo… o tal vez solo era el poder que él ejercía sobre mí. —Quítate la ropa —ordenó. Mis dedos tardaron en reaccionar. No era solo vergüenza lo que sentía, era el peso de lo irreversible. Pero aun así, uno a uno, fui soltando los botones, la cremallera… Cada capa que caía al suelo me dejaba más expuesta, más vulnerable. Y sin embargo, no podía dejar de mirarlo. Su atención era completa. No había lujuria vacía en sus ojos. Había intensidad. Como si estuviera desnudando algo más que mi cuerpo. —Eres hermosa —murmuró, casi como si se lo dijera a sí mismo. Cuando quedé completamente desnuda, él no se abalanzó sobre mí. No fue brusco ni impaciente. Dio un paso atrás y me observó, como si quisiera memorizar cada curva, cada lunar, cada parte de mí. Luego se acercó, esta vez más cerca, hasta que pude sentir su aliento en mis labios. —Desde este momento, Isabella, obedecerás cada una de mis órdenes. Pero también… aprenderás a disfrutar cada una de ellas. Porque yo cuidaré de ti. Incluso cuando creas que no lo hago. Y entonces, me besó. No fue un beso suave. Fue profundo, decidido. Su lengua invadió mi boca con hambre, con necesidad, pero sin violencia. Su mano fue a mi cintura, atrayéndome hacia él con una fuerza medida, como si supiera exactamente hasta dónde presionar sin romperme. Su tacto, firme pero seguro, encendió algo en mi interior. Nunca nadie me había tocado así. Nunca había sentido ese tipo de estremecimiento que me recorría de pies a cabeza. Me alzó entre sus brazos sin esfuerzo y me llevó hasta la cama. Me recostó con cuidado, como si, pese a su dominio, supiera que era mi primera vez. Y lo sabía. Lo notó desde el primer momento. —Esto te pertenece solo a ti… hasta hoy —susurró contra mi piel. Cuando su cuerpo se posicionó sobre el mío, mi respiración se volvió errática. El calor de su piel contrastaba con la frialdad de mi incertidumbre. Pero no me obligó. Me miró, esperando una señal. Una pequeña muestra de aceptación. Asentí con la cabeza. Era un movimiento casi imperceptible. Pero suficiente para que él continuara. El momento fue tan intenso como inesperado. Sí, dolió… pero fue breve. Porque casi al instante, sus manos comenzaron a recorrerme con ternura. Su boca besó cada rincón que antes solo conocía el silencio, y susurros se escapaban de sus labios como si intentara aliviar el impacto de cada nueva sensación. Y en medio de esa mezcla de dolor y placer, sentí algo nuevo. Algo que no esperaba. Disfrute. No fue solo físico. Fue emocional. Fue sentirme deseada, necesitada… importante. No era amor. Lo sabía. Pero tampoco era frialdad. Él me estaba mostrando otra cara de sí mismo. Una que no mostraba al mundo. —Estás temblando —murmuró mientras acariciaba mi mejilla con sus nudillos—. Pero ya no es de miedo… ¿verdad? Negué con la cabeza, incapaz de hablar. Algo en su mirada había cambiado. Ya no era solo el CEO dominante. Había algo más. Un atisbo de humanidad, de ternura contenida. Cuando todo terminó, no se levantó de inmediato. Se quedó conmigo. Me cubrió con una manta suave, me acomodó entre sus brazos. Como si le importara. Como si, por un instante, no fuera solo un trato. —Descansa, Isabella. Lo hiciste bien. Y te prometo que, mientras estés bajo mi techo, nadie te tocará sin mi permiso. Nadie te hará daño. Sus palabras fueron un bálsamo. Cerré los ojos, con el cuerpo agotado y el corazón en un torbellino. Pero en el fondo… me sentía segura. Cuidada. Y eso… eso fue lo más extraño de todo.
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