Algo peligroso

1293 Palabras
Cuando subí al auto aquella noche, no sabía qué me asustaba más: estar sentada al lado de Marcos Richardi o lo que su mirada estaba empezando a provocar en mí. No me habló al principio. Solo condujo en silencio, como si el mundo fuera un ruido lejano y él se moviera en su propia frecuencia. El aire dentro del auto estaba denso, cargado de algo no dicho. Yo jugaba con mis dedos sobre mis piernas, nerviosa, consciente de su cercanía. De pronto, su voz rompió el silencio. —No deberías trabajar en ese lugar. No a esas horas. No limpiando habitaciones. —No todos nacemos millonarios, señor Richardi —le respondí sin mirarlo. —Marcos. Lo miré entonces. Sus ojos se mantenían fijos en la carretera, pero su mandíbula se tensaba. Había algo inquietante en su tono, algo que no era control. Era… preocupación. —Me gusta ganarme lo mío. No tengo intención de depender del dinero que me dio. Fue un acuerdo. Lo cumplí. Fin de la historia. Él detuvo el auto de golpe en una calle vacía. El chirrido de los frenos me sacudió. —¿Fin de la historia? —se giró hacia mí, furioso—. ¿De verdad crees que después de lo que pasó entre nosotros voy a dejarte andando de madrugada por la ciudad como si nada? —¡Lo que pasó fue un trato, Marcos! ¡No fue amor! ¡No fue romance! ¡Fue un negocio! —¿Y por eso tengo que fingir que no me importa si te pasa algo? Me quedé muda. —No soy de piedra, Isabella —susurró—. No lo fui esa noche. No lo soy ahora. Mi pecho subía y bajaba acelerado. El corazón me latía tan fuerte que sentía que él podía oírlo. —No necesito su compasión. Ya tengo bastante con cargar con lo que hice —dije bajando la mirada. Entonces su mano se estiró y tomó la mía. No como quien exige. Como quien suplica. —No es compasión. Es respeto. Y aunque no quieras oírlo… es preocupación. Esa noche no me dejó volver sola. Me acompañó hasta la puerta de casa y se quedó viendo hasta que entré. Me observó como si pudiera protegerme con solo mirarme. Cerré la puerta con el corazón latiendo en el cuello. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué me miraba así? Matias estaba durmiendo. Lo cubrí con la manta, lo besé en la frente y me encerré en el baño a llorar en silencio. No por tristeza. Sino por confusión. Pasaron días. Marcos no volvió a aparecer. Pero cada noche, al terminar mi turno en el hotel, el mismo chofer me esperaba afuera. Nunca preguntaba nada, solo me abría la puerta y me llevaba a casa. Una noche, al salir, me lo encontré parado junto a la entrada del hotel. Esta vez no vestía de traje. Llevaba una camisa oscura remangada y jeans. Se veía más humano. Más... real. —¿Estás comiendo bien? —me preguntó sin rodeos. —¿Perdón? —Te ves más delgada. Más cansada. —Trabajo de noche, claro que me veo cansada. —¿Y comes? —No soy tu responsabilidad. —¿Y si quiero que lo seas? Me congelé. Sus ojos no mostraban deseo. Mostraban algo más profundo. Más peligroso. —¿Por qué, Marcos? —No lo sé. Tal vez porque desde aquella noche no dejo de pensar en ti. Porque tengo mujeres que me buscan por poder o placer, pero ninguna me miró como tú me miraste esa noche: con miedo, con dolor, con dignidad. Porque nadie me desafía como tú. No supe qué contestar. —Déjame llevarte —dijo suavemente. Esa noche no me llevó a casa. Me llevó a cenar. A un lugar pequeño, sin lujos. Pidió lo más sencillo del menú, como si quisiera que no me sintiera fuera de lugar. Me escuchó. Me dejó hablar de Matias, de nuestra infancia, de cómo dormíamos abrazados para no escuchar los gritos de mamá, de cómo robábamos frutas del mercado cuando papá se fue. —Crecí en una casa donde el refrigerador estaba más vacío que lleno. Donde los cumpleaños eran solo un deseo silencioso antes de dormir. Mafias dejó la escuela para trabajar en la calle, vendiendo dulces, limpiando vidrios… cualquier cosa para que yo pudiera seguir estudiando. Él me cuidó. Me protegió de todo, incluso de mí misma. —¿Y tú? ¿Qué hacías? —me preguntó con sinceridad. —Estudiaba, limpiaba casas los fines de semana, cuidaba niños. Hacía todo lo que podía sin dejar la escuela. Prometí que algún día todo cambiaría. Pero la vida no siempre espera que estés lista, señor Richardi. —Llámame Marcos —me interrumpió, su voz más cálida. Lo miré sorprendida. Él sonrió, apenas. —¿Y la señora Bortot? —continuó—. ¿Cómo llegaste a ella? —Es mi vecina. Me vio llorando una noche en las escaleras. Me preguntó qué pasaba, y cuando le conté… me ofreció “una salida”. Me explicó en qué consistía. Lo pensé durante días, pero el tiempo no estaba de mi lado. Elegí salvar a mi hermano, aunque eso me costara… lo único puro que me quedaba. Marcos se levantó lentamente, caminó hasta el minibar y sirvió dos vasos de agua. Me ofreció uno sin decir nada. Lo tomé. Mi mano temblaba. —Lo hiciste por amor —dijo finalmente—. Eso es lo más noble… y lo más peligroso que puede motivar a una persona. —No me arrepiento —le respondí con la voz firme, levantando la mirada—. Pero tampoco esperaba sentirme tan… rota después. Pensé que sería una simple transacción, pero en ese cuarto… usted no me trató como un objeto. Fue dominante, sí. Pero también me cuidó. Él desvió la mirada un instante, como si mis palabras lo tocaran más de lo que quería admitir. —No suelo hacer esto, Isabella. No me interesan los lazos. Pero tú… me haces querer saber más. Protegerte, quizás. —¿Por qué? —pregunté bajito. —Porque ya no te veo solo como una chica que vendió algo por necesidad. Veo a una mujer valiente, que haría lo que fuera por su familia. Y eso… es raro en estos días. Me quedé en silencio. Una parte de mí quería llorar. Otra, sonreír. —¿Puedo preguntarte algo? —dije, alzando la mirada. —Claro. —¿Usted… está casado? ¿Tiene hijos? —No. Y si los tuviera, nunca habría permitido que te cruzaras en mi camino de esta forma. —¿Entonces por qué se interesa por mí? —Tal vez porque estoy cansado de lo falso, de lo superficial. Porque tú, con tus ojos tristes y tus palabras sinceras, me hiciste ver que todavía existe algo real en el mundo. Y me miraba como si cada palabra fuera sagrada. Después de eso, empezó a visitarme. No todos los días. No con flores ni con promesas. Solo aparecía. A veces me traía comida. A veces solo me miraba mientras doblaba sábanas en el hotel. Una noche, le pregunté: —¿Qué haces aquí? —Asegurándome de que no te rompas. —¿Y por qué eso te importa tanto? —Porque no quiero que termines como todas las personas que toqué antes. Rota. Sus palabras me hicieron doler el alma. Y fue esa noche, mientras me alcanzaba un trapo para limpiar una mesa, que su mano rozó la mía… y no la quitó. Nos quedamos así, con los dedos apenas enlazados, respirando el mismo aire, sabiendo que algo se estaba formando entre nosotros. Algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar. Pero que ya era inevitable.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR