No había pasado mucho desde aquella conversación con Marcos Richardi, cuando la rutina del trabajo volvió a envolverme. Cada noche, tras terminar de arreglar habitaciones en el hotel, recogía mis cosas con discreción, agradecida por tener al menos una ocupación que me alejaba, aunque fuera un poco, de los problemas que se acumulaban sobre mis hombros como piedras.
Esa noche estaba en plena limpieza de una de las suites cuando mi teléfono vibró en el bolsillo de mi delantal. Era una llamada de mi vecina, doña Mercedes. Contesté sin pensar demasiado, pero lo que escuché me hizo soltar el trapo que tenía en la mano.
—Isabella… la policía vino otra vez por Matías. Se lo llevaron, hija. Otra vez…
—¿Qué? —sentí que mi voz temblaba—. ¿Por qué? ¿Qué pasó ahora?
—No sé los detalles… pero dijeron algo de asesinato.
El mundo se me vino abajo.
Corrí fuera del hotel sin decir una palabra. Detuve un taxi en plena avenida y le pedí al conductor que me llevara directo a la estación de policía. Mis manos temblaban y el pecho me dolía, como si alguien lo estuviera apretando desde dentro.
Cuando llegué, un oficial me reconoció y, con expresión severa, me condujo a una pequeña sala. Allí me dieron la noticia como si me hablaran de un trámite cualquiera.
—Su hermano fue arrestado por un nuevo cargo. Esta vez es algo más serio… está siendo acusado de asesinato en primer grado.
Me quedé helada. Las lágrimas brotaron sin permiso, mi garganta se cerró, y mis rodillas casi fallaron. Sentí que me moría. Grité, lloré, supliqué una explicación, algo que me dijera que había un error. Pero no la hubo.
Los días siguientes fueron un torbellino. Contraté a un abogado con lo que me quedaba de dinero, pero todo era inútil. En cada audiencia, la situación parecía empeorar. Las pruebas que tenían contra Matías eran contundentes, según decían.
Tres semanas más tarde, me notificaron que se le había negado la fianza y que lo trasladarían a una prisión de máxima seguridad. Fue entonces cuando dejé de aparecer por el hotel. No podía. No estaba en casa tampoco. Me dedicaba por completo a buscar alguna salida, alguna manera de probar la inocencia de Matías.
Perdí mi teléfono en medio de todo. No me importó. No contestaba llamadas. No dormía bien, no comía. Bajé tanto de peso que mi ropa me quedaba grande y mi rostro era una sombra del que alguna vez fui. Mis ojeras eran profundas, mi piel estaba pálida y mis manos, temblorosas.
No supe más de Marcos Richardi. Y, sinceramente, no tenía cabeza para pensar en él. Lo poco que había vivido con él parecía un sueño borroso, ajeno.
Cinco semanas después, cuando creía que no podía hundirme más, llegó otro golpe: me llamaron desde la prisión. Matías había sido herido en una pelea.
Corrí a verlo, desesperada. Cuando lo vi, sentí que se me quebraba el alma.
—¡Dios mío, Matías! —me tapé la boca para no gritar—. ¿Qué te hicieron…?
Su cara estaba hinchada, amoratada. Tenía cortes en los brazos y moretones en el pecho. Estaba roto. El hermano alegre que había criado con tanto esfuerzo… ya no estaba allí.
—Lo siento, Isa… no pude evitarlo —susurró con dificultad.
No tuve fuerzas para hablar. Solo lo abracé con delicadeza, intentando no hacerle daño, y lloré en silencio.
Cuando salí de la prisión, el aire me golpeó como una bofetada. Corrí, sin pensar, hasta la casa de las personas que lo habían acusado. Golpeé la puerta como una loca. Me abrió un hombre alto, de rostro severo. Lo reconocí de las fotos del expediente.
—Por favor… —le rogué—. Matías no es un asesino. Yo sé que ustedes saben la verdad. Por favor… se los suplico. Digan la verdad. Ayúdenme. Está siendo destruido… ¡se está muriendo en esa cárcel!
El hombre me miró sin expresión. Luego, una sonrisa sarcástica se dibujó en su cara.
—¿Sabes qué, niña? Me das pena.
Y sin más, tomó un balde con agua fría y me lo arrojó encima.
—¡Lárgate antes de que llame a la policía por acoso!
Temblando, empapada, me alejé de esa casa mientras la puerta se cerraba de un golpe tras de mí. Caminé sin rumbo, sin saber qué hacer. El dolor, la impotencia, el agotamiento, todo me oprimía.
Y en ese momento, por primera vez en semanas, pensé en Marcos Richardi. En su mirada. En su voz firme. En cómo me había cuidado… cómo me había hecho sentir importante, aunque fuera por un instante.
Me dejé caer en un banco de la plaza más cercana y lloré. Porque estaba cansada. Porque no tenía más fuerzas. Porque ya no sabía si podría salvar a Matías…
Y porque necesitaba ayuda, aunque no supiera cómo pedirla, de igual forma me levante del banco y seguí un camino.
El corazón me latía con fuerza mientras entraba al lujoso edificio. Estaba empapada de rabia, desesperación y tristeza. No había dormido en dos días, no había comido bien en semanas. Y aunque sabía que probablemente me rechazaría, solo quería verlo. Necesitaba verlo. Solo él podía ayudarme ahora.
Me acerqué al gran mostrador de mármol blanco donde una mujer impecablemente vestida me miró de arriba abajo con desdén.
—Buenas tardes —dije, tratando de sonar calmada, aunque mi voz temblaba—. Vengo a ver al señor Marcos Richardi.
La recepcionista tecleó algo en su computadora sin mirarme.
—¿Tiene cita?
—No… pero es urgente. Es sobre una situación legal grave. Por favor, dígale que Isabella Ortega está aquí. Él me conoce —agregué, esperando que mi nombre tuviera peso.
Ella levantó la vista, me observó con frialdad.
—Lo siento, señorita Ortega, pero el señor Richardi no está disponible sin una cita. Y en este momento, tiene instrucciones de no ser molestado.
—¡¿Cómo que no está disponible?! —La desesperación me ganó—. ¡Dígale que estoy aquí! ¡Necesito hablar con él! ¡Es importante!
—Señorita, le estoy pidiendo con respeto que se calme o tendré que llamar a seguridad —replicó, bajando la voz, mientras mantenía esa expresión plástica y vacía.
—¿Calmarme? ¡Mi hermano está en prisión acusado de asesinato! ¡Y él es la única persona que puede ayudarme! —grité, golpeando el mostrador—. ¡No me voy a ir hasta que me escuche!
Un par de guardias de seguridad aparecieron en segundos. Me tomaron por los brazos sin violencia, pero con firmeza.
—¡Suéltenme! ¡Déjenme verlo! ¡Díganle que estoy aquí! ¡Maldita sea! ¡DÍGAAAANLEEEE! —grité mientras me arrastraban hacia la salida.
La recepcionista ni se inmutó. Su sonrisa vacía parecía disfrutarlo.
Cuando las puertas de cristal se cerraron tras de mí, la lluvia comenzó a caer de golpe. Fuerte, intensa, como si el cielo también quisiera aplastarme.
Me quedé allí, bajo la tormenta, con el corazón hecho pedazos. Estaba mojada, cansada, sin rumbo.
—¡¿Qué más quieres de mí, vida?! —grité mirando al cielo, empapada, con las lágrimas mezclándose con el agua de lluvia—. ¡¿Qué más?!
No sabía a dónde ir. No sabía a quién acudir. No me quedaba nada… salvo seguir caminando.
Y eso hice.
Con los pies pesados, con el alma herida, pero con una sola idea en la cabeza: no voy a rendirme. No puedo.