Caminaba sin rumbo bajo la lluvia, sin importarme que mi ropa estuviera empapada ni que mis pies dolieran con cada paso. Las gotas se mezclaban con mis lágrimas, y el mundo parecía ajeno, frío, inmenso… indiferente a mi dolor. Todo dentro de mí gritaba, todo en mí quería rendirse. Pero mis piernas seguían moviéndose por instinto, quizás por pura necesidad de no derrumbarme en plena acera.
Fue entonces cuando escuché pasos apresurados detrás de mí. Al principio no presté atención, pero alguien gritó mi nombre.
—¡Isabella!
Me detuve en seco. Me giré lentamente, y allí, bajo la lluvia, apareció un hombre que parecía salido de una escena de drama coreano. Alto, delgado, de piel clara, ojos rasgados y expresión serena. Su traje oscuro estaba empapado, pero aún así caminaba con una elegancia natural, como si la tormenta no pudiera alcanzarlo de verdad.
—¿Isabella Ortega? —repitió al acercarse.
—¿Sí? —pregunté con desconfianza, limpiándome la cara con la manga del abrigo mojado—. ¿Quién es usted?
Él me ofreció una leve reverencia, como si se tratara de un gesto habitual en él.
—Mi nombre es Han. Trabajo directamente con el señor Richardi. Me envió a buscarla… quiere verla.
Mi corazón dio un vuelco tan violento que por un segundo me sentí mareada. ¿Había escuchado bien? ¿Marcos Richardi… quería verme?
—¿Él… él me está esperando?
Han asintió con calma. Luego abrió un paraguas n***o y me lo ofreció con una sonrisa leve.
—Tome. Es para usted.
Yo lo miré, confundida. El agua le escurría por la frente, le mojaba la camisa… estaba completamente empapado.
—Podemos usarlo los dos —dije, dando un paso hacia él—. No quiero que se moje más, no tiene sentido.
Pero él negó con la cabeza, con una cortesía que parecía de otro tiempo.
—Estoy bien así. Lo importante es que usted llegue seca.
No supe qué decir. Apreté los labios con fuerza, agarré el paraguas con ambas manos y comencé a caminar a su lado, de regreso al edificio que minutos antes me había escupido como si fuera basura.
El camino fue silencioso. Solo se escuchaban nuestros pasos sobre los charcos y el murmullo lejano de la ciudad. Cuando llegamos a la entrada principal, todo se detuvo.
Las miradas de todos los empleados se clavaron en nosotros como cuchillos. Yo sentía cada gota que me había mojado, cada mechón de cabello pegado al rostro, cada costura desgastada de mi abrigo viejo. Me sentía vulnerable… hasta que Han se giró y alzó la voz con una calma firme.
—Señorita Bianca —dijo mirando directamente a la recepcionista—, el señor Richardi ha sido informado de su comportamiento. Está oficialmente despedida. Puede recoger sus cosas.
Un silencio helado se apoderó del vestíbulo. Nadie se atrevió a decir nada. Yo no dije nada tampoco. Por un segundo, sentí lástima por esa mujer, pero me recordé que había sido cruel, indiferente, y que yo no había hecho más que rogar ayuda. No la miré. No valía la pena.
Subimos al ascensor. Han presionó el botón de la última planta. Sentí cómo mi pecho se apretaba con cada metro que ascendíamos. Mi corazón golpeaba como un tambor desbocado. Me miré de reojo en el espejo del ascensor: ojerosa, demacrada, los ojos hinchados por tanto llorar. Quise desaparecer.
Las puertas se abrieron.
Un largo pasillo alfombrado nos recibió, iluminado por lámparas suaves. A cada lado, oficinas con puertas cerradas. Al final, un par de puertas dobles, negras, elegantes. Han caminó conmigo hasta allí, las abrió sin decir una palabra… y yo entré.
La oficina era inmensa. Las paredes eran de cristal, mostrando toda la ciudad mojada por la lluvia. Y allí estaba él.
De espaldas, con las manos en los bolsillos de su traje gris oscuro. Impecable. Erguido. Poderoso. Como un maldito protagonista de película millonaria. Me detuve, incapaz de respirar.
—Marcos… —susurré.
Él se volteó. Su mirada se clavó en la mía. Había algo en sus ojos que no reconocía: no era frialdad. No era superioridad. Era… otra cosa. Era tormenta contenida.
Y sin pensarlo, sin siquiera dudarlo un segundo, corrí hacia él.
Corrí como si todo mi cuerpo lo necesitara. Como si mis piernas supieran lo que mi cabeza no podía ordenar. Me lancé a sus brazos y lo abracé con fuerza.
No lloré. No grité. Solo lo abracé.
Y él… me abrazó también.
Fuerte. Con los brazos rodeándome como si no quisiera soltarme nunca.
Sentí su respiración agitada contra mi cabello. Sentí cómo su cuerpo también estaba tenso. Y supe, sin que dijera nada, que él sabía todo.
Estuvimos así, en silencio, enredados, como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí… como si fuera el único lugar seguro en el universo.
—Te busqué —susurró él finalmente—. No tenía forma de encontrarte. Me dijiste que no ibas a rendirte… y lo cumpliste.
—Marcos… —me aferré más a él—. Estoy tan cansada…
—Lo sé —sus dedos acariciaron mi espalda—. Y no vas a seguir sola. Te lo prometo.
Y por primera vez en mucho tiempo, creí que alguien estaba diciendo la verdad.