Me sostuvo un instante más, y luego, con delicadeza, se separó apenas de mí. Sus manos siguieron en mi cintura, firmes, protectoras.
—Isabella… —dijo mi nombre como si pesara—. ¿Qué demonios pasó? ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Por qué desapareciste así?
Sus ojos eran fuego. No el fuego que quema… el que calienta en medio de una tormenta.
Respiré hondo. No sabía por dónde empezar.
—No lo planeé… todo se salió de control —dije con la voz quebrada—. Esa tarde… cuando me fui del hotel… recibí una llamada. Era mi vecina. La policía volvió por Matías. Esta vez… se lo llevaron por algo mucho peor.
Marcos frunció el ceño.
—¿Peor que lo anterior?
Asentí, sintiendo la garganta cerrarse.
—Lo acusan de asesinato en primer grado. Dicen que lo vieron en una zona roja… que estuvo involucrado con una pandilla, que fue parte de un ajuste de cuentas. Pero no… ¡Él no lo hizo! —me abracé a mí misma—. Él estaba conmigo esa noche, teníamos pruebas… ¡pero no les importó! Me lo arrebataron otra vez…
Mi voz tembló, y no pude evitar que las lágrimas salieran con fuerza. Él no dijo nada. Me guió hasta un sillón amplio y moderno. Me sentó con cuidado y se arrodilló frente a mí, tomando mis manos entre las suyas.
—¿Por qué no me buscaste?
—Perdí el teléfono… me lo robaron una noche cuando salí de la estación. Estuve días de oficina en oficina, de abogado en abogado… vendí mis cosas, perdí peso, apenas dormí. No tenía cabeza para nada. Me dijeron que no habría fianza. Lo trasladaron a una prisión de máxima seguridad… —tragué saliva—. Lo hirieron, Marcos. Hace una semana me avisaron que lo apuñalaron. Fui a verlo y… Dios, si lo hubieras visto. Su rostro, su cuerpo… estaba destrozado. Es mi hermano. ¡Es lo único que tengo!
Marcos respiró profundo, se puso de pie y giró hacia la puerta.
—¡Han!
El joven apareció enseguida, aún con gotas de agua en el cuello de la camisa.
—Tráele ropa limpia. De su talla. Ropa cómoda. Y un chocolate caliente… no. Que sean dos. Y comida, bastante comida. De inmediato.
—Sí, señor —dijo Han, y se marchó.
Marcos volvió a mirarme, sus ojos en los míos.
—¿Cómo se llama el caso?
—“Mafias Ortega”. Así lo tituló la prensa. Dijeron que era una red. Que Matías era parte de ella.
Marcos tomó su teléfono, presionó un par de botones y se giró hacia Han, que justo regresaba con una toalla y una manta de lana.
—Investiga todo lo relacionado con el caso ‘Mafias Ortega’. Contacta a los abogados más implacables que tengamos. Que busquen una solución inmediata. No quiero excusas. Que hable con los fiscales, que presionen, que analicen el expediente. Y que me traigan el nombre del acusador principal. Quiero saber por qué diablos están haciendo esto. ¿Entendido?
—Entendido, señor —dijo Han con firmeza antes de desaparecer.
Me quedé en silencio. Aún temblando, aún incrédula. El calor del chocolate caliente que me entregaron poco después me hizo sentir por primera vez en semanas que aún existía un rincón del mundo donde podía respirar.
Pero no era el chocolate.
Era él.
La manera en que no preguntó “¿estás segura?”. La forma en que no dudó en moverse, en actuar. Me sentía tan agradecida que me dolía el pecho.
Me levanté lentamente. Él estaba de pie, cerca del ventanal. Me acerqué a la puerta, deslicé el seguro. El suave clic sonó más fuerte de lo que esperaba.
—¿Qué haces? —me preguntó sin moverse, pero con voz alerta.
Me giré hacia él y, sin decir nada, comencé a quitarme el abrigo empapado. Luego el suéter. Después los pantalones mojados que colgaban flojos en mis caderas. Me quedé en ropa interior frente a él, con el cuerpo tembloroso, el alma en carne viva.
—Voy a pagarte el favor —dije, sin apartar la mirada.
Sus ojos se encendieron, no de deseo… sino de rabia contenida.
—Isabella… no.
—Sí —repliqué—. No tengo nada más. No tengo dinero, no tengo ropa, no tengo casa. Solo tengo esto… mi cuerpo. Y sé que no es gran cosa ahora, que estoy demacrada, que no soy atractiva. Pero es lo único que puedo ofrecerte.
Él se acercó a mí en dos pasos.
—No. No quiero eso de ti.
—¿Y por qué no? —reí sin gracia—. ¿No es eso lo que hacen todos? ¿Cobrar favores con el cuerpo? ¿No es eso lo que esperan de las mujeres como yo?
—¡Tú no eres como las demás! —rugió con fuerza.
Su voz me sacudió.
—No lo entiendes —murmuré—. Ya no me queda dignidad, Marcos. La dejé tirada cuando supliqué en la puerta de los acusadores y me lanzaron agua fría en la cara como si fuera un perro.
Marcos me tomó de los brazos, con fuerza pero sin hacerme daño.
—Escúchame bien —susurró con furia contenida—. No vuelvas a decir que no te queda dignidad. No mientras yo esté aquí. Porque tú… tú has hecho lo imposible por alguien que amas. Y eso no se paga con sexo, Isabella. No quiero tu cuerpo. Quiero tu lucha. Quiero tu verdad. Y si me dejas… quiero ayudarte a recuperar todo lo que te han quitado.
Y fue en ese momento, en esa oficina de lujo, en esa noche de lluvia y piel desnuda, cuando supe que Marcos Richardi… no era solo el hombre poderoso de traje caro.
Era el único lugar seguro donde mi alma cansada quería quedarse.