El es algo especial

745 Palabras
Me sentí vulnerable. No por estar en ropa interior. No por haberme desnudado frente a él. Sino porque sus palabras… habían llegado a lugares dentro de mí que nadie había tocado jamás. Porque no me miraba como los demás hombres. No con hambre, no con lástima. Me miraba como si yo fuera alguien que aún valía la pena. Solté un suspiro largo y me dejé caer de nuevo en el sillón, con las manos cubriendo mi rostro. Él se quedó de pie frente a mí, en silencio. Su presencia lo llenaba todo. Esa mezcla de autoridad y ternura que me desarmaba sin esfuerzo. —Perdón… —murmuré—. No sé por qué hice eso. Estoy cansada, confundida. A veces siento que estoy viviendo en una pesadilla que no tiene fin. Él caminó lentamente hasta el perchero, tomó una manta de lana y la colocó con cuidado sobre mis hombros. —Estás agotada, Isabella. Y eso no se cura solo con comida o abrigo. Has cargado con demasiado… por demasiado tiempo. Me miró desde arriba. Sus ojos eran más cálidos ahora. Más humanos. —¿Quieres quedarte esta noche aquí? —preguntó, y su voz fue suave, sin presión—. Tengo una habitación en este piso. No es mucho, pero estarás segura. Puedes ducharte, descansar. Nadie te molestará. Lo miré sorprendida. —¿Aquí? —Sí. No quiero que vayas a ningún lado esta noche. No así. Estás temblando, estás pálida. No puedo dejar que salgas así. Y además… quiero que estés cerca mañana. Comenzaremos a mover todo desde temprano. Asentí, sin palabras. Me condujo por un pasillo largo, silencioso, con una alfombra tan espesa que mis pies apenas hacían ruido. Pasamos una doble puerta de madera oscura. Y allí estaba: una habitación moderna, de tonos suaves, con una cama amplia, cortinas de lino y una luz cálida que invitaba al descanso. —La ducha está por allí —me dijo, señalando una puerta lateral—. Han ya subió una muda de ropa. Te dejo sola. Y sin más, se fue. Me metí a la ducha y dejé que el agua caliente me recorriera el cuerpo como una caricia. Lloré. Pero esta vez no fue un llanto de desesperación, sino de alivio. Como si el simple hecho de estar en un lugar seguro, con alguien que me veía… realmente me veía… me diera permiso para soltar todo lo que había reprimido. Dormí profundamente esa noche. Desperté al amanecer, con la luz filtrándose entre las cortinas. Por un segundo no recordé dónde estaba. Luego, todo volvió: la oficina, Marcos, sus palabras, su mirada. Me incorporé lentamente y me puse la ropa que habían dejado. Era simple, pero limpia, cómoda. Me sentía humana de nuevo. Cuando salí al pasillo, Han ya me esperaba con una sonrisa discreta. —El señor Richardi está en la sala de juntas. Le pidió que desayunara primero. Le prepararon algo especial. No pude evitar sonreír un poco. Me condujo a una sala más pequeña donde una mesa elegante estaba servida con frutas, pan tostado, café y jugo natural. Comí como si no hubiera probado bocado en años. Una hora más tarde, me presentaron ante el equipo legal. Tres abogados. Todos con trajes impolutos, rostros serios y ojos de halcón. Marcos estaba al frente, en su rol de líder absoluto. —Señores, ella es Isabella Gómez. La hermana de Matías Gómez. Quiero resultados. No teorías. No hipótesis. Resultados. ¿Entendido? Uno de los abogados, el mayor, asintió. —Ya comenzamos a mover contactos. El expediente es extenso. Pero encontramos algo: hay contradicciones en los tiempos de los testigos. Además, un informe médico fue omitido. —¿Omitido? —Sí. Tenemos sospechas de que fue eliminado a propósito. Si lo conseguimos, podríamos abrir una brecha importante. —Consíganlo. Cueste lo que cueste. Yo observaba todo desde mi rincón. Como si no perteneciera. Como si eso fuera demasiado para alguien como yo. Hasta que Marcos se giró y me miró. —Isabella, ¿estás lista para pelear? Su voz era calma. Pero llevaba fuego. Asentí. —Sí. No me voy a rendir. Él esbozó una leve sonrisa, esa que apenas curvaba sus labios, pero que encendía todo en su rostro. —Bien. Vamos a sacarlo de ahí. Y en ese instante supe que había entrado en otra dimensión de la realidad. Una donde ya no estaba sola. Una donde la esperanza tenía forma de hombre, y ese hombre llevaba el nombre de Marcos
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