La mañana siguiente se sintió irreal. El aire estaba espeso, como si algo importante fuera a suceder. Me desperté antes del amanecer. No había ruidos. Solo el leve zumbido de la ciudad muy lejos, más allá de esos ventanales gigantes que daban a un horizonte frío y nublado.
Estaba en el cuarto de invitados del piso de Marcos, pero ya nada me parecía ajeno. Su olor seguía impregnado en la manta que me cubría. Su presencia, aunque no estaba allí, se sentía más que nunca.
Me levanté, me duché y me vestí con la ropa que habían dejado. Había un conjunto nuevo: jeans ajustados, un suéter beige, botas. Todo de buena calidad, como si me estuvieran devolviendo pedazos de mí que había olvidado.
Cuando salí, Han ya me esperaba.
—El señor Richardi la está esperando abajo. Dijo que desayunaría con usted.
Tragué saliva. Bajé en silencio. Mis pasos resonaban en el mármol, lentos, contenidos. Hasta que lo vi.
Él estaba en la sala, sentado en un sofá oscuro, con una taza de café en la mano y el ceño fruncido mientras revisaba unos documentos. Llevaba una camisa blanca arremangada, el primer botón desabrochado, y esa expresión… esa expresión de hombre capaz de mover montañas si se lo proponía.
—Buenos días —susurré, con timidez.
Levantó la mirada y algo se suavizó en su rostro.
—Ven. Siéntate conmigo.
Me acerqué y me senté a su lado. El silencio se hizo cómodo por un segundo. Luego, él se volvió hacia mí.
—Hoy iremos a ver a tu hermano.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Ya tienen el permiso?
—Lo conseguimos esta madrugada. Mi gente se movió rápido. Pero Isabella… quiero que estés preparada. No va a ser fácil.
Asentí. —Ya nada lo es.
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El trayecto hasta la prisión fue eterno. Marcos no me dejó ir sola. Insistió en acompañarme. El auto era n***o, con los vidrios polarizados. Llevábamos escolta. Eso me asustó un poco.
—¿Por qué tanta seguridad? —pregunté.
—Porque el hombre que acusó a tu hermano no es cualquier ciudadano. Tiene conexiones con gente muy oscura. No confío en nadie por ahora.
Eso me dejó helada.
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Cuando llegamos, el edificio era enorme, gris, rodeado de alambradas. El cielo estaba opaco, como si el mundo entero compartiera el mismo luto.
Pasamos por varios controles hasta que por fin nos hicieron pasar a una sala fría. Allí, en una esquina, estaba él.
Matías.
O mejor dicho… lo que quedaba de él.
Su rostro estaba hinchado, amoratado. Tenía el labio partido, un ojo semicerrado y caminaba con dificultad. Me levanté de golpe.
—¡Matías!
Corrí hacia él, pero uno de los guardias me detuvo.
—Solo puede acercarse hasta la línea amarilla.
Me detuve en seco. Él me miró con los ojos llenos de dolor, pero sonrió con un esfuerzo casi sobrehumano.
—Isa… hermana… ¿qué haces aquí?
—¡¿Qué hago aquí?! ¡Matías, estás destruido! ¡Mírate! ¿Qué te hicieron?
—Me defendí… pero eran muchos. No me importa… solo dime que estás bien. Que no estás sola.
Volteé la cabeza. Marcos se había acercado, pero mantenía la distancia. Matías lo miró con recelo.
—¿Quién es ese?
—Él… él me está ayudando. Es poderoso, Matías. Tiene abogados, contactos… va a sacarte de aquí.
Mi hermano bajó la mirada. Se le humedecieron los ojos.
—No quiero que te metas más por mí. No valgo la pena, Isa.
Me rompí por dentro.
—¡Claro que vales! ¡Eres mi hermano! ¡Eres mi única familia!
Marcos entonces se acercó un poco más. Su voz, firme.
—Matías, escúchame bien. No estás solo. Vamos a pelear por ti. Pero necesito que resistas. ¿Entendido?
Matías lo miró con rabia, pero luego asintió, con resignación.
—Hazlo por ella —dijo Marcos—. No por ti.
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De regreso al auto, no hablé. Me quedé mirando la ciudad desde la ventanilla, intentando ordenar mi cabeza.
Hasta que estallé.
—¿Y si no lo logramos? ¿Y si lo matan ahí adentro?
Marcos me miró, con los labios apretados.
—No va a pasar.
—¡No puedes prometer eso!
—No. Pero puedo hacer que les cueste caro si lo intentan.
Esa respuesta, tan cruelmente honesta, me estremeció.
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Esa noche me negué a ir a su apartamento. Me fui sola. Necesitaba pensar. Lloré caminando bajo la lluvia, otra vez. Me pregunté cuántas lágrimas me quedaban. Cuántas batallas más podía pelear.
Hasta que escuché una voz tras de mí, otra vez.
—Isabella.
Me giré. Él estaba ahí. Bajo la lluvia. Sin paraguas. Otra vez empapado por mí.
—¿Por qué me sigues?
—Porque no pienso dejarte sola.
Me derrumbé en sus brazos, sin fuerza.
Sentí que podía quedarme ahí… y el mundo no se caería.