Esa noche no dormí en su apartamento. No dormí en ningún lado, en realidad.
Después de llorar en la calle, después de que me encontrara otra vez, le pedí que me llevara a casa. A mi verdadero hogar. Ese apartamento pequeño, con goteras, con recuerdos desordenados. Donde viví los últimos años junto a Matías. Donde aún quedaba algo de mí.
Marcos no lo dudó. Me acompañó. No dijo nada al ver el estado del edificio. Solo me siguió, silencioso, hasta el tercer piso, hasta que abrí la puerta con manos temblorosas.
—¿Quieres pasar? —pregunté, insegura.
Él asintió. Cerré la puerta tras nosotros. Y en cuanto lo hice, sentí que el aire cambiaba. Que algo estaba a punto de suceder.
Me quedé de pie, junto a la pared, sintiendo su mirada en mi espalda. Me giré lentamente. Y ahí estaba él, de pie en medio de mi sala raída, sin corbata, con la camisa empapada todavía pegada al cuerpo.
Nuestros ojos se encontraron. Ninguno dijo una palabra.
Y entonces lo supe.
Ya no podía seguir conteniéndome.
Me acerqué a él con pasos lentos, como si algo dentro de mí estuviera guiándome. Y cuando estuve lo suficientemente cerca, levanté la mano y le toqué el pecho. Su corazón latía con fuerza. El mío también.
—Gracias —murmuré—. Por no dejarme caer.
Él me tomó la mano, suave. Su mirada se volvió más oscura, más profunda.
—Isabella… si me detienes ahora, me iré sin mirar atrás.
—No quiero que te vayas —susurré—. No esta noche.
Y entonces me besó.
Fue un beso lento al principio, cargado de duda, de emoción contenida, de historias no dichas. Pero luego, se volvió urgente, apasionado. Mi espalda chocó contra la pared mientras sus manos se aferraban a mi cintura, como si quisiera memorizar cada parte de mí.
Me acerqué a él, sintiendo una corriente invisible que me empujaba hacia ese hombre que me había cuidado sin pedírselo, que había vuelto a aparecer cuando todos se iban.
Mis manos temblaban cuando las posé sobre su pecho mojado por la lluvia.
—¿Por qué sigues aquí? —le pregunté con la voz cargada de emociones—. ¿Por qué insistes en ayudarme?
—Porque me importas —contestó él sin rodeos—. Porque desde que te vi supe que eras diferente. Y porque no voy a dejar que te derrumbes sola.
Sentí que el mundo se abría bajo mis pies. Que todas las barreras, los miedos, las heridas, se volvían transparentes frente a él.
Lo besé.
O quizás él me besó a mí. Ya no lo sé con certeza.
Nuestros labios se encontraron con un hambre antigua, con un deseo que no venía solo del cuerpo, sino del alma. Mis manos subieron por su nuca, enredándose en su cabello húmedo, mientras sus dedos se aferraban a mis caderas, como si temiera que desapareciera.
—Isabella… —murmuró contra mi boca, con la respiración entrecortada—. Si no quieres esto, dime ahora.
—Quiero todo contigo —le susurré al oído—. Pero no me pidas que sea lenta.
Su respuesta fue tomarme en brazos, como si fuera de cristal. Caminó hasta mi habitación, empujó la puerta con la espalda y me dejó sobre las sábanas con una delicadeza que me hizo temblar.
Se arrodilló frente a mí y comenzó a desabotonarme la blusa. Uno a uno, con calma, con sus ojos fijos en los míos. Cada botón caía como una armadura. Cada caricia era un descubrimiento.
Cuando su mano acarició mi piel desnuda, cerré los ojos.
—Eres hermosa —dijo.
—Estoy rota.
—Entonces déjame ayudarte a reconstruirte —respondió con voz baja, y comenzó a besarme el cuello, los hombros, la clavícula. Cada beso era una promesa. Cada respiración contra mi piel, una confesión.
Lo ayudé a quitarse la camisa. Su cuerpo era fuerte, cálido, marcado. Lo recorrí con las yemas de mis dedos, deseando memorizarlo. Bajé por su torso, besé cada rincón que se abría ante mí, sintiéndome viva otra vez.
Nos desnudamos sin vergüenza. No había miedo, solo necesidad.
Cuando finalmente me cubrió con su cuerpo, fue como si todo el dolor se disipara. Entró en mí con lentitud, observando mi rostro, cuidando cada movimiento, leyendo mis suspiros.
Gemí su nombre.
—No te sueltes —le rogué.
—Nunca.
Nos movimos al mismo ritmo, como si hubiéramos estado hechos para esto. Como si nuestros cuerpos se hubieran estado esperando por años. Mis piernas lo rodearon, mis uñas se clavaron en su espalda, y mi alma se aferró a él como a un salvavidas.
Cada embestida era más profunda, más intensa. Mi cuerpo temblaba debajo del suyo, pero no por debilidad… sino por todo lo que me hacía sentir.
—Isabella —susurraba entre jadeos—. Eres mi maldita debilidad.
Y yo lo era. Como él se estaba volviendo la mía.
Nos besamos como si se acabara el mundo. Lloré sin darme cuenta. Él me limpió las lágrimas con los labios.
—Te tengo —me dijo—. Yo te tengo.
El clímax nos envolvió como una ola que no avisa, como un incendio lento que de pronto se vuelve incontrolable. Grité su nombre. Me aferré a su cuello. Él se tensó, y se dejó ir conmigo, dentro de mí, conmigo… siempre conmigo.
Nos quedamos así, entrelazados, respirando el mismo aire, sin necesidad de palabras.
Y cuando finalmente el silencio volvió, y las sombras se acomodaron en la habitación, me acurruqué contra su pecho, escuchando su corazón.
—No quiero que esto sea solo una noche —susurré.
—No lo será —me prometió..
Y entonces hicimos el amor.
Sin prisa. Sin miedo. Con la urgencia de quien ha estado mucho tiempo en la oscuridad y, por fin, encuentra la luz. Cada caricia, cada suspiro, fue una promesa silenciosa de que aún había algo bueno en el mundo. Algo que merecía salvarse.
Y esa noche… fuimos eso el uno para el otro.
Salvación.
Desperté con la cabeza sobre su pecho, escuchando el ritmo calmo de su respiración. Afuera, el sol apenas comenzaba a colarse por la ventana.
No me moví.
No quise que terminara.
Porque en sus brazos, por primera vez en mucho tiempo, me sentí a salvo.
Y viva.