Una vida de lujos

843 Palabras
Apenas amanecía cuando escuché su voz, ronca, suave, apenas un murmullo junto a mi oído. —Te quiero invitar a un baile esta noche. Me giré lentamente, aún con las sábanas enredadas en las piernas, el cabello desordenado y la piel caliente por su cercanía. —¿Un baile? —fruncí el ceño—. ¿Estás hablando en serio? Asintió, con esa sonrisa ladeada que le salía cuando sabía que estaba proponiendo algo un poco absurdo. —No es el momento, lo sé. Pero justamente por eso. Necesitas distraerte. Necesitamos una noche fuera del caos. Lo miré, buscando señales de que bromeaba, pero no las encontré. Sus ojos estaban decididos, brillantes. El tipo de mirada que podía convencerme de lo que fuera. —Está bien —dije al fin—. Pero no tengo nada que ponerme. Él se rió. Se levantó, se puso la camisa sin abotonar y dijo con absoluta naturalidad: —Entonces iremos a buscar algo. --- Una hora más tarde, íbamos en su coche por una ruta que no conocía. Atravesamos calles que parecían olvidadas por la ciudad, hasta que se detuvo frente a un edificio de concreto, sin señalización alguna. —¿Aquí? —pregunté, arqueando una ceja. —Confía en mí. Entramos por una puerta lateral, bajamos unas escaleras oscuras y húmedas, hasta que, de pronto, las luces se encendieron y todo cambió. Lo que vi me dejó sin aliento. Era un subterráneo inmenso, decorado con luces de neón, columnas doradas y cristales. Un centro comercial clandestino, pero más elegante que cualquier boutique de lujo. Había vitrinas llenas de vestidos que parecía sacados de alfombras rojas, trajes de diseñador, joyas, perfumes únicos. —¿Qué es este lugar? —pregunté, fascinada. —Un secreto de pocos —respondió, guiñándome el ojo—. Lo maneja gente poderosa, para gente muy selecta. Pero tú ahora eres una de ellas. Nos detuvimos frente a una tienda con vitrinas de vidrio esmerilado y un letrero sin nombre. Apenas entramos, una mujer de unos cincuenta años, elegante y con una cinta de seda al cuello, se nos acercó con una reverencia casi teatral. —Señor Richardi. Qué placer tenerlo aquí. —Bonjour, Margot. Mi acompañante necesita todo. Vestido, zapatos, accesorios… Haz tu magia. Margot me miró con una mezcla de intriga y emoción. —Oh, pero qué belleza natural… Es como vestir a una joya sin pulir. —¿Eso es un halago? —le pregunté, divertida. —Es el mejor que sé dar —respondió ella, tomándome del brazo—. Ven, querida, vamos a ver qué estilo tienes escondido. Me arrastró entre percheros llenos de telas suaves como suspiros. Marcos se quedó detrás, observando con los brazos cruzados, con esa media sonrisa que me sacaba de quicio y me derretía a la vez. —¿Y este? —Margot sostenía un vestido rojo de terciopelo, ceñido al cuerpo, con una espalda descubierta y una abertura lateral que llegaba peligrosamente alto. —¿No es muy... atrevido? —Exactamente —sonrió, dándomelo. Probé al menos cinco vestidos. Algunos me hacían sentir poderosa. Otros, ridículamente incómoda. Pero cuando salí con un diseño color champán, de escote cruzado y falda fluida, supe que era el indicado porque Marcos se quedó sin palabras. —¿Qué opinas? —le pregunté, jugando con el dobladillo. Él me miró de arriba abajo, lento, detallado. Como si memorizara cada curva. —Opino que si vamos al baile con eso… nadie va a mirarme a mí. Reí. Margot aplaudió emocionada. —Perfecto. Ahora, unos stilettos dorados, un clutch discreto… y joyas, por supuesto. —Nada exagerado —dije rápidamente—. No quiero parecer una lámpara de cristales. —Querida, tú brillas sola —respondió Margot con una carcajada—. Esto es solo para realzar lo evidente. Mientras me ayudaba a probar accesorios, Marcos se acercó con dos copas de champagne. —¿Celebramos? —¿Qué estamos celebrando exactamente? —Que sobreviviste a una semana infernal —dijo, brindando—. Y que esta noche vas a recordar que también puedes ser feliz. Chocamos las copas. Bebí un sorbo, y sentí que algo dentro de mí se relajaba por primera vez en días. —Gracias por esto —le dije en voz baja—. Por pensar en mí. Por no dejarme caer. Él se inclinó, su mano rozando mi mejilla. —Isabella… tú no naciste para caer. Solo para elevarte. Y yo solo estoy aquí para recordártelo. Margot nos interrumpió con un par de brazaletes brillantes. —¿Qué opinan? ¿Oro rosa o blanco? —El que más combine con su aura —respondió Marcos sin dejar de mirarme. Margot suspiró como si estuviera presenciando una escena de película. —Dios mío, qué pareja tan fotogénica. Si yo tuviera veinte años menos... Reímos todos. Por un momento, entre vestidos, luces suaves y copas de burbujas doradas, olvidé el mundo exterior. El miedo. El caso Ortega. La traición. Solo estábamos él y yo. Y un vestido que parecía haber sido hecho para mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR