Nunca imaginé que terminaría en un centro comercial clandestino, rodeada de vitrinas brillantes y perfumes exquisitos, buscando qué ponerme para un baile con el mismísimo Marcos Richardi. Y sin embargo, allí estaba yo, embriagada por la atmósfera de elegancia, con copas de champagne en la mano y una modista de alta costura midiéndome con los ojos como si fuera una obra de arte en proceso.
Marcos revisaba algo en su teléfono, de pie a unos metros. Llevaba la chaqueta abierta, una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo la copa con una naturalidad peligrosa. Parecía una postal viva, de esas que ves en revistas de lujo.
Pero entonces, su teléfono sonó. Una melodía suave, elegante, pero insistente.
—¿Disculpas un momento? —me dijo con una sonrisa leve, y se alejó caminando con paso firme hacia una esquina discreta de la tienda.
Lo vi responder con el ceño fruncido, caminando de un lado al otro. Lo que fuera que hablaba parecía importante. Demasiado. Me mordí el labio, sintiéndome por un segundo una nota al pie en su mundo de negocios, de decisiones millonarias y enemigos invisibles.
Margot, la modista, se acercó sigilosa. Su perfume a violetas flotaba como un secreto.
—¿Quieres impresionar a tu chico? —preguntó en voz baja, con una sonrisa cómplice.
—¿Perdón?
—Acaba de llegarme un vestido que no estaba en el muestrario. Una pieza única, aún sin etiqueta. Alta costura, directo desde París. No necesitas probártelo, ya te vi, sé que te quedará como si lo hubieran cosido sobre tu piel.
Parpadeé, tentada, insegura.
—¿Y si no le gusta?
—Oh, créeme, querida. No se trata de que le guste… —Margot me guiñó un ojo—. Se trata de que no pueda apartar la mirada.
La miré, luego miré a Marcos al fondo, aún hablando por teléfono, de espaldas a nosotras.
—De acuerdo —susurré—. Vamos a hacerlo.
Margot me llevó detrás de un biombo con espejos dorados y cortinas de seda. El vestido estaba envuelto en papel n***o, con un lazo de cinta satinada. Lo desenvolvió con lentitud, como si descubriera una joya sagrada.
Era n***o, completamente. De seda líquida, con escote asimétrico y una espalda descubierta que bajaba hasta la cadera. Tenía un brillo tenue, casi misterioso. El tipo de vestido que no pide permiso, sino que exige atención.
—Esto es… —musité sin aliento.
—Es poder —dijo Margot.
Me ayudó a ponérmelo. Era suave, fresco, como si se fundiera con mi piel. Ella ajustó las cintas laterales y colocó unos broches invisibles. Me miré en el espejo. No era yo. O tal vez sí… Era la versión de mí que siempre quise ser. Segura. Fiera. Imposible de ignorar.
Cuando salí del probador, Marcos ya había terminado su llamada. Estaba en la caja, sacando su tarjeta de crédito negra. Me miró apenas, distraído, luego volvió a girarse y… se detuvo en seco. Dio un paso atrás, luego otro hacia mí.
Sus ojos lo dijeron todo.
—¿Es… el mismo vestido?
Margot se metió en medio, elegantemente.
—Un cambio de última hora, señor Richardi. Me tomé la libertad. Espero no moleste.
Él no dijo nada. Solo asintió lentamente, sin apartar los ojos de mí. Pagó sin mirar el precio. Como si el valor no importara. Como si, en ese instante, yo fuera lo único que valía algo.
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—Quiero que luzca como una diosa —le dijo a la peluquera apenas cruzamos el salón del subterráneo, una pequeña joya escondida entre tiendas de lujo.
La mujer, joven, pelirroja y de aspecto alternativo, me sonrió con los ojos brillantes.
—¿Tienes alguna idea en mente? —me preguntó, mientras me hacía sentar frente al gran espejo.
Miré mi reflejo. Mi cabello, largo, oscuro, todavía húmedo de la ducha matutina, caía sobre mis hombros como una promesa desordenada.
—Nada muy elaborado —le dije—. Solo sécalo. Dale forma. Pero quiero mantener el largo y el color. Quiero seguir viéndome como yo… solo una versión mejorada.
Ella asintió con una sonrisa y comenzó a trabajar con precisión y cuidado. Sus dedos eran rápidos, ligeros. El aire tibio del secador acariciaba mi cuello, y el sonido era casi hipnótico. De vez en cuando, me miraba por el espejo.
—Tienes un cabello increíble —dijo de repente—. No muchas se atreven a no teñirse, a no tocar lo natural.
—Supongo que me gusta reconocerme cuando me miro.
—Eso es raro —comentó, alzando una ceja—. Y valiente.
Marcos se sentó detrás de mí, hojeando una revista sin mirar realmente nada. Pero podía sentir sus ojos cada vez que levantaba la vista. Cuando la peluquera terminó, me soltó el cabello con un gesto de artista.
Era yo… pero refinada, sutilmente poderosa. Como si cada hebra supiera que iba a un baile con el hombre más complicado y magnético del planeta.
—Wow —dijo Marcos cuando me miró directamente—. Solo… wow.
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Comimos en un pequeño restaurante dentro del mismo subterráneo, uno escondido tras una cortina de terciopelo azul. Servían sushi, platos tailandeses y vino italiano. Un menú imposible que, sin embargo, funcionaba. Como nosotros, pensé.
Conversamos de cosas triviales. De películas. De libros. De los bailes a los que él había ido y de lo que esperaba de esa noche. Por primera vez, Marcos Richardi no era el magnate distante. Era un hombre que sonreía sin presión. Que me pasaba un maki entre los palillos y me pedía que lo probara.
—¿No estás nerviosa? —me preguntó en un momento.
—¿Por el baile?
—Por todo.
Lo pensé.
—Sí. Pero también estoy emocionada. Hace mucho que no me sentía… viva.
—Entonces ya vale la pena.
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Al volver a casa, él se metió a bañar primero. Lo escuché tararear suavemente desde el pasillo. Mientras tanto, yo me quedé sentada en la cama, mirando la caja del vestido, ahora perfectamente envuelta de nuevo.
Me duché con lentitud, con mimo. Me perfumé, me hidraté la piel, me miré en el espejo desnuda. Y por primera vez en semanas, me sentí bella. Me sentí suficiente.
Él estaba en la sala, con un whisky en la mano, mirando su reloj. Llevaba un traje gris oscuro, perfectamente cortado, con corbata de seda negra. Su cabello, aún ligeramente húmedo, caía sobre su frente de forma rebelde.
Saqué el vestido. Lo deslicé por mi cuerpo. Ajusté los broches. Me puse los stilettos dorados, el clutch. Me miré una última vez. Era yo… y era otra.
Me acerqué a la puerta de la sala.
Tomé aire.
Y la abrí.
Su rostro lo dijo todo.
Marcos se quedó inmóvil. La copa tembló en su mano. Sus labios se entreabrieron apenas. Sus ojos se movieron lentamente por mi silueta, subiendo, bajando, deteniéndose en cada centímetro.
Y entonces… sonrió.
Pero aún no dijo nada.