Bailar con el

1959 Palabras
El auto n***o se deslizaba por la ciudad como un susurro elegante entre el caos nocturno. Las luces de los faros, los neones de los carteles, y las sombras proyectadas por los edificios parecían pintadas sobre los vidrios polarizados que nos protegían del mundo exterior. Íbamos sentados juntos, pero en silencio. Marcos llevaba el rostro ligeramente girado hacia la ventana, su perfil iluminado por las farolas que pasaban. Iba impecable. Traje a medida, corbata perfectamente anudada, una discreta fragancia que llenaba el ambiente con poder y misterio. Yo jugueteaba con los dedos sobre mis rodillas. El vestido de seda negra se aferraba a mi cuerpo como una segunda piel, y aunque me sentía más bella que nunca, el estómago se me anudaba cada vez que pensaba en la cantidad de personas que me verían. Que nos verían. —¿Estás bien? —preguntó de pronto, sin mirarme. —Sí. Bueno… no lo sé. Giró el rostro hacia mí, sus ojos oscuros examinándome con suavidad. —Vas a estar bien —dijo—. Créeme. Asentí, pero no logré decir nada. No era solo la gala. Era lo que representaba: estar junto a él, en su mundo, entre sus pares. Enfrentar a desconocidos con sonrisas afiladas y copas de champán carísimo. Y saber que, en ese universo, yo era la pieza que no encajaba. —Si alguien te hace una pregunta incómoda —añadió de pronto—, mírame. Con solo mirarme, sabré qué hacer. ¿De acuerdo? —¿Y si me tropiezo? —Te sostendré. —¿Y si me quedo muda? —Entonces hablaré por los dos. Sonreí, débilmente. Él me devolvió una sonrisa más firme, como si con eso pudiera protegerme de todo. —Gracias por traerme —murmuré. —No tienes idea de cuánto deseaba que estuvieras a mi lado esta noche. --- Al llegar, el auto frenó frente a una alfombra roja que parecía flotar sobre mármol pulido. Focos. Flashazos. Voces apresuradas. Una multitud de fotógrafos y periodistas nos esperaba como una jauría elegante. Marcos salió primero. Alto, sereno, acostumbrado. Dio la vuelta al auto y me ofreció su mano. Respiré hondo y la tomé. Apenas mis pies tocaron la alfombra, una luz blanca me cegó. —¡Señor Richardi! ¿Quién lo acompaña esta noche? —¿Es su nueva pareja? —¿Van a oficializar su relación? —¡Una sonrisa para Vogue, por favor! No respondimos. Solo caminamos. Él con paso firme, yo colgada de su brazo como una extensión suya. Sentía las cámaras como cuchillos y a la vez, algo dentro de mí se erguía. No iba a huir. No iba a esconderme. Llegamos a la entrada principal del gran salón. Puertas de cristal, columnas de mármol, cortinas de terciopelo color vino. Todo parecía sacado de una película. —¿Lista? —susurró junto a mi oído. —Lo intentaré. --- Adentro, el ambiente era aún más intimidante. Candelabros que parecían galaxias doradas. Vestidos de diseñador, joyas como constelaciones, conversaciones en voz baja que hablaban de dinero, política y poder. Marcos saludaba a todos con naturalidad. A algunos les estrechaba la mano. A otros los abrazaba brevemente. Todos lo respetaban. Lo buscaban. Lo querían cerca. Y yo estaba a su lado, sonriendo con cortesía, asintiendo en silencio. —¿Es usted la señorita de la que tanto se habla últimamente? —preguntó una mujer de cabello plateado, envuelta en un vestido esmeralda. —No sabía que se hablaba de mí —respondí, incómoda. —Oh, querida… en este círculo, se habla de todo. Marcos intervino enseguida. —Ella es especial. Por eso la traje. La mujer me miró con renovado interés, como si acabara de encontrar una joya perdida en la arena. Me sonrió con una mezcla de aprobación y amenaza, y se alejó. Luego vino un banquero. Luego un diseñador. Luego una ministra. Todos querían saludar a Marcos. Y todos me estudiaban con una sonrisa amable que olía a juicio. Me perdí en sus conversaciones. En sus términos. En sus códigos. Me limité a observar, a escuchar. A sobrevivir. Pero entonces… la música comenzó. Un cuarteto de cuerdas en vivo empezó a tocar una melodía clásica y profunda. Las parejas comenzaron a moverse hacia la pista. —Es hora —dijo Marcos, mirándome. —¿Hora de qué? —De bailar. Me paralicé. —Yo… no sé. Marcos, no sé bailar. Él me miró fijamente, sin moverse. —Yo te ayudaré. —No, no quiero hacer el ridículo. No sabría cómo… Se acercó más y bajó la voz. —Confía en mí. Solo esta vez. Tragué saliva. Asentí, temblando. Tomó mi mano y me llevó al centro de la pista. Todos se acomodaban. Las luces bajaron. El foco central iluminó el suelo de mármol y reflejó el brillo de los vestidos. Me sentía en una película… una escena de la que no sabía el guion. —No te muevas —me susurró. —¿Qué? Antes de que pudiera preguntar, me levantó ligeramente y colocó mis pies sobre los suyos. Literalmente. Mis tacones sobre sus zapatos lustrados. —¿Qué haces? —Haciendo magia —susurró. Y comenzó a girar. --- Al principio fue extraño. Mis pies quietos, los suyos moviéndose con elegancia, llevándome con él. Sus manos en mi cintura, sus ojos en los míos. El resto del mundo desapareció. Solo éramos nosotros, flotando al ritmo de un violín melancólico. —¿Ves? No es tan difícil —dijo. —Estás cargando conmigo. —Y lo haría mil veces. Sonreí, más relajada. Él me apretó un poco más. —Confía en mí, Isabella —murmuró—. No voy a dejarte caer. Mis manos encontraron su cuello. Mi frente rozó la suya. La música nos envolvía. Girábamos como si nadie más existiera. Y por un momento, me sentí en casa. —Gracias —susurré. —¿Por qué? —Por no soltarme. Él no dijo nada. Pero la forma en la que sus dedos se aferraron a mi cintura fue respuesta suficiente. --- Cuando terminó la pieza, los aplausos llenaron el salón. Bajé de sus pies con cuidado, y él me sostuvo hasta que recuperé el equilibrio. Mis mejillas ardían, y sus ojos brillaban. —Ahora sí, has bailado —dijo. —No… tú bailaste por mí. —No. Bailamos juntos. Como debe ser. Me reí en voz baja. —Esto es irreal. —Y apenas está comenzando. Todo parecía perfecto. Después del baile, la noche continuó deslizándose con esa elegancia absurda que solo los eventos de alto perfil pueden tener. Marcos no se despegaba de mí. Cada vez que alguien se acercaba, él me tomaba de la mano, como si quisiera recordarme que seguía allí, que no me perdiera. Y yo… yo flotaba entre su presencia y el eco de nuestros pasos sobre el mármol. —¿Quieres una copa más? —me preguntó al oído, cuando me vio acariciar distraída la base de la copa vacía. —No. Estoy bien —sonreí—. Demasiado bien, tal vez. —Te ves perfecta. Sus palabras eran como un susurro de terciopelo. Todo en él parecía diseñado para desarmarme. Y entonces… todo cambió. —¡Marcos! —La voz femenina rompió la armonía como un cristal que se hace trizas. Ambos giramos. Ella caminaba hacia nosotros con una sonrisa amplia, perfectamente maquillada, como si cada pestañeo suyo estuviera calculado para captar la atención. El vestido ceñido, rojo intenso, resaltaba su figura. Alta, segura. Peligrosamente segura. —¡Cuánto tiempo! —exclamó ella, lanzándose a abrazarlo. Marcos respondió con un gesto afectuoso, quizás más efusivo de lo habitual. —Dios… estás igual —dijo ella, riendo—. O mejor. Como si los años te pasaran acariciando. —Greta, qué gusto verte —respondió él, sonriendo de verdad. Greta. La famosa periodista de espectáculos. La que siempre aparecía en televisión con escotes pronunciados y preguntas filosas. Había leído cosas sobre ella. También había visto fotos suyas con Marcos. Pasado. Supuestamente. Pero ella no me miró. Ni una vez. Siguió hablándole, colocándole una mano en el brazo con demasiada confianza. Hablaban de una entrevista en París, de un viaje a Roma, de una cena que habían compartido con un productor. —¿Te acuerdas cómo terminó esa noche? —preguntó ella, con una risa que no me gustó. —No tan bien, si mal no recuerdo —respondió él. —Depende de para quién —dijo ella, bajando la voz. Yo estaba a su lado. Invisible. Hasta que Marcos pareció recordarlo todo. —Ah, perdón. Greta, te presento a Isabella. Ella me miró por primera vez. Su sonrisa se volvió plástica. Me ofreció una mano que no transmitía ni calidez ni respeto. —Encantada —dijo—. No sabía que Marcos tenía… compañía esta noche. —Y yo no sabía que los periodistas estaban invitados a galas privadas —respondí, sin poder evitarlo. Su sonrisa se tensó. —Siempre hay espacio para una cara conocida —dijo, ladeando la cabeza. —O para alguien que quiere seguir siendo relevante —contesté, con amabilidad forzada. —Bueno, bueno —intervino Marcos, divertido y algo incómodo—. No peleen. El mundo ya es bastante hostil. Ella soltó una risa suave, mientras me medía de pies a cabeza. —No te preocupes, cielo. Yo solo me divierto. No soy competencia para nadie. No respondí. No era necesario. Marcos fue llamado por un ejecutivo al otro lado del salón. Él me miró, indeciso. —¿Te molesta si me ausento unos minutos? —Claro que no —mentí. Y se fue. Y como un buitre esperando el momento exacto, Greta giró hacia mí. —¿Desde hace cuánto estás con él? —preguntó. —No creo que eso sea de tu incumbencia. —Oh, no lo tomes a mal. Solo me intriga. Marcos es un hombre complicado. —Lo imagino. Pero no es tan complicado como parece. Ella sonrió con los labios. No con los ojos. —Te advierto algo, Isabella —dijo bajando la voz—. Él puede ser encantador, protector, dulce… hasta que deja de serlo. Porque al final del día, no importa con quién esté, siempre termina volviendo a mí. Como un hábito. La miré con frialdad. El estómago se me cerró. —¿Y sabes qué es lo más triste de lo que acabas de decir? —¿Qué? —Que suenas como alguien que aún espera algo que ya no existe. Ella enmudeció. Y fue mi turno de marcharme. --- Lo vi desde lejos. Marcos y Greta otra vez. Ella reía. Se inclinaba demasiado. Él no parecía molesto. Incluso… parecía cómodo. Quizás no se daba cuenta. O quizás sí. Pero yo no tenía intención de quedarme a averiguarlo. Tomé mi teléfono y le envié un mensaje. “Estoy cansada. Quiero irme. Pero no a tu apartamento. Quiero ir a casa. A la mía.” Pasaron minutos eternos hasta que él lo leyó. Me buscó con la mirada. Me encontró. Nos miramos. Y entonces empezó a caminar hacia mí. --- —¿Estás bien? —preguntó al llegar, con la frente ligeramente fruncida. —Sí. Solo… me siento fuera de lugar. Necesito irme. A casa. —Pensé que ibas a quedarte conmigo esta noche. —Yo también lo pensé. Pero cambió. Algo cambió. Me sostuvo la mirada. Sus ojos buscaron respuestas en los míos. —¿Es por Greta? No respondí. —Isabella… —No hagas esto más incómodo. Solo… acompáñame a buscar mi abrigo, por favor. Suspiró. Y asintió. El auto volvió a moverse por las calles, esta vez en silencio. No hablamos. No era necesario. Había una distancia nueva. Un hueco. Y no sabía si Marcos lo había sentido también. Pero yo sí. Y dolía.
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