El Baile El auto que dejó a Vicente frente al club de beneficencia desapareció tan pronto como él cerró la puerta. El aire estaba helado, cargado de humo de cigarros finos y del perfume dulce que dejaban las mujeres de la élite al pasar sobre la alfombra roja. Luces amarillas iluminaban la entrada del salón, reflejándose en los ventanales altos como espejos. La música clásica escapaba hacia el exterior, tan cristalina que parecía flotar sobre la calle. Vicente respiró hondo. Su corazón latía demasiado rápido. Habían pasado meses. Meses de tormento. Meses buscando pistas, cartas, cualquier luz que lo guiara a Catalina. Y ahora, en este baile, había una posibilidad mínima —pero real— de que estuviera cerca. Cuando avanzó hacia la puerta principal, el guardia lo miró como quien ve a

