Capitulo 7

2339 Palabras
Astrid Estaba nerviosa. Ansiosa. Y todo empeoró después de la llamada de Vladimir. Su voz seguía resonando en mi mente, como un eco persistente que no podía apagar. No importaba lo que hiciera: revisar mis pasos frente al espejo, intentar concentrarme en la rutina, hablar con mis compañeras… él seguía ahí, en algún rincón de mis pensamientos. No lo había visto en la academia. Ni el lunes, ni el martes. Había esperado, tal vez sin querer admitirlo, cruzármelo en los pasillos, sentir su mirada, aunque fuera de reojo. Pero nada. Y hoy era miércoles, el día en que anunciarían los resultados de las audiciones. Quizás estaría ahí. Quizás no. El simple hecho de no saberlo me descomponía. Tenía este temblor leve pero persistente en las manos y una presión en el pecho que parecía no querer aflojar, un latido acelerado que no tenía lógica. Respiré hondo. Una vez mientras me ponía las zapatillas, ajustándolas con más fuerza de la necesaria. Otra, al recogerme el cabello en un moño alto, tan tirante que me dolió el cuero cabelludo. Quería que ese dolor físico desplazara lo que sentía dentro. Pero no lo logró. Me repetí en silencio que todo esto era por las audiciones. Por lo que estaba en juego. Por lo que había soñado durante años. Era lógico estar así, ¿no? No era por él. No era por la posibilidad de verlo de nuevo. No por ese momento que aún no se había dado, pero que mi cuerpo parecía anticipar con cada célula. Mentirme era cada vez más difícil. Negué con la cabeza, como si ese gesto pudiera disipar la neblina de pensamientos que me envolvía. Tenía que dejar de pensar en él. En su voz, en cómo se había colado en mi mente desde aquella maldita tarde en que chocamos en el hall de entrada. Él era mi director. Era un imposible. Inspiré hondo, clavando la mirada al frente mientras salía del vestuario con pasos firmes, casi ensayados, rumbo al salón donde tendríamos nuestra primera clase del día con la profesora Arnaud. Al entrar, la mayoría de las chicas ya estaban allí, estirando, charlando en voz baja, revisando sus reflejos en los espejos. El ambiente estaba cargado de expectativa. Solo faltaba Helena. Y no tardó en aparecer, irrumpiendo en el salón como una ráfaga. Llegó casi cinco minutos tarde, con la respiración agitada, las mejillas encendidas y el moño deshecho. Al borde de quedarse fuera. Aquí la puntualidad no se negocia. Medio minuto tarde y te dejan en la puerta. —Me quedé dormida y el tráfico estaba terrible— murmuró entre jadeos, mientras intentaba recoger su cabello rubio en algo que se pareciera a un peinado. Sus mechones estaban por todas partes. —Te ves terrible— me burlé, sin poder evitar sonreír. Resopló y me lanzó una mirada divertida. —Créeme, este aspecto valió totalmente la pena— dijo con una risita baja que apenas disimuló el cansancio en su voz. Pero entonces, la voz de la profesora Arnaud cortó el aire con la precisión de una cuchilla. —Señoritas. El murmullo se extinguió al instante y todas adoptamos posición: espalda recta, mentón alto, manos relajadas a los costados. Nuestra mejor postura. Fue entonces cuando lo vi. Él. Vladimir. Entró justo detrás de la profesora, y por un segundo, todo lo demás desapareció. La luz de la mañana que se colaba por los ventanales pareció enfocarlo solo a él, como si el universo decidiera destacarlo aún más de lo que ya lo hacía por sí solo. Imponente. Serio. Perfectamente contenido en ese traje oscuro que parecía hecho a medida de su cuerpo. Una sombra elegante, un relámpago de autoridad. No saludó. No sonrió. No me miró. Ni una sola vez. Se paró junto a la profesora Arnaud como si ese fuera siempre su lugar, como si su presencia no alterara el aire mismo de la sala. Pero lo hizo. Me removí en mi sitio, incómoda. No sabía si era por el temblor que regresaba a mis dedos o por el calor que de pronto me subió por la nuca. Su indiferencia picaba más que cualquier mirada. Y aún así, no podía apartar los ojos de él. —Después de una larga selección en la que hemos evaluado cuidadosamente a todas y todos— comenzó la profesora Arnaud con su tono severo pero ceremonioso—, hemos decidido finalmente los papeles para la obra. Hizo una pausa, y el aire se volvió espeso, expectante. —El cuerpo de baile constará de dieciocho bailarinas y doce bailarines. En su mayoría, serán seleccionados del primer y segundo año. Roschild, Verguer, Bremer, López, Trachenbert, Murphy, Bennett y Fitzpatrick serán las ocho principales. A mi lado, algunas de las chicas intercambiaron miradas emocionadas. Contuve el aliento. Hasta ahora, nada que no pudiera predecirse. —Julián, serás el príncipe Sigfredo— continuó Vladimir con voz firme, desde un rincón de la sala. Me giré apenas. Ahí estaba. Erguido, con las manos cruzadas detrás de la espalda, impasible. Su presencia bastaba para robar el aire de la habitación. —Alex, serás Rothbart— añadió, y se oyeron algunos murmullos entre los chicos. Entonces llegó el momento. —En cuanto a nuestra Odette-Odile... Mi corazón se disparó. Miro a mi costado. Isabela ya tiene una sonrisa ancha, brillante, que parece engullirle la cara. Como si el mundo le perteneciera. Y yo… yo ya me preparo para aplaudir, para fingir que no duele, que nunca esperé que fuera de otro modo. —Hemos elegido a Astrid. Por un instante, no entiendo. El sonido del salón se desvanece como si alguien apretara un botón. Todo se vuelve silencio. Astrid. ¿Dijeron mi nombre? ¿Astrid? No puedo procesarlo. No hasta que Helena me abraza como un torbellino, sus brazos alrededor de mi cuello, su voz exclamando algo que ni siquiera logro distinguir. Solo entonces me doy cuenta de que los aplausos han comenzado. Que están celebrando. ¿En serio dijeron Astrid? Miro al frente, como guiada por un impulso, y lo veo. A él. A Vladimir. Y ahí está. La curva leve de una sonrisa apenas perceptible en sus labios, tan efímera que podría haberla imaginado. Pero no. Estaba ahí. La vi. Lo vi. Y luego se esfuma. —Espero que sepas, Astrid, la responsabilidad que conlleva el papel que interpretarás— dice la profesora Arnaud, devolviéndome bruscamente al presente. Asiento, aún en shock, con los músculos tensos y el pecho agitado. —Tus ensayos comenzarán mañana. Se aplicarán sesiones dobles, por la mañana y por la tarde— la voz de Arnaud no admite discusión. —Isabela— continúa—, tú también formarás parte del cuerpo principal junto a tus compañeras. Serás la segunda protagonista en caso de que Astrid no pueda continuar. El golpe seco del ego herido se hace visible en el rostro de Isabela. —Por supuesto— responde, pero cada palabra lleva el filo de una daga. Su sonrisa desapareció por completo. —Habiendo dicho esto— interviene Vladimir nuevamente, su tono más cortante ahora—, estrenaremos en tres meses. Está de más decir que nuestra presentación no puede ser menos que perfecta. Tendremos un arduo camino por delante. Pero han sido elegidos cada uno de ustedes por una razón. No nos hagan arrepentirnos. Sus ojos pasan por todos... menos por mí. Y sin añadir nada más, se da media vuelta y se marcha, con esa autoridad natural que hace que todos contengan la respiración hasta que desaparece. —¡A sus posiciones! — ordena la profesora Arnaud, y el salón vuelve a moverse, a respirar, a estirarse. Pero yo no. Mi cuerpo sigue quieto. Mis zapatillas parecen pegadas al suelo. Y mi corazón, ese traidor, late con tanta fuerza que juro poder escucharlo entre los ecos del salón. Había sido elegida. Y, sin embargo, no podía dejar de pensar que ese papel, ese aplauso, ese momento… no se comparaban en nada con la sensación que me dejó una sola mirada —o la falta de ella— de Vladimir. Corría. El ensayo había terminado hacía quince minutos, pero me había demorado guardando mis cosas, y ahora iba tarde a la revisión de peso y a que me tomen las medidas. Giré la esquina del pasillo principal sin mirar, como un torbellino de piernas cansadas, moño suelto y respiración entrecortada. Y entonces, lo sentí. El impacto. El cuerpo contra otro cuerpo. El aire escapando de mis pulmones. —Ay... lo siento, yo... — empecé a decir, mientras retrocedía un paso, con la mano en el pecho. Y lo vi. Otra vez él. Otra vez él. Vladimir. Su ceño fruncido, sus labios entreabiertos por la sorpresa. Llevaba una carpeta en una mano, y su otra mano —su mano libre— ahora estaba en mi brazo, como si hubiera evitado que me cayera. Otra vez chocando. Exactamente como la primera vez que nos vimos. —¿Astrid? — su voz fue apenas un susurro, como si mi nombre no terminara de encajarle en los labios. —Perdón— dije, bajando la mirada. Me ardían las mejillas, y no por la carrera. —¿Por qué corres así? — preguntó, aún sin soltarme. —Tenía una reunión... no vi por dónde iba. —Esto parece costumbre ya— dijo con un tono bajo, casi imperceptible. Y sí, lo recordaba. Yo también. Alcé la mirada. Y me encontré con sus ojos. Azul oscuro. Intensos. Tan cerca que sentía su respiración golpearme la frente. Él tampoco se apartaba. No retrocedía. Mi corazón latía con una violencia absurda. —Felicidades— murmuró, finalmente—. Lo has hecho bien. Has trabajado duro para llegar aquí. Su elogio me cayó encima como una descarga eléctrica. No era la primera vez que me lo decía, y su voz no sonaba profesional. No del todo. —Gracias— susurré. Me obligué a no mirar su boca. Su mirada bajó, rápida, a la mía. Por un segundo, ninguno de los dos habló. Ni se movió. Era como si el pasillo se hubiera cerrado a nuestro alrededor. —¿Te das cuenta de lo que implica el papel? — preguntó de pronto, su tono endurecido. Asentí, despacio. —Sí. Lo sé. No pienso desaprovecharlo. Pareció medirme con la mirada, como si buscara algo en mi rostro. Algo que necesitara confirmar. —Tienes talento, Astrid. Pero el talento no basta si no puedes dominar lo que te domina. Lo miré, confundida. —¿Qué...? —La escena de Odile. El segundo acto en tu audición. En tu rostro, se notaba más miedo que seducción. No puedes interpretar a alguien segura de sí misma si tú no lo estás. Me mordí el labio. Lo había notado. Por supuesto que lo había notado. —Estoy trabajando en eso— dije, bajando la vista. Él dio un paso más cerca, y de repente su mano no solo estaba en mi brazo. Rozó mi barbilla, obligándome a levantar la cabeza. —No trabajes— dijo con voz baja, firme, clavando los ojos en mí como si pudiera desarmarme por completo—. Sé. Sé lo que quieres que el público vea, sé la sombra y la luz. No actúes. Convierte tu verdad en movimiento. Tragué saliva. Su cercanía, su tono, esa manera de pronunciar cada palabra como si esculpiera una parte de mí, me dejó sin aire. Quise decir algo, pero el nudo en mi garganta no me lo permitió. —Eres demasiado capaz de seducir, Astrid— añadió, esta vez más bajo, como si confesara algo que no debería—. Lo veo en tus ojos grises. Esa sensualidad natural que llevas sin darte cuenta... la forma en que entras a una habitación sin pedir permiso. Ese poder... no lo estás usando. Mi corazón golpeó fuerte contra mis costillas. No supe si agradecer o temer sus palabras. —No sabía que pensabas eso de mí— susurré, apenas audible. —No deberías saberlo— respondió, y esta vez su voz tenía una sombra peligrosa—. No debería decírtelo. Pero Odile lo necesita. Y tú también. —¿Yo también? — pregunté, con un hilo de voz. —Sí— afirmó, dando otro paso hacia mí. Ya no había espacio entre nosotros. Mi espalda chocó contra la pared del pasillo y él se detuvo justo frente a mí, sin tocarme—. Porque creo que piensas que debes reprimirlo. Tu deseo, tu ira. Tu hambre de ser vista. Y mientras lo hagas, bailarás con miedo. Mis ojos se nublaron. No por tristeza. Por vértigo. —No sé si puedo... — empecé a decir, pero él alzó una ceja. —Sí puedes. Lo haces todo el tiempo cuando crees que nadie está mirando. Sus palabras me atraparon, me dejaron desnuda. Porque entonces, él me había visto. De verdad visto. —¿Por qué me dice todo esto? — pregunté, la voz temblando más que mis manos. Vladimir me observó un segundo largo, intenso, como si buscara una respuesta en mí también. —Porque, aunque no debería, hay algo en ti que... — se interrumpió, cerrando la mandíbula con fuerza. Respiró hondo—. Porque serás Odette. Serás Odile. Y si no te lo digo yo, nadie más lo hará como debe decirse. Su mirada bajó por un instante a mis labios. Un segundo más. Un suspiro de distancia. Mi respiración se volvió inestable. Sus palabras, su cercanía, el tono de su voz... todo me atravesaba. No sabía si quería salir corriendo o acercarme más. Él lo notó. Y entonces, se apartó. Tan rápido como había llegado. —Esto no puede pasar de nuevo— dijo, más para él que para mí. —¿El qué? —Esto— repitió, sin mirarme—. Tú corriendo, yo sosteniéndote. El tiempo deteniéndose. Y se fue. Dejándome ahí, en medio del pasillo. Con el pulso acelerado, y la espalda aún contra la pared. Temblando, como la primera vez. Pero ahora, el temblor era distinto. No venía de la sorpresa. Venía del deseo. Y del peligro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR