Astrid
Quería contarle a mi familia la noticia de las audiciones cuando llegara a casa, con mis palabras, con la emoción aún vibrando en mi pecho. Había imaginado el momento mil veces: mamá dejando lo que estuviera haciendo y abrazándome con fuerza, papá sonriendo con ese orgullo tranquilo que a veces no necesita palabras.
Pero Helena se me adelantó.
Subió a su i********: una foto mía en pleno ensayo, con el rostro concentrado y los brazos extendidos como si de verdad pudiera volar. El epígrafe decía:
“La mejor bailarina del mundo conquistó el protagónico de sus sueños.”
Y claro, Adele lo vio en cuestión de segundos. Porque mi hermana menor, lo ve todo. Lo compartió en sus historias, etiquetando a mamá. Y entonces fue cuestión de minutos hasta que recibí dos mensajes, uno de cada uno de mis padres:
Mamá [19:35]: ¡Felicitaciones, amor! Estamos tan orgullosos de ti. Esta noche se festeja. No hagas planes para cenar.
Mamá [19:35]: Y por supuesto, invita a Helena también.
Lo siguiente fue Helena sonriendo con esa expresión triunfal de quien sabe que ha hecho lo correcto —aunque se haya saltado tu plan cuidadosamente guardado— y diciendo con voz cantarina:
— ¿Viste? Tenía que hacerlo. Tu mamá va a cocinar, ¿cómo no iba a ir? Estoy ayunando desde el almuerzo.
Ahora, es ella la que prácticamente me arrastra a mi propia casa, emocionada como si el protagónico lo hubiera conseguido ella. Y en parte, supongo que sí lo consiguió conmigo. Después de todo, nadie me empujó con tanta fe como lo hizo Helena cuando ni yo estaba segura de poder lograrlo.
Mientras caminamos, la ciudad parece otra. Más liviana. Como si el aire estuviera cargado de una alegría silenciosa, como si las luces titilaran un poco más cálidas esta noche, celebrando conmigo. Todo parece brillar un poco más, como si el mundo —por una vez— estuviera en sintonía con lo que siento por dentro.
Voy a casa a celebrar con los míos. A permitirme por fin respirar hondo, relajar los músculos tensos por la ansiedad y dejarme abrazar por lo familiar. A disfrutar sin pensar en lo que vendrá mañana.
Intento —con cada paso— que el recuerdo de Vladimir se disuelva lentamente. Que su voz, sus palabras susurradas tan cerca de mi oído, su presencia demasiado real, demasiado intensa, dejen de aferrarse a mi piel como si fueran parte de mí. No quiero llevarlo conmigo esta noche.
No quiero que su sombra empañe lo que debería ser solo luz.
Quiero que hoy me pertenezca por completo. A mí, a los míos, a este sueño cumplido.
Cuando llegamos, la puerta de casa se abre antes de que siquiera pueda sacar la llave del bolsillo. El olor a pan recién horneado y salsa casera me envuelve como una manta cálida, y por un segundo, me olvido de todo lo demás.
—¡Ahí está nuestra estrella! —grita mamá desde el comedor, asomando la cabeza con el delantal todavía puesto y las mejillas coloradas de tanto ir y venir de la cocina.
Helena se adelanta con una sonrisa cómplice y me empuja con suavidad para que entre del todo.
Y entonces lo veo.
En el living, colgado justo sobre el arco que separa los dos ambientes, hay un cartel hecho a mano que dice:
“¡FELICIDADES, BAILARINA!”
Las letras están hechas con brillantina dorada, y hay pequeñas siluetas de zapatillas de ballet pegadas alrededor, algunas mal recortadas —claramente obra de papá—, otras con más precisión, probablemente de tía Anna.
Me quedo quieta un segundo, como si mis pies no pudieran dar el siguiente paso.
—¿Te gusta? — pregunta papá desde el sillón, levantándose con una sonrisa que le ilumina la cara. Lleva en la mano una copa de vino que apenas ha probado, y me mira como si no pudiera creer que soy la misma chica que hasta hace unos meses ensayaba horas en la sala del fondo.
—¿Me gusta? — repito con la voz temblorosa, sintiendo que la garganta se me cierra. Me llevo una mano al pecho, y de pronto estoy abrazando a mamá, que ya se acercó con los ojos húmedos y la sonrisa más orgullosa del mundo—. Es hermoso.
—Sabíamos que lo ibas a lograr— susurra ella en mi oído—. Siempre lo supimos.
Detrás de ella, aparecen tía Anna y tío Bastián, cargando una bandeja enorme de canapés y una botella de champagne, como si estuviéramos en Navidad.
—¡Nuestra sobrina en el protagónico! — dice tía Anna, dejando la bandeja sobre la mesa—. No todos los días se celebra algo así. Nos turnamos con tu mamá para hacer el cartel, por cierto. Si alguna letra está torcida… fue cosa mía.
—Mentira— agrega Bastián—, fui yo. Pero el corazón está derecho, ¿o no?
Ríen todos, y Helena aplaude como si estuviera en primera fila de una función, mientras yo intento contener las lágrimas.
Y por primera vez desde que recibí la noticia, me permito sentirlo de verdad. El alivio. La felicidad. La certeza de que, al menos por hoy, estoy exactamente donde quiero estar.
Rodeada de quienes me conocen desde siempre. De quienes creyeron en mí antes que yo misma. En casa.
La mesa está puesta con ese desorden encantador que solo sucede en las cenas familiares: platos desparejados, copas mezcladas, una fuente de lasaña en el centro humeando con promesas, y una ensalada que nadie va a tocar demasiado. Helena ya se sirvió dos platos y me mira con los ojos brillantes, como si todo esto también fuera suyo.
Papá descorcha una botella de vino con ceremonia exagerada, mientras tío Bastián saca otra botella de champagne del freezer y anuncia con voz solemne:
—Esta cena es patrimonio emocional. No se aceptan dietas, restricciones ni porciones pequeñas.
Nos reímos todos, incluso mamá, que últimamente suele ser la primera en cuidar los excesos. Pero esta noche no hay espacio para limitaciones. Esta noche es para celebrar.
—A ver, cuéntanos todo— dice tía Anna, apoyando los codos en la mesa y mirándome como si necesitara pruebas concretas de que no lo soñó—. ¿Cómo fue? ¿Cuándo te enteraste? ¿Quién te lo dijo?
Los ojos de todos están fijos en mí. Mamá me sonríe con ternura desde el otro extremo, Adele espera con la cabeza ladeada, papá permanece en silencio, pero su mirada atenta lo dice todo. Helena ya se lo sabe de memoria, pero igual está expectante, porque así es ella: siempre quiere escucharme decirlo en voz alta, como si al hacerlo el sueño tomara más forma.
Me acomodo en la silla y respiro hondo.
—Fue esta mañana— empiezo, sintiendo cómo la sonrisa me sube desde el estómago—. Estábamos todas en el salón, esperando para comenzar la clase. Entonces, la profesora Arnaud entró... y venía acompañada por el director de la academia.
—Y está buenísimo— interrumpe Helena, con una sonrisa torcida.
Carraspeo y mamá se tapa la boca para no soltar una carcajada. Tía Anna ya está riéndose abiertamente. Papá, en cambio, arquea una ceja.
—¿Así de bueno? — pregunta Adele con una sonrisa pícara, y papá la fulmina con la mirada antes de que pueda seguir.
—Lo siento— dice ella, aunque su sonrisa no se borra.
—Yo también lo siento— agrega Helena entre risas, bajando la mirada.
—Como decía— continúo, tratando de reprimir la carcajada al ver a Helena sonrojada, algo que no ocurre muy seguido—. Empezaron a anunciar los cuerpos de baile, luego los protagonistas masculinos... y al final dijeron mi nombre. Me quedé en shock. Literalmente. No podía creer que me hayan elegido a mí.
—¿Y por qué no? — dice papá, con esa seriedad suave que solo usa cuando me quiere cuidar—. Tienes mucho talento, Astrid.
—Porque cortaron su audición— agrega Helena, hablando con la boca llena. Cierro los ojos, derrotada.
—¿Qué? —salta papá—. ¿Por qué hicieron eso?
—Fue el director— digo, bajando un poco la voz. Con el recuerdo golpeándome de lleno.
—¿Y quién es ese tal director?
—Vladimir Romanov— respondo. Y enseguida, los ojos de mamá se agrandan como platos.
—¿Lo conoces? — pregunta papá, mirándola enseguida.
—¿Conocerlo? — mamá suspira y se acomoda el cabello detrás de la oreja—. Es considerado el mejor bailarín de su generación. Un prodigio. Vi una de sus funciones en videos porque se retiró muy joven de la danza... me dejó sin palabras. Tenía algo... especial.
—Y Astrid lo deslumbró— interviene Helena con tono solemne, casi teatral, y se inclina hacia mí—. Cortó su audición y aun así le dio el protagónico. Así de buena es nuestra chica.
Me sonrojo. Mamá me sonríe, pero es una sonrisa emocionada, y papá... papá no dice nada. Me mira en silencio, con esa expresión que mezcla orgullo con una pizca de inquietud. Lo conozco demasiado bien como para no notar que algo en ese nombre, en esa historia, lo dejó pensando.
—¿Y qué hiciste? — pregunta mamá con la voz temblorosa, y los ojos ya cargados de lágrimas.
—Nada— respondo, riéndome con cierta vergüenza—. Me quedé ahí parada, muda. Como una tonta. Después fui al baño... y lloré.
—Y después yo le robé una foto y la subí a i********:— agrega Helena, levantando la copa de gaseosa como si brindara por su crimen—. Y de nada por arruinarte el momento sorpresa.
—Eres insoportable —le digo, aunque le agarro la mano por debajo de la mesa. Ella la aprieta. Gracias, le digo en silencio.
Papá se aclara la garganta y se pone de pie con la copa de vino en alto.
—Brindemos— dice, y su voz resuena con una calidez que me desarma—. Por ti, mi princesa. Por tu talento, tu esfuerzo, y por todos los sueños que todavía te esperan. Pero este... este ya es tuyo. Y es apenas el comienzo.
—¡Salud! — responde la mesa al unísono, y el sonido de las copas chocando entre risas llena el comedor.
La cena continúa con el bullicio alegre de quienes se sienten parte de algo grande. La lasaña apenas sobrevive, y el champagne se sirve más de una vez. Tío Bastián aprovecha la ocasión para contar viejas anécdotas: de cuando bailaba sobre la mesa disfrazada de hada, de la vez que me quise escapar del jardín de infantes haciendo un pas de chat torcido, de cómo ponía música clásica en la tele y giraba hasta marearme.
—¡Y lloraba cuando no le salía el plié! — agrega mamá, entre risas, acariciándome la mano con cariño.
Y mientras escucho sus voces, los recuerdos, las carcajadas, me doy cuenta de algo: por primera vez en mucho tiempo, estoy completamente presente. No hay expectativas, ni presión, ni temor, solo este momento.
Este calor.
Este amor.
Aunque hay una parte de mí que todavía guarda la tensión de la mirada de Vladimir, de sus palabras en ese pasillo, de la forma en que su cercanía me revolvió el alma... esa parte se va diluyendo. Su sombra no puede alcanzarme aquí.
La casa está en silencio. A lo lejos, todavía se escucha el sonido de los platos en la cocina y las risas apagadas de mamá y tía Anna mientras ordenan, pero mi habitación ya está sumida en penumbra. Las luces del exterior filtran un resplandor tenue por la ventana y la cama me envuelve con ese abrigo que solo se siente en casa.
Me acuesto de lado, aún con el maquillaje de la cena y el corazón lleno. Cierro los ojos.
Y entonces, la puerta se abre suavemente.
—¿Estás dormida? — susurra la voz profunda de papá.
—No. Pasa.
Camina en puntas de pie, como si el ruido pudiera romper el momento. Lleva una copa de vino en la mano y se sienta en el borde de mi cama. Me observa durante unos segundos, y su expresión está llena de cosas que no dice enseguida.
—Solo quería verte— murmura—. A solas. Antes de que termine este día. Porque... no todos los días mi hija se convierte en la protagonista del Lago de los Cisnes.
Me río bajito, y él me acaricia la cabeza con ternura.
—Gracias, papá.
—No, gracias a ti, princesa— responde, y noto cómo se le quiebra un poco la voz—. No sé en qué momento pasó, Astrid. En qué momento dejaste de ser esa nena que bailaba sobre mis pies en el medio de la sala, con una capa de toalla atada al cuello y coronas de plástico que se te caían a cada rato... para convertirte en esta mujer que brilla, que camina con fuerza, con propósito. Con tanta luz.
Lo miro y sus ojos están húmedos. También los míos.
—Estoy tan orgulloso de ti que me cuesta ponerlo en palabras— continúa—. Y tan... asombrado, porque lo vi. Vi cada paso, cada ensayo, cada frustración. Cada vez que te dolía el cuerpo y aun así no te rendías. Pero también vi el fuego. Esa llama que tienes adentro, que te empuja, que te hace diferente.
—Papá... — susurro, y él me toma la mano.
—Te amo tanto, Astrid. Más de lo que jamás vas a poder entender. Y te juro que no hay sueño tuyo que yo no vaya a apoyar. Ni obstáculo del que no te quiera proteger.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Él me acaricia la mejilla, como cuando era chica. Pero ahora, sus dedos tiemblan un poco.
—A veces me cuesta— admite, bajando la voz aún más—. Me cuesta aceptar que estás creciendo tan rápido. Que ya creciste de hecho. Que estás caminando tus propios pasos y que yo solo puedo mirar, aplaudir, y confiar.
—Pero sigo siendo tu pequeña princesa, ¿no?
Él ríe, y asiente.
—Siempre. Aunque seas una estrella en el escenario, aunque el mundo entero te mire. Para mí, vas a ser siempre esa bailarina de pies descalzos que me pedía que la levantara en el aire y gritaba “¡otra vez, otra vez!” después de cada giro.
Me inclino y apoyo la cabeza en su hombro.
—Gracias por todo, papá. Por creer en mí incluso cuando yo no lo hacía.
—No hace falta que me agradezcas nada. Eres mi hija. Amarte es la parte fácil de todo esto.
Nos quedamos así un rato, en ese silencio que no incomoda, sino que arropa. Después, él se inclina y me besa la frente.
—Duerme, princesa. Mañana el mundo sigue girando... pero hoy, hoy fuiste el centro.
Sonrío con los ojos cerrados mientras él se levanta. La puerta se cierra despacio.
Y ahora sí, puedo dormir.
Porque soy amada.
Porque estoy en casa.
Y porque este sueño, por fin, empezó a hacerse real… y es solo el comienzo.