Vladimir Aún es de noche. La habitación permanece en penumbras, apenas iluminada por la luz tenue que se cuela entre las cortinas. El silencio está cargado de calma, interrumpido solo por el ritmo suave de su respiración. Astrid duerme profundamente, ajena al caos que ha desatado en mí. Su espalda, desnuda y tibia contra mis sábanas, todavía guarda el eco de mis besos. Uno sobre su hombro, otro descendiendo por la curva de su columna, y luego... el resto fue un abandono dulce e inevitable. Me perdí entre sus piernas como un náufrago que, por fin, encuentra tierra firme. Ahora la miro, envuelto aún en ese desvelo tibio que deja el deseo satisfecho. Astrid, con su cuerpo envuelto en la sábana desordenada, con sus labios entreabiertos en un suspiro inconsciente y sus párpados a punto de a

