Capitulo 19

2520 Palabras
Astrid Su boca es implacable. Dominante. Hambrienta. Y yo no puedo pensar, no puedo respirar. Porque todo lo que aspiro, todo lo que me envuelve y consume, es él. Su aliento mezclado con el mío, su cuerpo encima del mío, pesado, urgente, devastador. Sus manos fuertes me sujetan la cintura como si pudiera quebrarme y al mismo tiempo como si temiera que me desvaneciera. Ardo. Cada centímetro de mi piel se incendia bajo su tacto. El deseo se expande como una llamarada incontrolable que no puedo —ni quiero— contener. Me estoy perdiendo. Y sé que, si sigo, si dejo que esto avance un paso más, ya no habrá vuelta atrás. Porque lo quiero. Lo quiero en todas partes. En mi piel, en mi boca, en mis huesos. Y al mismo tiempo… me aterra. Su mano sube con lentitud, como si le perteneciera el tiempo, delineando mi costado hasta rozar la curva de mi pecho. Se acomoda mejor entre mis piernas, y el mundo se detiene cuando siento su dureza presionando contra mí. Un gemido bajo, involuntario, se escapa de mis labios justo cuando él tira de mi labio inferior entre los suyos. Y entonces me mira. Dios, cómo me mira. Como si yo fuera lo único que existe. Como si estuviera al borde de desmoronarse, y al mismo tiempo, completamente en control. Sus ojos son un mar en tormenta, un tsunami a punto de arrasar con todo lo que soy. Nunca he visto nada tan hermoso. Tan brutal. Tan devastador… y tan imposible. —Astrid… — susurra, como si mi nombre pesara más que el aire entre nosotros. Y yo no respondo. Porque mi cuerpo ya lo hizo por mí. —¿Quieres seguir? — me pregunta, su voz ronca, baja, con un filo que me atraviesa. No puedo hablar, solo asiento. Es un gesto mínimo, apenas un movimiento, pero él lo entiende. Y sin más, me alza del enorme sofá como si no pesara nada. Suelto un jadeo, y mis piernas se enroscan por instinto alrededor de su cintura. Siento la firmeza de su cuerpo sosteniéndome, la presión de sus manos sujetando mis muslos, y el calor… ese calor abrasador que emana de él y me traspasa como una fiebre. Mi respiración ya no me pertenece y mi corazón parece querer romperme el pecho. Vladimir camina hasta su habitación sin dejar de mirarme, sin despegar su cuerpo del mío, como si temiera que me escapara. O como si supiera que, si nos separamos ahora, algo se rompería para siempre. Me deja suavemente sobre su cama, pero antes de que pueda moverse, de que siquiera diga una palabra, yo ya estoy incorporándome. Mis dedos tiemblan apenas, pero los controlo. Me quito las botas, una a una, sin apartar los ojos de los suyos. Luego, de un solo movimiento, deslizo el vestido por mis hombros y lo dejo caer. El aire frío me envuelve, pero no se compara con el fuego que se enciende en su mirada. Estoy de pie frente a él, con nada más que mi ropa interior de encaje n***o, sintiéndome expuesta, temblorosa… y, de alguna forma, más segura de lo que jamás me sentí. No sé de dónde saco el valor. Quizás de cómo me mira. Con hambre, con deseo. Con algo más profundo que me desarma. —Tócame— le digo, apenas un susurro, apenas mi voz. Pero él la escucha. Lo sé por cómo sus ojos se oscurecen, por el leve espasmo de su mandíbula, por el silencio que se vuelve casi insoportable. Él da un paso hacia mí, lento, como si temiera quebrarme. Y cuando su mano finalmente toca mi cintura, casi me derrumbo. Es firme, pero delicado. Seguro, casi reverente. Como si estuviera tocando algo sagrado. Mis latidos se acumulan en mi garganta. Quiero decirle que tengo miedo, que nunca hice esto con un hombre. Que me tiemblan las piernas y me arde la piel. Pero no hace falta. Él lo sabe, lo siente. Sus dedos suben por mi costado, rozan mi espalda, se detienen justo donde comienza el broche del sostén. No me apura, no se impone. Solo me mira, y esa mirada es tan intensa que siento que me desnuda más que cualquier mano. Todo en él es dominio. Pero no uno que oprime, sino uno que guía, que cuida, que me hace sentir… segura. Deseada. Él inclina su rostro hacia el mío y me besa. No como antes, no con furia. Esta vez es lento, profundo. Como si estuviera diciéndome que me va a llevar al límite, sí, pero que no me va a soltar. Y yo… me dejo caer. Me dejo quemar, porque quiero saber qué se siente arder con él. Vladimir se separa de mi boca y me mira unos segundos más, como si necesitara memorizar cada parte de mí antes de tocarme otra vez. Luego, con una delicadeza que me desarma, me toma por la cintura y me acuesta en la cama. Las sabanas están frías, pero es su cuerpo el que me da calor. Su presencia, su respiración sobre la mía. Se inclina sobre mí, y siento su boca rozar mi clavícula, depositando un beso apenas húmedo, apenas un roce que me hace arquear la espalda. Baja por mi pecho, lento, meticuloso, como si cada centímetro de piel fuera parte de un ritual que no quiere apresurar. Y cuando llega a la cintura de mi ropa interior, se detiene. Sus ojos se alzan para encontrarse con los míos. No dice nada, solo me mira. Y yo, temblando, pero segura, asiento Entonces, con sus dedos largos y expertos, tira suavemente de la tela, deslizándola por mis caderas, por mis muslos, hasta quitármela por completo. Me siento desnuda, sí, pero más que eso: me siento vista. Expuesta. Como si él pudiera ver no solo mi cuerpo, sino todo lo que siento en este instante. Él suspira, un sonido grave, profundo, como si lo que tuviera delante lo superara. —Eres malditamente hermosa— murmura, y sus palabras caen sobre mi piel como una caricia nueva. Como algo que nunca antes nadie me dijo así. Me estremezco. Y él lo nota. Sus manos me recorren lentamente, desde el centro del pecho hasta la curva de mis pechos, que acaricia con la palma abierta. No me toca con apuro, sino con devoción. Como si mis nervios no le molestaran, como si mis temblores lo conmovieran. Sus dedos se deslizan por mi piel y mi cuerpo le responde antes que mi mente. Un estremecimiento nace en mi vientre, cálido y envolvente, y me muerdo el labio para no soltar un sonido que me delate. Pero entonces él baja. Y cuando se acomoda entre mis piernas, cuando siento el peso de su cuerpo y el calor de su boca acercándose, el mundo deja de existir. Me besa primero un pecho, después el otro, con lentitud, con esa lengua que apenas roza, que saborea, que juega con el límite exacto entre el placer y la locura. Su boca es suave y firme al mismo tiempo. Me muerde, me lame, me succiona, y cada gesto suyo se convierte en una corriente eléctrica que me atraviesa sin permiso. Mis manos se aferran a las sábanas y mi respiración se agita. Todo mi cuerpo tiembla, pero no de miedo. Es otra cosa, una mezcla de vértigo, deseo y algo completamente nuevo que no sé cómo nombrar. No sabía que esto podía sentirse así. No sabía que yo podía sentir tanto. Y cuando me atrevo a mirar hacia abajo, lo veo. Ahí. Tan concentrado en mí, tan rendido a mi cuerpo, como si fuera lo único que quisiera en el mundo. —Vladimir… — susurro, sin saber si lo estoy pidiendo o agradeciendo. Él me mira, con esos ojos cargados de deseo y ternura, y me sonríe apenas. Y en ese momento, lo supe: no había vuelta atrás. Ni para mi cuerpo, ni para mi alma. Sus labios siguen explorando mi piel como si no hubiera prisa, como si cada parte de mí fuera un lugar sagrado al que le rinde culto. Besa mi abdomen con lentitud, con esos besos húmedos y suaves que me roban el aliento, y cada uno baja un poco más. Me arqueo ligeramente, hipersensible, perdida en la espera, en esa dulce tortura de su boca recorriéndome. Y entonces se detiene justo antes de llegar a mi centro. Siento su respiración caliente, tan cerca, que mi cuerpo tiembla. —¿Quieres seguir? ¿Estás segura? — me pregunta con voz ronca, controlada, pero cargada de algo salvaje que apenas contiene. —Sí— respondo sin pensarlo, con la voz apenas firme, pero con una certeza que nace desde lo más profundo de mí—. Quiero… quiero que lo hagas. Sus ojos se oscurecen como si mi consentimiento fuera una llave que desatara algo dentro suyo. Entonces me sujeta de los muslos. Firme, seguro. Me abre lentamente, y el gesto por sí solo ya me hace jadear. Me siento tan vulnerable y, a la vez, tan viva bajo su mirada. Sus labios se posan primero en la cara interna de uno de mis muslos, luego en el otro, dejando una línea de besos que queman. Y cuando muerde suavemente justo ahí, mi cuerpo reacciona como si una corriente me recorriera entera. —Dios… — gimo, apenas capaz de contenerme. Lo siento aspirar, lento, profundo. Me estremecen hasta sus respiraciones. —Estás tan mojada para mí… — dice mientras pasa un dedo por mi humedad, lentamente, como si probara algo precioso—. Tan lista… No llego a responder, no me da tiempo. Porque su boca se sumerge en mí de una manera tan caliente y sensual que me nubla los pensamientos. El primer contacto es un abismo. Siento cómo me abre con los labios, cómo su lengua encuentra mi centro y lo acaricia con una devoción que me hace perder toda noción de espacio y tiempo. No hay delicadeza. Ni brutalidad. Solo una intensidad perfecta que me lleva al borde y me sostiene ahí, jugando con mis límites. Su lengua traza círculos, se enfoca en mi clítoris, lo lame con lentitud, luego con presión, luego más rápido… y cuando creo que voy a caer, se detiene. Me acaricia con la lengua como si conociera todos los secretos de mi cuerpo, como si supiera exactamente cómo volverme loca sin tocarme más de lo necesario. Estoy hecha un manojo de sensaciones, de temblores, de suspiros rotos. Siento lágrimas en los ojos y no sé si es de placer o de la intensidad con la que me está llevando. Me aferro a las sábanas, a mi propio pecho, a cualquier cosa que me sostenga en esta espiral de placer que no puedo controlar. —Por favor… — susurro—. Vladimir, por favor… déjame… déjame correrme… Mis palabras son apenas audibles, más llanto que voz. Estoy al borde, temblando, desesperada. No puedo más. Y justo entonces, lo hace. Su boca se cierra sobre mi clítoris con fuerza, y succiona, y me muerde con una presión medida, perfecta. Y yo… me rompo. El orgasmo me atraviesa como una ola violenta, profunda, absoluta. Me arqueo, me estiro, grito su nombre con una voz que no reconozco, y me dejo ir, me dejo caer en esa oscuridad cálida donde solo existe el placer. Mi cuerpo tiembla debajo del suyo, exhausto, vulnerable, pero completamente saciado. Me quedo aquí, jadeando, con los ojos cerrados y el alma rendida. Presa de un temblor que ya no me asusta. Y en mi cabeza solo hay una cosa clara, nunca más voy a ser la misma después de esto. Después de él. Todavía estoy temblando. Mi cuerpo entero late, como si no supiera qué hacer con tanto. El aire entra y sale de mis pulmones de forma desordenada, y mis muslos siguen abiertos, vulnerables, sensibles. Siento el corazón martillándome en las costillas, las piernas sin fuerza, la garganta apretada por la emoción. Y entonces él sube. Me besa. Su boca encuentra la mía sin apuro, suave, dulce… y me besa con una ternura que me rompe más que todo lo anterior. Y me saboreo en él. Siento mi propio sabor en su lengua, en sus labios, y por un segundo, me invade una mezcla de pudor y asombro. Pero luego algo cambia. Lo beso más profundo. Porque me gusta, porque es real. Porque es nuestro. Es nuevo. Todo esto es tan nuevo. Me acaricia el rostro como si fuera de cristal, y yo cierro los ojos, buscando contener las lágrimas que se asoman sin razón. No de tristeza, sino de algo más grande. De todo lo que me desbordó esta noche. Vladimir se incorpora lentamente y comienza a desvestirse. No hay urgencia en sus movimientos. Se quita la camisa, revelando su torso firme, cálido, y luego baja el cierre del pantalón. Lo deja caer, y cuando queda solo en bóxer, por un instante solo me mira. Como si me preguntara sin palabras si está bien. Yo extiendo la mano y la apoyo sobre su pecho. Entonces se mete en la cama conmigo, y sin que tenga que pedirlo, me atrae hacia su cuerpo. Me acomoda contra él, pegándome a su calor, a su fuerza, envolviéndome. Una de sus piernas se enreda con las mías, su brazo me cubre la cintura, y su otra mano acaricia mi espalda desnuda con movimientos lentos, casi hipnóticos. Apoyo la cabeza sobre su pecho y escucho sus latidos. Fuertes. Constantes. Como un ancla. —Descansa, moya malen'kaya ved'ma— susurra contra mi cabello, con ese acento ruso tan marcado que me eriza hasta el alma—. Estoy aquí. Voy a cuidar de ti. Su voz es un refugio. Una promesa. Y algo se derrite dentro de mí, como hielo quebrándose bajo el sol. No sé qué parte de mí se entrega en ese instante, pero lo hace sin resistirse. Nadie antes me habló con esa mezcla de fuego y ternura. Nadie antes me tocó de una forma que atravesara más que la piel. Y me refiero a eso otro… lo invisible. Ese lugar profundo donde se esconden los temblores, los miedos, las partes rotas. Quiero decirle que no me suelte. Que lo necesito más de lo que puedo poner en palabras, que no quiero que esto sea un paréntesis, una noche suspendida en el deseo. Quiero que sea más. Quiero que sea. Pero no lo digo. Porque sus brazos ya me envuelven, porque su cuerpo ya me abriga. Porque en la forma en que su mano me acaricia la espalda, en cómo su respiración se entrelaza con la mía, sé que lo entiende. Ya me tiene. Ya lo sabe. Cierro los ojos y me hundo en su calor, en el latido firme de su pecho bajo mi mejilla. En la seguridad callada que emana de él. Y por primera vez en mucho tiempo —quizá en toda mi vida— me siento entera de una manera en que no lo había sentido antes. No porque él me complete, sino porque me sostiene sin pedir nada a cambio. Con él, soy. Con él, me permito simplemente… estar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR