Vladimir
Pocas veces en mi vida he estado nervioso. Y todas, absolutamente todas esas veces, tuvieron un único factor en común: el ballet. Una presentación de alto nivel, una evaluación determinante, un ensayo frente a una figura clave.
Nunca nada por fuera de eso.
Soy un hombre metódico. Me construí a fuerza de disciplina, de control, de la capacidad de mantener la calma cuando todo alrededor se derrumbaba.
Hasta ahora.
Hasta ella.
Invité a Astrid a cenar. Solo eso, una cena. Pero desde anoche no logro dejar de caminar de un lado al otro por mi piso como un león enjaulado. Me sorprendí esta mañana encontrando arrugas en la camisa que planeaba usar, simplemente por haberla alisado tantas veces con la mano temblorosa. No entiendo por qué me siento así.
He salido con mujeres antes. Demasiadas.
He cenado, he charlado, he besado. Incluso he tenido sexo sin reserva, sin que mi respiración se alterara. Sin perder el control jamás.
Entonces, ¿por qué ahora? ¿Por qué ella?
Y la respuesta me atraviesa sin permiso, porque Astrid me saca de eje. Me desestabiliza con una sola mirada, con ese gesto de ternura que no se da cuenta que tiene, con esa mezcla extraña de inocencia y determinación que me resulta imposible ignorar.
He intentado marcar distancia. Me repetí hasta el cansancio que no es correcto, que no es ético. Que soy su director. Que le llevo más de una década, que esto no puede pasar.
Pero en cuanto la besé…
En cuanto sentí su boca temblando contra la mía, sus dedos torpes enredándose en mi camisa, su cuerpo presionándose con necesidad desesperada…
Todo sentido de lógica se fue al carajo.
Nada más existía. Solo ella, sus labios dulces, su piel suave, y la forma en que jadeó contra mi boca…, como si el mundo se redujera a ese instante, a ese roce, a ese deseo.
Dios… quiero repetirlo.
Quiero hacerlo de nuevo.
Fue como probar un bocado de algo prohibido y saber, con una certeza brutal, que iba a necesitarlo para sobrevivir. Pero tengo que detenerme. Tengo que controlar esta necesidad que me consume, porque ella es joven. Porque me lo dijo: no tiene experiencia.
Y eso... eso me está volviendo loco.
No solo por la idea de ser el primero, de enseñarle el deseo, de guiarla por ese terreno nuevo para ella… sino porque hay algo más profundo, más peligroso, que no puedo nombrar del todo.
Porque siento que, si me entrego, si cruzo esa línea, no voy a ser capaz de detenerme.
Porque ella no es como las otras. No es un juego, no es una distracción. Astrid me ve. Me ve de verdad. Y ese tipo de mirada puede desnudarme de formas que ni yo mismo sé manejar.
Y si no tengo cuidado… no solo voy a herirla.
Voy a romperme yo también.
La ansiedad no me deja estar quieto, así que me obligo a seguir una rutina. Mi rutina. El único terreno donde sé moverme con seguridad.
Voy al baño, me quito la ropa con movimientos lentos, precisos, y entro en la ducha como si pudiera lavarme de encima esta maraña de sensaciones que me habita desde que chocamos en la academia mi primer día allí.
El agua cae sobre mí como un latido constante, fuerte, casi violento. Cierro los ojos, respiro hondo. Intento pensar en otra cosa, pero cada vez que lo hago, todo me lleva de vuelta a ella.
La piel húmeda. La boca entreabierta. La respiración agitada contra la mía.
Me obligué a salir de la ducha antes de perderme en pensamientos que no podía —no debía— permitirme. Me seco con una toalla limpia, me visto con una camisa blanca, sencilla, que remango hasta los codos, y unos pantalones oscuros. Nada ostentoso. Pero no puedo evitar revisar dos veces cómo me queda frente al espejo.
¿Desde cuándo me importa tanto cómo me veo para una cena?
La comida está lista. Cociné más de la cuenta, como si temiera que algo no saliera bien y necesitara una segunda opción. Reviso cada detalle en la cocina. Los sabores, la temperatura, la presentación. Nada puede quedar librado al azar. Después me detengo un segundo.
¿No es ridículo todo esto? ¿Desde cuándo me esfuerzo tanto por impresionar a alguien? ¿Desde cuándo me importa tanto?
Cuando paso a la sala, dudo un momento. No me apetece sentarnos en la mesa del comedor, tan fría, tan impersonal. Así que, casi sin pensarlo, elijo un rincón más íntimo: el espacio entre los sillones. Coloco la pequeña mesa baja que suelo usar para leer, y sobre ella acomodo platos y copas.
Busco un mantel claro, casi de lino, que tenía guardado sin estrenar, y me sorprendo sacando también unas velas finas que no recordaba tener. Las enciendo. La luz es tenue, cálida y el ambiente cambia de inmediato.
Sobre la repisa de la biblioteca hay un jarrón de cristal. Lo lleno con agua fresca y coloco unas flores delicadas que compré esta mañana sin pensar demasiado —unas peonías claras, suaves, que me llamaron la atención por lo discretas que eran, por lo... etéreas.
Ahora entiendo por qué las elegí.
Observo el conjunto y algo en mi pecho se contrae. Sin darme cuenta, armé una escena. Una atmósfera, una especie de refugio.
No era la idea. No quería que esto se convirtiera en una velada romántica. Quería mantener las cosas bajo control. Pero parece que mi subconsciente tiene otros planes.
Todo me recuerda a ella. A su delicadeza, a esa mezcla de ternura y fuerza. A su sonrisa apenas tímida, a la forma en que me mira cuando cree que no la veo.
Me paso una mano por el cabello, frustrado.
No sé qué voy a hacer esta noche. Solo sé que quiero verla. Escucharla reír. Ver cómo le brillan los ojos cuando habla de danza. Y, si me lo permitiera...
Quisiera besarla de nuevo.
El sonido del ascensor interrumpe el silencio. Se me corta el aliento sin querer.
El pitido agudo, las puertas deslizándose, el leve zumbido eléctrico. Todo ocurre en segundos. Pero esos segundos se expanden en mi pecho como si contuvieran el universo entero.
Y entonces, aparece ella.
Astrid.
Dios.
Mi cuerpo entero reacciona antes que mi cerebro. Como si el aire se volviera más denso, más necesario, más suyo. Está de pie en el umbral del ascensor con esa expresión entre nerviosa y decidida, como si no supiera si avanzar o dar media vuelta y huir.
Y, aun así, es lo más parecido a un ángel que he visto jamás.
Lleva el cabello suelto. Castaño, brillante, con reflejos que recuerdan al chocolate caliente derramándose sobre sus hombros. No hay recogido de ensayo, no hay moño ni pasador. Solo ella. Libre y hermosa.
El vestido n***o que eligió se ciñe a su figura como si hubiera sido diseñado para ella. No es vulgar, no es evidente. Es... perfecto. Elegante, sutil, pero absolutamente letal.
Se amolda a cada curva de su cuerpo con una reverencia casi devota, como si el tejido supiera que está envolviendo algo sagrado.
Y sus piernas…
Luce unas botas negras que le llegan hasta la rodilla, marcando cada paso con una autoridad que no le conocía. Como si por una noche, por una sola noche, hubiese decidido dejar de ser la estudiante tímida y convertirse en la jodida diosa que es.
Me quedo inmóvil.
No puedo hablar.
Ni siquiera parpadear.
Ella me mira, y cuando nuestros ojos se encuentran, hay un segundo de pura electricidad. Astrid da un paso fuera del ascensor, y yo, que me creía un hombre de control y de límites, siento que estoy al borde del colapso.
Mi voz sale apenas, ronca.
—Hola…
Ella sonríe. Una sonrisa suave, apenas contenida, que me atraviesa como una cuchilla. No hay marcha atrás.
Ella cruza el umbral y, en ese instante, todo mi aplomo se deshace.
—Hola— repito, apenas más firme que la primera vez.
Astrid da un paso hacia mí. Después otro. Y yo siento que cada centímetro que acorta entre nosotros carga el aire de electricidad. Astrid se detiene a medio metro de distancia, lo suficiente como para no tocarme, pero tan cerca que puedo oler el leve perfume que lleva, dulce y fresco, como un campo de flores después de la lluvia.
—Hola— dice, bajando apenas la voz.
Por un segundo, nos quedamos ahí, mirándonos. Ni ella ni yo sabemos bien qué hacer con este momento. No sé si invitarla a pasar o quedarme contemplándola toda la noche desde la entrada.
Porque verla de cerca es aún peor, o mejor. No lo sé.
Tiene las mejillas levemente sonrojadas. Los labios entreabiertos, como si acabara de correr una maratón. O como si estuviera pensando exactamente lo mismo que yo. Mis ojos la recorren sin permiso. El vestido, las botas, el escote discreto, la clavícula marcada. Todo en ella grita belleza. Juventud. Tentación.
Y no tengo derecho a desearla como lo hago.
Pero lo hago igual.
—Estás… preciosa— le digo. Es un susurro, una rendición.
Ella baja la mirada, se muerde el labio.
—Gracias… tú también— levanta la vista y sonríe, y esa sonrisa me arruina.
Doy un paso atrás y le hago un gesto con la mano.
—Pasa.
Astrid avanza con cautela, como si tuviera miedo de arruinar algo. Y entonces, cuando vislumbra la sala, se detiene.
Sus ojos recorren el espacio, las velas encendidas sobre la mesa baja entre los sillones, las copas brillando bajo la luz tenue, las flores que ahora parecen tener más sentido que nunca.
—Wow… — susurra.
Yo la observo. No la escena, a ella.
Su mirada va de un lado al otro. Parpadea, maravillada. Se vuelve hacia mí.
—¿Preparaste todo esto?
Asiento. Me aclaro la garganta.
—Sí. Quería que fuera… cómodo. Íntimo. Nada formal.
Mentira.
Quería que fuera perfecto para ella. Y, sin darme cuenta, lo convertí en algo íntimo. Demasiado íntimo.
Ella no dice nada por un momento. Solo me mira y siento cómo el ambiente se transforma otra vez. La tensión es espesa, densa. Está en el aire que compartimos, en el silencio que no sabemos llenar, en el roce apenas sugerido cuando ella se sienta en el borde del sillón y su rodilla casi toca la mía.
—Es hermoso— dice finalmente—. No me lo esperaba.
—Yo tampoco— murmuro, antes de poder detenerme.
Sus ojos se clavan en los míos.
Y ahí está.
Esa chispa.
El mismo fuego que sentí cuando la besé por primera vez. El mismo que me dice que si me inclino un poco más, si acerco mi mano, si dejo que la voz de la lógica se calle por un segundo…
No voy a poder parar.
Pero no lo hago. Solo me quedo ahí, mirándola. Como si con eso pudiera sostenerme un poco más.
Porque si me dejo caer otra vez, esta vez no voy a tener salvación.
Tengo que obligarme a salir de esta burbuja. De esta especie de trance en el que me sumergí desde que cruzó esa puerta. Cada centímetro de mí quiere quedarme ahí, quieto, observándola entre las sombras doradas de las velas, con esa expresión suave, con esa mirada que parece no saber el efecto que tiene sobre mí.
Pero no puedo.
Me despego de ese instante con esfuerzo y carraspeo, buscando recomponerme.
—Voy a buscar la comida— digo, como si me estuviera aferrando a una cuerda que me devuelve a tierra firme.
Ella asiente, y cuando me doy vuelta para caminar hacia la cocina, siento su mirada clavada en mi espalda. Y juro que me quema.
Sirvo los platos con la precisión de un cirujano. Cada elemento en su lugar, cada porción pensada. No porque ella lo exija, sino porque es lo único que puedo controlar esta noche.
Cuando regreso, Astrid está sentada con las piernas cruzadas sobre el sillón, las manos sobre las rodillas, jugando con el borde del vestido. Al verme, sonríe, y no sé si es el reflejo de la vela en sus ojos o si realmente están brillando así.
—Huele delicioso— dice.
—Espero que te guste— respondo, mientras acomodo los platos sobre la mesa baja, sentándome frente a ella.
Destapo la botella de vino y le sirvo una copa. Mis dedos rozan los suyos al ofrecérsela. Un contacto breve, inofensivo. Pero el estremecimiento que me recorre el brazo no tiene nada de inocente.
—Por una hermosa noche— digo, alzando mi copa. Ella me imita, y el tintinear del vidrio entre nosotros es como una nota suspendida en el aire.
Los primeros minutos de cena transcurren entre frases cortas y bocados lentos. Pero de a poco, como si algo se abriera entre nosotros, la conversación empieza a fluir. Habla del ballet con una pasión que me conmueve. De sus entrenamientos desde niña, de cómo su madre insistía en peinarla con trenzas apretadas antes de cada clase, de su hermana menor, a quien le cuesta entender por qué alguien elegiría vivir en puntas todo el día.
—Dice que parezco masoquista— ríe, con las mejillas encendidas por el vino—. Pero no entiende que hay algo en la disciplina del ballet que es hermoso. Doloroso, sí. Pero hermoso.
Yo la escucho. No como se escucha a alguien por educación. La escucho con el cuerpo entero.
La forma en que mueve las manos al hablar, cómo se le escapan pequeñas carcajadas entre palabras, cómo baja la mirada cuando habla de sus padres, como si cargara cierta nostalgia, pero al mismo tiempo amor y devoción…
Es tan real.
Tan distinta a todo lo que he conocido.
No es como las mujeres con las que he salido, tan calculadas, tan conscientes de cada movimiento. Astrid es espontánea, auténtica. Y eso me desarma.
—Debes haber sido una niña muy tenaz— comento, sin pensar demasiado.
Ella sonríe, juega con el pie del vino entre los dedos.
—Más bien terca— ella sonríe con toda la luz en ella—. Papá dice que soy digna de ser hija, una Hoffman de pura cepa.
La observo. La luz de las velas le acaricia el rostro, resalta la curva de sus pómulos, la suavidad de su piel. El vestido se desliza apenas por encima de su rodilla cuando se acomoda, y por un instante tengo que mirar a otro lado para no perder la poca compostura que me queda.
Pero ni siquiera mirar a otro lado me salva. Porque su voz me perseguía, su risa me envolvía. Y su presencia, tan cerca, tan cálida, tan femenina… me dejaba en un estado de tensión insoportable.
Ella se inclina hacia adelante para tomar la botella, y su escote se abre apenas. Sus dedos rozan los míos al volver a llenar la copa.
Y yo respiro hondo.
Muy hondo.
—¿Estás bien? — pregunta, como si notara algo.
La miro.
Demasiado tiempo.
Demasiado directo.
—Estoy… intentando recordarme por qué todo esto es una mala idea— le contesto, con la voz baja, áspera.
Porque no puedo mentirle. Porque si no lo digo, voy a terminar besándola.
Ella deja la copa a un lado, sus labios entreabiertos. No dice nada, solo me mira.
Y en esa mirada hay un temblor, una rendija. Una rendición silenciosa.
La tensión entre nosotros se vuelve insoportable. Mantengo las manos quietas; mi cuerpo permanece inmóvil. Pero la deseo con una intensidad que me abruma.
Y lo sé.
Astrid lo siente también.
El silencio se instala entre nosotros, pero no es incómodo. Es denso, casi físico.
Como una cuerda invisible que se tensa más y más con cada segundo. Astrid no aparta la mirada, y yo no puedo seguir fingiendo que no estoy perdiendo el control.
Mis dedos tamborilean con nerviosismo sobre mi rodilla. Su copa está a medio llenar, pero ella ya no bebe. Solo me observa, como si buscara leer algo en mi rostro.
—Astrid… — empiezo, pero no sé cómo seguir.
Ella se levanta y se sienta a mi lado, tan cerca. Y me mira con esos ojos grises enormes y brillantes.
—¿Sí? — su voz es apenas un susurro.
Y entonces ocurre. No hay pensamiento, no hay cálculo. Solo la necesidad que vengo conteniendo toda la noche.
Desde que la besé por primera vez.
Llevo una mano a su rostro. Muy despacio, como si temiera que desaparezca si la toco de golpe. Y ella no se aparta. Al contrario, se inclina un poco más hacia mí, como si su cuerpo tuviera voluntad propia.
Mis dedos rozan su mejilla. Su piel está caliente. Suave.
Ella cierra los ojos por un instante. Y ese gesto, ese pequeño temblor en sus labios… me enloquece.
—Esto no tendría que estar pasando… — susurro.
—Lo sé— susurra ella, sin apartarse.
Aun así, ninguno de los dos retrocede. Mi pulgar se desliza sobre la línea de su pómulo. Sus labios tiemblan.
Y entonces, apenas, apenas… rozan los míos.
No es un beso, no todavía. Es una amenaza, una promesa. El borde exacto del abismo.
Nuestros alientos se mezclan. Puedo sentir su respiración temblorosa, puedo escuchar mi propio corazón golpeando con fuerza absurda. Y sé, con cada fibra de mi cuerpo, que si me acerco un poco más…
Ya no voy a poder detenerme.
Astrid abre los ojos. Me mira, y en su mirada hay algo devastador. Deseo.
Curiosidad. Confianza.
Ella quiere que lo haga, quiere que cruce esa línea. Y yo… estoy a punto de hacerlo.
Pero me detengo. A un suspiro de su boca.
—Mañana— digo, sin saber de dónde saco la fuerza.
Ella parpadea, confundida.
—¿Qué?
Trago saliva, aún con la frente apoyada contra la suya.
—Lo que sea que pase esta noche, así sea solo un beso… — cierro los ojos— …quiero que mañana no haya dudas.
Me alejo apenas. Lo suficiente para respirar, lo suficiente para no perderla.
Y Astrid asiente.
Despacio.
Con las mejillas encendidas y los labios húmedos por la tensión. No hace falta decir más.
Ya está hecho.
Y aunque esta noche no crucemos la línea, sé que estamos demasiado cerca del borde como para retroceder.