Capitulo 17

2302 Palabras
Astrid Su cuerpo me tiene aprisionada contra el espejo, cada centímetro de su presencia robándome el aliento. Su boca, hambrienta y completamente experimentada, me arrastra sin descanso. Me besa como si el tiempo no existiera, como si no hubiera mañana, como si mi boca le perteneciera desde siempre. Pero no quiero respirar. No necesito hacerlo. Porque lo respiro a él. Él es mi oxígeno, mi condena y mi escape. Su mano grande rodea mi cuello y aprieta, sin violencia, con dominio. El gesto me arranca un gemido apenas contenido y me arqueo hacia su cuerpo, buscando más. Más de su calor. Más de su fuerza. Más de esa maldita intensidad que me desarma. Se pega más a mí. Más duro. Más fuerte. Siento el frío del espejo en mi espalda, el calor de su pecho en el frente, y el ardor entre mis piernas creciendo con cada segundo. Me muerde el labio inferior con fuerza, y jadeo contra su boca, desarmada, temblorosa. El dolor dulce me hace vibrar, y me mareo. Todo gira, todo quema, todo es él. Mis piernas flaquean, pero él no me suelta. Me sostiene, me domina. —Moya malen'kaya ved'ma— susurra junto a mi oído con ese acento ruso tan marcado que es como una caricia áspera recorriéndome la piel. No tengo ni puta idea de lo que significa. Pero su voz lo hizo sonido sagrado. Me atravesó como una plegaria oscura, como un conjuro, y mi centro palpitó, hambriento, húmedo, rendido. Lo único que sé es que, de todas las cosas que he escuchado en mi vida, eso fue lo más sucio, lo más hermoso, lo más necesario. Yo ya no me pertenezco. Su boca vuelve a devorarme. No hay pausas, no hay calma, no hay tregua. Solo besos cargados de hambre, de deseo contenido durante demasiado tiempo. Me tiene atrapada contra el espejo, y sus manos son fuego, una amenaza deliciosa que me consume por dentro. Mis piernas aún lo rodean, y siento cómo su cuerpo se mueve con precisión entre las mías, frotándose, provocándome, sacándome de mí. Su mano baja por mi cuello, por mi pecho, por mi cintura… y yo no puedo hacer más que aferrarme a sus hombros mientras él explora con derecho. Con la seguridad de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Y yo… siento una sacudida eléctrica me recorre. Sus dedos se deslizan por encima de las mayas, sobre mi centro palpitante, como si supieran exactamente dónde tocarme para hacerme olvidar hasta mi nombre. Gimo contra su boca y él gruñe en la mía. Empieza a presionar un poco más, con ritmo, con intención. Lo siento tan cerca, tan presente, tan… mío. Mi cuerpo responde, se curva hacia él. Lo desea, lo grita en silencio. Pero entonces lo siento intentar ir más allá. Sus dedos buscan el borde, como si estuvieran a punto de traspasar la barrera que aún no estoy lista para romper. Me tenso. Mis músculos se endurecen de golpe, y mi respiración se entrecorta. Él se detiene al instante, pero no se aleja. Solo me observa. Lo sé, aunque no lo vea. Siento el peso de su mirada en mi rostro, en mis labios entreabiertos, en mi pecho que sube y baja desbocado. —¿Astrid? — su voz suena ronca, cargada de deseo, pero también de algo más… algo parecido al cuidado. Trago saliva. Siento la vergüenza subir desde el estómago hasta la garganta, quemando todo a su paso. —Yo… — susurro, sin poder mirarlo—. Nunca… nunca he hecho esto. Nada como esto. Con nadie. El silencio que sigue me corta la respiración. Siento su mano detenerse, su cuerpo aún pegado al mío, pero contenido. Esperando. —Es la primera vez que… — cierro los ojos con fuerza—. Que alguien me toca así. Que yo quiero que me toque así. Mi voz tiembla, y odio eso. Odio lo vulnerable que sueno. Lo niña que me siento en este cuerpo de mujer que late por él. Pero entonces él apoya su frente en la mía y suelta el aire con un suspiro que me acaricia. —Moya malen'kaya ved'ma s serymi glazami— repite en voz baja, casi como una promesa. No sé qué dijo, pero sonó a algo que quería guardar en mi piel para siempre. Su mano no baja más, no cruza el límite, pero tampoco se aleja. La deja ahí, firme, cálida, diciéndome sin palabras que puedo confiar. Y por primera vez, en mucho tiempo, no siento miedo. Solo a él, solo esto. Solo el ahora. Vladimir no vuelve a decir nada. No se ríe, no se burla. No se impacienta. Solo se queda ahí, con su frente apoyada en la mía, respirando hondo, como si mi confesión lo hubiera tocado más de lo que pensaba. Yo no me muevo, no puedo. Estoy entre su cuerpo y el espejo, con el corazón golpeando tan fuerte que me retumba en los oídos. Entonces, con una delicadeza que no esperaba de alguien como él, me toma por la cintura y me baja con lentitud. Mis pies tocan el suelo con torpeza, como si me costara recordar cómo funciona mi cuerpo. Mis piernas aún tiemblan. Él sigue en silencio. Sus manos se deslizan por mis costados, hasta mi cintura, y luego suben. Me acomoda la ropa, sin apuro, como si estuviera envolviendo algo precioso que no quiere dañar. Acomoda el borde de mi leotardo y después, con la misma calma, aparta un mechón de cabello pegado a mi mejilla, y lo acomoda detrás de mí oreja. Todo en silencio. Ese silencio me empieza a pesar. Me hace sentir pequeña, torpe, ridícula. Como si haberle dicho la verdad fuera una sentencia de algo que no puedo revertir. Me humedezco los labios. Estoy a punto de decir algo, lo que sea, de llenar ese espacio entre nosotros con alguna explicación tonta, una excusa, una broma que me salve. No soporto su experiencia, su seguridad, su silencio... mientras yo apenas empiezo a entender qué significa desear así por primera vez en mi vida. Pero no llego a hablar. Él se inclina otra vez hacia mí y me besa. No como antes, no con furia. No con hambre. Ahora me besa como si quisiera decirme algo que no se anima a poner en palabras. Su boca es suave, lenta, tierna. Me toma el rostro con ambas manos y me besa con una dulzura tan inesperada que me tiemblan los párpados. Y ese beso… ese beso lo cambia todo. Me hace cerrar los ojos y rendirme a su ternura. Me obliga a respirar hondo y a creerle, sin que diga nada, que no necesita más de mí que lo que yo quiera darle. Él, que parece de piedra, que tiene el pasado tatuado en los ojos y el mundo pesando sobre los hombros… ahora me besa como si yo fuera un secreto que quiere cuidar. Como si no le importara mi falta de experiencia. Como si, de algún modo, eso lo conmoviera. Y yo… Yo ya no sé si estoy más asustada por lo que siento, o por lo que estoy empezando a necesitar de él. —Vamos, te llevare a casa— dice separándose de mí. —Puedo volver sola— murmuro, aún con el calor de su último beso quemándome los labios. Bajo la mirada, porque no puedo sostener la intensidad de la suya. —No— responde con voz grave y firme, sin dejar espacio a discusión. Levanto los ojos, sorprendida. Él no levanta la voz, no es brusco, pero hay algo en su tono que me deja claro que no está pidiendo permiso, ni tampoco dando opciones. Para él, llevarme a casa no es un favor. Es una orden. —Vladimir… en serio, estoy bien. Puedo tomar un taxi, el metro... — intento, casi con timidez. Su mandíbula se tensa, su mirada se vuelve aún más impenetrable. —Estás enferma aún y es tarde. Te llevare a casa Astrid— dicta, con esa autoridad natural que tiene cuando dice algo que simplemente… será así. Y no me atrevo a contradecirlo. Asiento en silencio, con un nudo formándose en la garganta. Me cambio el calzado, mientras él recoge mis cosas y levanta el bolso, colgándolo de su hombro. Salimos de la academia por una puerta lateral, y el aire nocturno me roza la piel caliente. Aún siento su cuerpo grabado en el mío, como si su tacto me siguiera. Cuando me abre la puerta del auto y me ayuda a entrar, me doy cuenta de que no estoy respirando. Me obligo a tomar aire. Huele a cuero, a él, a algo masculino que me envuelve por completo. Durante los primeros minutos del viaje no hablamos. Las luces de la ciudad se reflejan en los vidrios, y yo no puedo dejar de mirarlo de reojo. Conduciendo con una mano en el volante y la otra descansando sobre su muslo, la expresión seria, concentrada, como si llevarme fuese más importante que cualquier otra cosa que haya hecho hoy. —Puedes dejarme una cuadra antes— digo de pronto, apenas un susurro. Frunce el ceño. —¿Por qué? —No quiero que mi papá…. — y no es un invento. Lo conozco. Alexander Hoffman no parara con el interrogatorio y no estoy lista para hablar de esto—. Él es bastante sobreprotector. La verdad también, es que no quiero que este momento cruce del todo la frontera hacia mi mundo. No estoy lista. Es demasiado real. No le gusta. Lo sé por cómo su mandíbula se marca más, por el silencio que sigue. Pero al final asiente. —Una cuadra antes— repite con desgano, y dobla en la esquina siguiente. Cuando se detiene, el silencio entre nosotros se vuelve más pesado que antes. Sé que tengo que decir algo. Gracias, perdón, no sé… algo. Pero ninguna palabra parece suficiente o adecuada. Me muerdo el labio y lo miro. Y justo cuando voy a intentar hablar, él se gira hacia mí. —Mañana ven a cenar a mi piso— dice, como quien dice "respirá". No es una pregunta. Es una afirmación. Lo miro, un poco descolocada. —¿Cenar? Asiente. —Solo nosotros dos. A las ocho. Puedo pasar por ti o enviarte un chofer si quieres. Silencio. —¿Aceptas? No puedo pensar. O sí, pero no con claridad. Estoy cansada, confundida, y al mismo tiempo… quiero verlo. Quiero estar sola con él, quiero entender qué es esto que me pasa cuando él está cerca. —Sí— digo, casi en voz baja. Y entonces vuelve a besarme. Esta vez no hay urgencia, no hay fuego descontrolado. Es un beso tranquilo, cálido. Una promesa. Sus labios rozan los míos con paciencia, como si me diera tiempo, como si supiera que todo en mí todavía se está acomodando. Y cuando se separa, me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos. Yo solo asiento, sin decir nada, y bajo del auto. Camino la cuadra hasta mi casa con las piernas temblorosas, los labios sensibles y el corazón latiendo con una mezcla aterradora de miedo y deseo. Mañana. Solo nosotros dos. Y esta vez… no sé si tendré fuerzas para detenerlo. Subo la escalinata de la entrada de casa con el corazón todavía latiéndome en la garganta y una sonrisa tonta dibujada en los labios. No puedo evitarlo. Me arde la boca, como si sus besos se hubieran quedado impresos ahí, como si todavía lo sintiera respirándome cerca. Entro en puntas de pie, intentando no hacer ruido. Son más de las diez, y mamá suele dormirse temprano. Pero cuando cierro la puerta con cuidado y dejo las llaves en el cuenco de cerámica de la entrada, escucho sus pasos viniendo desde la cocina. —¿Astrid? La veo aparecer con su bata de seda larga, esa que usa desde que tengo memoria. Me sonríe al verme, pero en cuanto se acerca, su expresión cambia. Me rodea con los brazos, me abraza con suavidad y luego se aparta solo un poco para mirarme. —¿Qué pasa? — pregunto, al notar que no deja de observarme con atención. —¿Estás mejor? —Si— sostengo y ella no deja de mirarme. Hay amor y calidez en sus ojos—. ¿Qué pasa, mami? Pero, frunce apenas los labios, como si estuviera conteniéndose. —Nada, solo… tienes las mejillas sonrojadas— dice, entornando los ojos con esa mezcla de curiosidad y picardía que solo una madre puede tener—. Y los ojos te brillan. Me congelo un segundo. ¿Tanto se me nota? ¿Es tan obvio que me acaban de besar como nadie lo había hecho jamás? Rápidamente tuerzo la boca en una mueca, como restándole importancia, y me acerco a darle un beso en la mejilla. —Estás viendo cosas, mamá— miento con ternura—. Solo estoy cansada. Voy a irme a dormir. Ella me acaricia el brazo, aún con una mirada que parece ver mucho más de lo que digo, pero no insiste. Me da otra sonrisa y vuelve hacia la cocina. Yo subo a mi habitación en silencio. Pero en el fondo, sé que no está viendo cosas. Tiene razón. Tengo el rostro encendido y la mirada aún enturbiada de deseo. Y no es por la fiebre, ni por el cansancio. Es por él. Por Vladimir Romanov. El hombre que me besó como si tuviera derecho. El mismo que me miró como si hubiera visto algo en mí que ni yo sabía que existía. Y mañana, voy a cenar con él. Sola. En su piso. Cierro la puerta de mi cuarto con el corazón acelerado y la sonrisa todavía dibujada. Estoy en problemas, y lo sé. Pero… por primera vez en mucho tiempo, no me importa.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR