Capitulo 16

2623 Palabras
Astrid No pasé una buena noche. La congestión, la fiebre intermitente y ese malestar punzante detrás de los ojos me recordaron, minuto a minuto, que seguía enferma. Solo conseguí estar ausente en el ensayo de ayer, un gesto mínimo de indulgencia para un cuerpo agotado. Pero no hoy. Hoy debía estar en la academia. Puntual, peinada, lista. Como si no sintiera que el día se extenderá como una condena. Ayer, cuando me escapé del piso de Vladimir, lo hice casi corriendo. No miré atrás. Al llegar a casa, el silencio me recibió como un manto. Solo papá estaba allí, de pie en el living, con el ceño fruncido y ese aire de hombre que ha estado esperando —no algo, sino a alguien. A mí. Pero cualquier sermón que tenía preparado murió en sus labios cuando me miró detenidamente. Bastó con que le dijera que me sentía mal. La rigidez en su rostro se suavizó apenas, pero fue suficiente para que su autoridad tomara otro matiz. —Sube y acuéstate. Yo te preparé un caldo— dijo con voz firme pero cansada, como si hubiese estado conteniendo más preocupación de la que quería mostrar. Asentí en silencio. Subí a mi habitación como me indicó y me di una ducha breve, solo lo justo para sacarme de encima el sudor frío y el peso de lo vivido. Me puse un pijama cómodo, uno viejo que usaba siempre que estaba enferma, y me metí en la cama con movimientos torpes, casi automáticos. Poco después, el teléfono vibró sobre la mesita de noche. Lo tomé sin entusiasmo, y allí estaba su nombre. Vladimir. Su nombre brillando en la pantalla como una intrusión, como una herida recién abierta. No podía hablar con él. No así, no con la cabeza embotada y las emociones hechas un nudo. Apagué el celular sin dudar. Unos minutos más tarde, papá subió con una bandeja. Traía un caldo humeante, sencillo pero tibio, y una mirada que decía más de lo que su boca alguna vez diría: “Te doy espacio... por ahora”. No preguntó nada, no indagó. No exigió explicaciones. Solo dejó la bandeja en la mesa de luz, me cubrió un poco mejor con la frazada, y se fue. Suspiré. Profundo. El sueño me venció sin resistencia. Me dormí con el estómago tibio, el pecho revuelto y la mente queriendo, por un momento, olvidarlo todo. Así que esta mañana el despertador sonó como una bofetada. Tuve que obligarme a salir de la cama. Mi cuerpo todavía dolía, los músculos entumecidos, la cabeza pesada como si estuviera rellena de algodón húmedo. Me vestí lentamente, arrastrando los pies por la habitación, como si cada prenda pesara más de lo que debería. Papá me vio bajar con las ojeras marcadas y los labios pálidos. No dijo nada, solo me alcanzó una taza de té caliente y me miró con esa expresión suya que mezcla resignación con ternura. Lo tomé en silencio, y al dejar la taza en el fregadero, él solo dijo: —No te exijas de más, Astrid. Pero ya lo había decidido. Me exijo o me hundo, no hay punto medio. La academia estaba envuelta en su bullicio habitual: el crujido de las zapatillas contra el suelo de parquet, las voces de los profesores marcando tiempos, las compañeras que hablaban demasiado fuerte, demasiado rápido. Todo parecía ocurrir a un volumen que mi cuerpo no podía tolerar. Entré al salón como si me zambullera en una piscina helada. Me até el rodete con manos torpes, me puse la banda elástica alrededor de la cintura, respiré hondo y me paré en la primera posición. El espejo devolvió una imagen que no quería ver. Pálida, con los ojos hinchados y una expresión tensa que ni el maquillaje podía disimular. Pero estaba ahí. Presente, lista. O al menos pretendiendo estarlo. —Astrid, más extensión en el plié— dijo la señorita Arnaud sin girarse. Asentí con la cabeza. No tenía energía para responder en voz alta. El ensayo comenzó y cada movimiento se sintió como si mi cuerpo estuviera nadando en barro. Los músculos no respondían con la precisión de siempre, el equilibrio se me escapaba por un milímetro y, aun así, me obligué a seguir. No quería miradas compasivas, no quería ser señalada como la que no aguantó. No después de ayer. No después de él. En los pas de bourrée se me fue un poco el aire. En los grands jetés me ardieron las piernas. Pero seguí. En algún momento, no supe cuándo exactamente, sentí el sudor frío recorrerme la espalda. Me temblaron los dedos cuando sostuve la barra. Por un instante, el mundo giró levemente, como si se inclinara a un lado y me aferré con fuerza. —¿Estás bien? — preguntó Helena en voz baja, desde la barra contigua. No respondí, solo forcé una sonrisa mínima. No podía hablar. Si decía una palabra, tal vez empezaría a llorar. La clase siguió y los minutos fueron un castigo. Pero también, una especie de refugio. Porque mientras el cuerpo se movía —aunque fuera torpemente, aunque fallara—, la mente no pensaba en Vladimir. Ni en su nombre en la pantalla. Ni en el calor de su cuerpo sobre el mío. Solo contaba los tiempos. Uno, dos, tres, y volver a empezar. Entré el final de la clase con la señorita Arnaud y la siguiente no pasaron ni quince minutos. Fuimos todos llamados al salón principal para el ensayo con Anastasia. Tenía los músculos entumecidos y el leotardo empapado. Apenas tuve tiempo de beber un sorbo de agua antes de que una de las asistentes dijera mi nombre. —Astrid, vamos— me dijo Helena, enganchando su brazo con el mío—. ¿En serio estas bien? —Sí, Lena. Estoy bien. Respiré hondo. Me até el rodete otra vez, esta vez más apretado, como si necesitara sujetar también mi paciencia. El salón estaba llenándose cuando entré, en la esquina estaba el pianista que afinaba unos compases, y ella, Anastasia tan magnifica y deslumbrante como siempre, parada al centro como una estatua esculpida en mármol frío. Siempre perfecta. Siempre inexpresiva. Siempre observándome como si le doliera tener que hacerlo. Me coloqué en mi posición inicial. Estaba por empezar la escena del cisne blanco, y aunque lo había ensayado decenas de veces, algo en su mirada me desarmaba. No decía nada, pero lo decía todo; sus ojos recorrían mi cuerpo como si buscaran fallas, imperfecciones, motivos para desaprobarme. —Empieza cuando estés lista— ordenó, sin un ápice de emoción. El piano comenzó a sonar, y mi cuerpo reaccionó por instinto. Me deslicé sobre la tarima con la mayor ligereza que mi estado me permitía, tratando de contener la tos que se acumulaba en el fondo de mi pecho como una amenaza. Mi mirada buscó el infinito. Las manos, suaves, temblaron apenas. Quería entregarme al personaje, ser Odette, ser esa criatura etérea atrapada entre el amor y la condena. Pero la voz de Anastasia cortó el aire como un látigo: —¡No, no! ¡Así no! — dijo, dando unos pasos hacia mí—. Te deslizas como si estuvieras en una coreografía escolar, no en una tragedia. Me detuve en seco. La música también. Me volví hacia ella, con el corazón acelerado y las mejillas encendidas, no de vergüenza, sino de una rabia callada. No entendía por qué. Por qué siempre conmigo, por qué esa rigidez, ese desprecio contenido. A otras les marcaba correcciones con dureza, sí. Pero a mí, me las tiraba como si fueran flechas. —Lo siento— murmuré, porque era lo que debía decir, aunque no lo sentía realmente. Ella me miró como si mi disculpa fuese una muestra más de mi debilidad. —No lo sientas. Baila bien. Y vuelve a empezar. El pianista retomó la música. Esta vez sentí los músculos de la espalda tensarse. Bailé, pero no con el alma. Bailé con la presión de sus ojos clavados en mí, bailé con el dolor punzante en el pecho. Bailé con el sabor amargo de no ser suficiente para alguien que, claramente, no me quiere ver brillar. No sé qué le hice. No sé qué soy que le molesta. Tal vez le recuerda algo que no le gusta. Tal vez, simplemente... no le caigo bien. Quizás fue porque Vladimir me defendió antes ella. No lo sé. Pero incluso así, incluso con sus correcciones mordaces y sus pausas cargadas de juicio, hay algo en mí que no se rinde. Algo que, aunque enfermo y cansado, resiste. Porque este papel es mío. Porque Odette vive en mí. Y aunque Anastasia no me vea... yo sé que puedo ser cisne. Y también tormenta. Cuando los ensayos terminaron, estaba agotada. El cuerpo me temblaba por dentro, como si cada músculo se hubiese rendido, pero la cabeza seguía corriendo, girando en bucles sin fin. Debería haberme ido directo a casa, debería haberme metido en la cama, beber algo caliente y dejar que el sueño apagara todo. Pero no pude. Porque la voz de Anastasia seguía sonando dentro de mí, como un eco cruel. “No es suficiente. Bailas como si no sintieras nada”. Esa frase se me había clavado entre las costillas. Fui al vestuario arrastrando los pies, me quité la ropa sudada y me metí bajo la ducha. El agua caliente fue un alivio fugaz, un abrazo tibio que apenas alcanzó a relajarme. Apoyé la frente contra las baldosas y cerré los ojos, deseando vaciarme, olvidar. Pero no podía. Ni su voz, ni su mirada. Ni a él. Me sequé despacio, sin apuro, como si postergar el regreso a casa fuera la única decisión lógica. Me cambié con movimientos lentos, me até el cabello con un nudo flojo y salí fingiendo determinación. La luz del pasillo titilaba con desgano, como si estuviera a punto de rendirse también. El eco de mis pasos en el mármol vacío se sentía ensordecedor, casi solemne, como si el edificio entero contuviera la respiración. Ya no quedaba nadie, solo yo. Y ese nudo en el pecho que no me dejaba en paz desde ayer. Desde que hui. Desde que lo dejé solo en su departamento, con Anastasia, con mi perfume todavía flotando en el aire y mis labios a un milímetro de los suyos. Entre al salón principal, todo estaba en penumbra. Solo el reflejo pálido de la luna en los ventanales recortaba las formas de la sala. Me acerqué al espejo y dejé caer el bolso a un costado. No encendí la música, no marqué posiciones. Solo me quedé ahí, de pie frente a mi reflejo, observando a la chica con los ojos oscuros, las ojeras marcadas y los hombros tensos. Quería ensayar, estirar, perfeccionar. Mentira. Solo quería dejar de pensar en él. Su voz grave, sus manos en mi cintura, su mirada antes de que nos interrumpieran. Me incliné hacia adelante, intentando estirar los isquiotibiales, pero lo que se tensó fue otra cosa. El corazón. La garganta. Me giré con fuerza y marqué una pirueta, luego otra. Salté. Fallé. Caí mal. Maldije en voz baja. El silencio del salón fue mi única respuesta. Y, sin embargo, ahí seguía, obstinada, herida. Queriendo demostrarle a Anastasia que si soy suficiente. Pero no estaba sola. —No pensé que vendrías— su voz, baja y áspera, emergió desde la sombra más densa del salón. Me giré bruscamente. Estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula tensa y los ojos clavados en mí con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo cómo respirar. —Tampoco pensé que tú seguirías aquí— respondí, demasiado rápido. Demasiado nerviosa. No sonrió. Solo comenzó a caminar hacia mí. Despacio, con esa seguridad peligrosa de quien siempre obtiene lo que quiere. Como un depredador que no necesita correr para alcanzar a su presa. Solo acercarse. Solo mirar. Solo esperar a que ella se rinda. —¿Por qué te fuiste así, Astrid? — su voz era calma, pero cada palabra llevaba filo—. Sin decir una sola palabra. ¿Por qué? Tragué saliva. El corazón me golpeaba en la garganta. —Porque no tenía que estar ahí— murmuré, aunque hasta yo supe que sonaba más a excusa que a convicción. —¿Eso te dijiste a ti misma cuando huiste? Sus ojos brillaban con algo oscuro. No gritaba, no alzaba la voz. Pero esa contención era peor. Como si cada sílaba pesara más que un grito. —¿Qué querías que hiciera, Vladimir? — mi voz se quebraba en cada palabra—. ¿Quedarme ahí? ¿Esperar que Anastasia me viera en tu cama? Su mandíbula se tensó. Un músculo le palpitó en la sien, pero no respondió. —No pertenezco a tu mundo— seguí, con el pecho alzándose de forma irregular—. Ni a tu casa. Ni a tu cama. Y tú lo sabes. —Astrid… — susurró. Una advertencia. O una súplica. O ambas cosas a la vez. Dio un paso. Luego otro, y yo retrocedí. Hasta que mi espalda chocó contra el espejo del salón. Frío. Inquebrantable. A diferencia de mí. Él se detuvo frente a mí. Tan cerca que su calor se filtró a través de la delgada tela de mi leotardo, tan cerca que podía sentir cómo su respiración acariciaba mi mejilla. Y sus ojos… dios, sus ojos me deshacían. Me miraban como si ya me hubiera desnudado el alma. Como si no tuviera secretos que esconder. —Entonces, ¿por qué sigo orbitando a tu alrededor? — susurró, y su dedo rozó apenas mi brazo, como si necesitara confirmar que yo seguía siendo real. —Tú dijiste que nada debía pasar— intenté recordarle. Aunque ni yo creía en esas palabras. Vladimir ladeó la cabeza, sin apartar los ojos de los míos. —¿Y si lo que dije fue una jodida mentira? — murmuró, acercándose más. Apenas un suspiro entre nosotros. Mi corazón latía tan fuerte que sentía tenso el pecho. El estómago se me encogía, la piel me ardía. Y lo deseaba tanto que dolía. Pero también me dolía desearlo así. —Vladimir... — intenté advertirlo. Poner un límite. Algo. Ya era tarde. —No soporto no tocarte— susurró y sus manos me tomaron con decisión. Una subió a mi cuello, firme, cálida, como si necesitara anclarme. La otra se deslizó por mi espalda hasta mi cintura, y me atrajo contra él de golpe. Sentí su cuerpo entero. Sólido, ardiente. Contenido. Su respiración se volvió errática. La mía ya no existía. Y entonces, su boca encontró la mía. Y me besó. Me besó como si hubiera pasado una eternidad deseándolo, como si besarme fuera un acto de supervivencia. No fue suave. No fue dulce. Fue urgente, intenso, salvaje. Era deseo. Era hambre. Era todo. Mis labios se abrieron para él sin pensarlo. Mis manos lo buscaron con desesperación, aferrándose a su camisa, a su nuca, a su espalda. Me aferré a él como si fuera lo único real. Porque lo era. Él. Nosotros. Este instante. Su cuerpo tembló ligeramente contra el mío. Gimió, grave, casi animal, mientras su mano subía por mi columna, delineando mi piel como si necesitara recordarme con cada dedo. El mundo se desdibujó y solo quedamos nosotros. El espejo detrás de mí. Su cuerpo contra el mío. Y el deseo que ya no sabíamos cómo callar. Cuando finalmente se apartó, sus labios apenas rozaban los míos. Estaba agitado y hermoso. Y perdido, igual que yo. —Me vuelves jodidamente loco, moya malen'kaya ved'ma— susurró, con voz ronca y mirada desbordada. Y yo… yo ya no sabía si quería huir de él. O quedarme para siempre.
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