LIAM
Han pasado casi siete años. Siete años exactos desde que tomé la peor decisión de mi vida.
Dejé ir a Ariana.
La dejé ir porque creí en una mentira. En esas malditas fotos que alguien me hizo llegar... y ni siquiera me tomé el tiempo de pensar con claridad.
Desde que se fue, nada volvió a ser igual. Mi trabajo empezó a irse al carajo. Y no, no pude estar con nadie más. Ni siquiera lo intenté. ¿Cómo hacerlo si, en el fondo, sabía que Ariana nunca me habría hecho algo así?
No era su forma de ser.
Hasta mi madre me cerró las puertas de su casa. “Arregla las cosas con Ariana y luego hablamos”, me dijo. Mi viejo estaba igual.
Cada vez que intentaba visitarlos, salía con lo mismo: “Extraño a mi hija. Fuiste un imbécil por no creerle”.
¿Acaso no se daban cuenta de que yo también sufría?
Claro que sé que fallé. Caí como un idiota en una trampa hecha para destruirnos.
Y todavía no sé quién la puso. Tengo sospechas, pero ninguna prueba. Lo único que sé con certeza es que Ariana me rogó que la creyera, y yo... simplemente le di la espalda.
Años después, cuando finalmente me senté a mirar bien esas fotos, entendí que no era ella. La mujer que aparecía ahí no era Ariana. Todo estaba editado. Manipulado. ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo fui tan estúpido?
La he buscado por todas partes. Es como si se la hubiera tragado la Tierra. Incluso intenté dar con Marco, pero tampoco hay rastro suyo desde la última vez que nos vimos. Pensé que eso solo podía significar una cosa: estaban juntos.
Y no puedo mentir. Me carcome la idea. Aunque ya no estén como pareja, el simple hecho de imaginarlos compartiendo espacio me quema por dentro.
Ariana es mi esposa.
Mi mujer.
Y la necesito. Quiero verla otra vez. Pedirle perdón. Tener aunque sea una conversación. Escuchar su risa cuando intento cocinar o cuando lanzo uno de mis chistes malos. Tocar su mano. Suplicarle, si hace falta, que me dé otra oportunidad. Lo haría sin pensarlo dos veces.
Mi vida sin ella volvió a ser lo que era antes de conocerla: gris y vacía.
Ese día, estaba esperando en el coche mientras Ethan iba por el café. Ya habían pasado más de cinco minutos. ¿Qué clase de tortura lleva tanto tiempo para servir una taza? Apagué el auto y salí, molesto. Crucé la calle rumbo a la cafetería.
Y entonces la vi.
Una figura pequeña, cargando varias cosas entre las manos. Algo dentro de mí reaccionó sin pensar.
—¡Oye! ¿Te ayudo con eso? —le grité, acercándome.
—No, gracias. Solo es un poco de café —contestó rápido, con una voz que sonaba forzada, como si intentara disimular algo.
Me detuve en seco. Algo no encajaba. La forma en que apresuró el paso, como queriendo desaparecer.
—¿De acuerdo...? —murmuré, desconcertado.
Justo cuando puse un pie en la puerta de la cafetería, Ethan salió disparado y me lanzó una mirada de sorpresa.
—Antes de que digas nada, no me diste cambio suficiente —dijo—. Me tuve que quedar ahí como un idiota hasta que una vieja amiga nuestra me echó una mano. ¿Sabes cuánto me faltaba? ¡Tres centavos!
Me puso el café en la mano y yo lo miré, confundido.
—¿Una vieja amiga?
—¿No la viste?
—¿A quién? —sentí que algo dentro de mí se tensaba.
Ethan me sonrió de una forma extraña, negó con la cabeza y se fue rumbo al coche.
—Olvídalo.
*
ARIANA
—¡Mamá! ¡Leo me quitó mi bebé! —gritaba Mia desde la planta baja.
—¡Mentira! —respondió Leo.
—¡No es mentira!
Solté un suspiro y dejé lo que estaba haciendo. Bajé las escaleras sin prisa y los encontré en la sala, de pie uno frente al otro, con la cara hecha un puño. Me acerqué y me senté frente a ellos.
—Leo, ¿le quitaste el muñeco a Mia? —pregunté, mirándolo con una ceja levantada para no soltar la risa.
—¡Sí, pero ella tiene mi juguete! —rebatió, señalándola con el dedo.
—¿Y por qué lo tienes, Mia? —le pregunté, justo cuando sus ojitos empezaban a llenarse de lágrimas.
—Porque no quiere jugar conmigo —respondió entre sollozos, con las lágrimas cayéndole sin freno.
—Ya, ya, no llores más —dijo Leo, mientras con torpeza le limpiaba la cara.
Los abracé a los dos cuando se acercaron, y les planté un beso suave en la cabeza.
—¡Mis bebés son un caso! —dije entre risas, llenándolos de besos hasta que Leo intentó escapar y Mia empezó a chillar, entre risas también.
Les hice prometer que se iban a portar bien, al menos por el resto del día.
—Mamá —dijo Mia, ya más tranquila.
—¿Sí?
—¿Por qué está enojado papá? ¿Es por mí?
—No, no es por ti —se adelantó Leo—. Está enojado con mamá por algo que ella no hizo.
Me giré de golpe para mirarlo.
—¡Leo Torres! ¿Dónde aprendiste eso?
Se encogió de hombros. Mi niño de seis años se encogió de hombros como si nada.
—El tío Marco me lo dijo —soltó al final.
Claro, Marco. Ese idiota está cavando su propia tumba.
—No quiero que repitas nada de lo que dice el tío Marco. Si quieres regalos en tu cumpleaños, mejor piénsatelo bien —le advertí. Murmuró un "sí, señora" y escondió la cara en mi cuello, como siempre que se mete en líos o todos lo miran.
—Papá y yo tuvimos una gran discusión hace mucho, pero él no está molesto con ustedes, ¿sí? Así que no piensen que es su culpa —intenté explicar, sin saber bien cómo ponerlo en palabras para su edad.
—¿Y no podemos tener otro papá? —preguntó Mia de repente.
—¡No! —gritó Leo.
—Bueno, ya basta de hablar de eso. A prepararse para dormir —ordené, llevándolos a sus habitaciones.
—¿Podemos comer fideos, mamá? —pidió Mia, peleando con su camiseta. Me reí y la ayudé a quitársela, junto con las mallas, antes de ponerle el pijama.
—¿Espagueti? —confirmé. Asintió toda emocionada y salió corriendo hacia la cocina.
Fui al cuarto de Leo, que batallaba con su pijama.
—¿Quieres ayuda? —pregunté mientras me agachaba.
—No —dijo firme, pero me miró con cara de frustración.
—Tienes la camiseta al revés, campeón —le dije, bromeando. Me acerqué y se la acomodé mientras él refunfuñaba algo sobre ser ya un niño grande.
Le dije que haría espagueti y me siguió a la cocina.
Allí estaba Mia, de puntillas frente al refrigerador, tratando de alcanzar la salsa en el estante de arriba. Me eché a reír. Ella hizo puchero, así que la levanté para que pudiera alcanzarla.
Reuní todo para la cena. Llené una olla con fideos y otra para la salsa. Añadí condimentos y justo entonces sonó el timbre.
Removí la salsa rápido y fui a abrir la puerta.
La persona al otro lado me sacó un bufido.
—¿Eso que huelo es espagueti? —dijo mientras entraba como si fuera su casa.
Rodé los ojos, cerré la puerta y le di un manotazo en la nuca.
—¡Ay, ya basta con los golpes! ¡Sabes que soy sensible! —se quejó Marco.
—¿Y cuántas veces te he dicho que no digas palabrotas frente a los niños? —le gruñí, tirándole de la oreja mientras lo arrastraba a la cocina.
—¡Perdón! ¡Lo prometo, estoy cambiando! —gritó mientras Leo y Mia se morían de risa.
—El tío Manco está en problemas —cantaban los dos.
Lo solté cuando ya había rogado suficiente. Fui a revisar los fideos, y Marco seguía protestando, diciendo que se le estaba poniendo la oreja roja.
Unos minutos después, la cena estuvo lista. Le serví a Leo solo los fideos, como le gustaban, sin nada. Mia comía lo que fuera, igual que yo.
Otra cosa que heredó de mí.
Serví dos platos más antes de que todos estuviéramos sentados en la mesa. Mia y Leo discutían, como siempre, sobre cuál de los dos era mi favorito. Marco, por su parte, aprovechaba para contarme su última tragedia amorosa.
—A ver, espera... ¿me estás hablando de Nico o de Eric? ¿Cuál fue el que te besó y luego te confesó que estaba casado? —le pregunté, tratando de seguir el hilo.
—¡Eso es lo que me tiene furioso! Me prometió que solo le gustaban los hombres y resulta que ¡tiene esposa! ¿Podrías al menos prestar atención, Ariana? Se llama Sam —suspiró con fastidio.
—Tal vez sea bisexual... —aventuré.
—No. Es un mentiroso, eso es lo que es. Pero bueno, tengo una cita nueva mañana por la noche, así que crucemos los dedos... —Carraspeé fuerte para recordarle que había niños presentes.
Él captó la indirecta enseguida y se cubrió los oídos como si necesitara protegerse de sí mismo. Me reí, no pude evitarlo.
Después de cenar, cargué a Leo en brazos mientras intentaba quitarse el sueño frotándose los ojos. Marco llevó a Mia, ya dormida, a su cuarto. Al entrar en el dormitorio, aparté las cobijas, lo arropé con cuidado y me quedé un rato observándolo, con una mezcla de ternura y tristeza que se me clavó en el pecho.
—Eres tan parecido a él... —murmuré, acariciándole la mejilla.
Leo me miró y, al notar mis lágrimas, levantó su manita para secármelas, como hago yo cuando él o Mia lloran.
—No llores, mami... por favor. Lo siento —me dijo.
Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que él me lo señaló.
—Mi amor, prométeme que tú y Mia nunca me van a dejar —le pedí, tragándome el nudo que tenía desde hace años atascado.
—No te vamos a dejar, mami. Te lo prometo —me respondió sin dudar.
Asentí y le di un beso de buenas noches antes de salir. Luego fui a ver a Mia, la arropé y también le di un beso en la frente.
Bajé a la sala y me dejé caer en uno de los sillones. Me cubrí la cara con las manos y respiré hondo, una y otra vez. El sillón se movió apenas y supe que alguien estaba ahí. Levanté la vista: Marco. Me tendió la mano y me senté junto a él.
—No puedo más, Marco. ¿Qué clase de madre llora por un divorcio que ya es historia? ¿Qué madre permite que su hijo la vea así? ¿Cómo es que sigo sin poder decírselo a su padre? —solté todo de golpe, y por fin dejé que las lágrimas salieran sin filtro.
—Ariana, mírate. Eres una madre increíble. La madre soltera más sexy que existe —me dijo con una sonrisa—. ¿De verdad crees que es fácil olvidar a alguien que amaste? Aunque hayan pasado años, es normal.
Me recordó todo lo que he logrado por mí misma: criar a dos hijos hermosos casi siete años sola, un buen trabajo, un jefe que se preocupa (aunque sea porque le recuerdo a su hija fallecida). No pude evitar soltar una risa.
—Que descanse en paz... —dije en voz baja.
—Tus hijos te aman. Si un día despiertan y no estás ahí, se vuelven locos. Así que basta de castigarte por ese imbécil de exmarido. Búscate un hombre de verdad. Si crees que es momento de contarle, te apoyo. ¿Me voy a enojar? Claro. Pero lo superaré —dijo encogiéndose de hombros.
Le sonreí. Él me secó las lágrimas con cuidado, como si supiera exactamente qué necesitaba.
—Solo ten presente que, si llega el día en que lo vea, más te vale esconder todos los palos. Porque si encuentro uno, se lo clavo —dijo en broma.
—Y se acabó el momento cursi —solté con un suspiro mientras me levantaba.
Estaba por ir a lavar los platos cuando me detuvo.
—No. Sube y duerme. Esa vibra tuya está matando mi buen rollo. Yo limpio.
—¿Tú? ¿Lavar platos? —lo miré como si fuera un fenómeno. Ese hombre jamás lava nada. A menos que le pagues.
—He cambiado. Soy un hombre nuevo —dijo, pero apartó la mirada.
Lo miré con escepticismo.
—Está bien... solo quería ayudarte —admitió al fin.
—¿Dónde estaría sin ti? —bromeé, pellizcándole la cara.
Él se fue refunfuñando hacia la cocina.
—Probablemente en un basurero con ratas —me gritó.
—Qué específico —contesté mientras subía.
Entré a mi habitación, me metí bajo la ducha y estuve allí casi una hora, dejando que el agua caliente se llevara todo. Me cepillé los dientes, me puse una camiseta negra sin mangas y unos shorts a juego. Me tiré en mi cama king size, cerré los ojos… y entonces mi mente se llenó de todo lo que me esperaba al día siguiente.
Tantas posibilidades. Tantos “¿y si…?”
Hasta que, por fin, me quedé dormida.