ARIANA
Jamás imaginé que lo primero que vería al despertar sería a mi mejor amigo tirado en el sofá, inconsciente. Con dos habitaciones libres arriba, ¿por qué justo ahí?
Decidí no molestarlo. En su lugar, le dejé una nota en la mesa del salón avisándole que llevaría a Mia y a Leo a casa de Clara. No valía la pena despertarlo solo para eso.
Antes de salir, fui a echar un ojo a los niños. Mia no se había movido; seguía completamente dormida. Leo, en cambio, estaba "leyendo" un libro... aunque más bien lo hojeaba: casi no tenía texto, solo dibujos.
*
Entré al ascensor con mi bolso y un café moca con leche para David. El mío ya me lo había tomado durante el camino. Al sonar el ding, salí directo a su oficina. Toqué la puerta, entré en silencio, él seguía en llamada, y dejé el café junto a su mano sin interrumpirlo.
Me regaló una sonrisa de agradecimiento. Le respondí con un leve gesto de cabeza y salí para terminar de preparar la sala de reuniones.
Sería mentira decir que no estaba nerviosa. Lo estaba. Y mucho. El simple hecho de saber que iba a verlo de nuevo me tenía hecha un manojo de nervios. Las palmas me sudaban sin control.
Tomé los documentos que había impreso el día anterior y crucé al salón principal. No tardé mucho en acomodar todo: papeles en cada asiento, vasos con agua sobre la mesa por si alguien tenía sed. Me habría gustado dejar esto listo desde ayer, pero la sala estaba ocupada.
—Ariana, nuestros invitados vienen en camino —anunció el señor Romero entrando con sus cosas.
—¿Qué? ¡Pero si llegan con quince minutos de adelanto! —revisé la hora en mi teléfono. ¡Esto no estaba en mis planes!
—En este negocio nadie llega “temprano” —dijo él con calma mientras se dirigía a la puerta. Yo fui detrás, sin prisa pero sin pausa.
Está bien. Solo tengo que mantenerme firme. Profesional. Cabeza en alto.
—¡Liam, qué gusto verte, chico! —soltó el señor Romero, animado.
Me maldije por no haberme dejado el cabello suelto. Esta coleta tan tirante no ayudaba. Quizás ni siquiera me reconozca. Ahora mi cabello me cae hasta la mitad de la espalda. También cambié físicamente: mis curvas se marcaron más, mi piel tomó un tono bronceado gracias a tantos domingos de playa con Marco, Clara y los niños… aunque, seamos realistas, sigo siendo bajita.
—Siempre es un placer, David —contestó él, con esa voz profunda que ahora suena aún más intensa. Me dio un escalofrío.
Ahora no, Ariana. No es momento para esto.
Me quedé tras el señor Romero, usándolo como escudo, con las manos entrelazadas. Uno a uno fueron entrando los demás. Algunos me saludaron con respeto, otros me miraron el escote sin disimulo. Qué encanto.
Entonces, Ethan entró. Me sonrió con una chispa traviesa en los ojos.
—Parece que hoy la suerte está de mi lado —dijo con tono burlón.
Y luego, él.
Liam.
Habló con el señor Romero y, al girarse, me vio. Su expresión fue un claro reflejo de sorpresa.
Por favor, que no me reconozca.
—Ella es mi asistente, la señorita Torres. Ellos son Liam Cruz y Ethan Rivera, son… —empezó a presentarnos.
—Ariana —dijo él, incrédulo. Me sostuvo la mirada. Yo apenas pude mantener la compostura.
Tal vez deba considerar otra carrera.
—Hola, señor Cruz, me alegra volver a verlo —respondí, forzando la estabilidad en mi voz.
—¿Se conocen? —preguntó Romero, intrigado.
—Nos cruzamos cuando fui por su café el otro día —dije rápido, interrumpiéndolo. Liam no dejaba de mirarme, lo que me obligó a apartar la vista.
—Perfecto. ¿Comenzamos? —anunció Romero.
Me di la vuelta enseguida y busqué el asiento más cercano a él y más lejos de Liam.
Todos se ubicaron. Romero en la cabecera, Ethan frente a mí. El único sitio disponible para Liam estaba al lado de Ethan… pero, por alguna razón absurda, decidió plantarse frente al chico a mi derecha, hasta que este se levantó y le cedió su lugar.
¿Quién hace eso?
Qué vergüenza ajena.
Abrí mi cuaderno, fingiendo concentración, mientras Ethan me lanzaba una sonrisa divertida y Liam seguía observándome con intensidad.
Romero carraspeó.
—Bien, vamos a empezar.
*
Llevábamos ya un buen rato en la reunión y por fin logré enfocarme. Al principio me costaba ignorar la manera en que Liam me observaba cada tanto, pero terminé acostumbrándome. Mientras tanto, iba anotando algunas de las preguntas que los otros le hacían a David. Varias me sorprendieron, no lo voy a negar.
Y justo cuando estaba empezando a sentirme cómoda, lo sentí.
Su mano. Grande. Caliente. Tocando mi muslo desnudo como si tuviera todo el derecho del mundo. Apenas hizo contacto, mi cuerpo reaccionó con un cosquilleo que subió por mi columna como una descarga. Sus dedos se movían con calma, dibujando líneas invisibles sobre mi piel encendida. Tragué saliva y, sin armar un escándalo, giré las piernas en otra dirección.
Pero su mano me siguió.
Intenté apartarla con la mía. Inútil. No se movió ni un milímetro. En cambio, me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos, como si eso fuera lo más natural del mundo. Cada vez que trataba de zafarme, él apretaba con más firmeza. Fastidioso no, lo siguiente.
—Pórtate bien, cariño —me susurró cuando empecé a pellizcarle la mano.
¿Disculpa? ¿Que me porte bien? ¡Qué cara más dura!
—Tienes mucho descaro al decirme que me porte bien —le solté entre dientes, sin apartar la mirada de nuestras manos unidas, llena de rabia.
Después de varios intentos inútiles, cedí. No porque quisiera, sino porque era eso o causar una escena. Ya bastante atención atraíamos sin decir una palabra.
Me mantuvo atrapada un rato más, hasta que finalmente tuvo que soltarme para pasar la página cuando el tema de la reunión cambió.
*
Una hora más tarde, al fin terminó todo. Me levanté enseguida, recogí mi bolso y empecé a guardar mis cosas sin perder el tiempo.
Vi que Liam discutía con uno de sus empleados, así que aproveché para acercarme al señor Romero y pedirle permiso para salir antes. No tenía nada más que hacer allí.
No esperé respuesta. Salí directo al pasillo y caminé lo más rápido que pude hacia el ascensor. ¿Por qué estoy corriendo? Se suponía que iba a hablarle de Leo y Mia...
Cuando llegué, apreté el botón con fuerza, esperando que las puertas se abrieran ya. Miré hacia atrás, buscando señales de que alguien me seguía. Nadie. Respiré aliviada. Pero ese alivio vino con un nudo de culpa. Él sigue siendo su padre...
El sonido del ascensor me trajo de vuelta. Entré sin pensar, apreté el botón del vestíbulo y me dejé caer contra la pared, cerrando los ojos cuando las puertas empezaron a cerrarse.
¿Y si le mando un mensaje? ¿Y si le digo que podemos hablar?
Ah, cierto... ya no tengo su número.
Y justo cuando las puertas casi se cerraban por completo, una mano las bloqueó. Grande. Firme. Inconfundible.
—¿Me estás tomando el pelo? —dijo Liam, empujando las puertas para entrar.
Las puertas se cerraron detrás de él y empezó a avanzar hacia mí, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Instintivamente me pegué contra la pared, deseando ser invisible.
—¿Qué haces, Liam? Hay una cámara aquí —dije, intentando mantenerlo a raya. Mentira. Lo sabía. Y probablemente él también.
—¿Desde cuándo una cámara ha impedido que te tenga como quiero? —respondió, su voz cargada de intenciones.
Me puse rígida al sentir su mano recorrer la parte interna de mis muslos. Intenté cerrarlos, pero él los separó con la misma facilidad con la que decía mi nombre. Exhalé, temblando.
—Ya no estamos juntos, Liam. No puedes seguir pensando que puedes tocarme cuando te da la gana. ¿Y si tengo pareja? —le dije, sintiendo cómo me ardían los ojos.
No podía llorar. No ahora.
Él levantó la cabeza de mi cuello y me miró con esa mezcla de deseo, rabia y algo parecido al arrepentimiento.
—Ariana, no voy a dejar que otro hombre te tenga. Eres mía. Lo siento. Lo siento por haberte echado, por haberme divorciado de ti. Me equivoqué. Debería haber confiado en ti. Ahora sé la verdad. Solo quiero arreglar las cosas —dijo con un tono que parecía sincero.
Tuve que reír, aunque sin alegría.
—Siete años tarde, Liam. Llegas siete años tarde para eso. Ahora soy yo. Solo yo. Salgo con quien quiero, hablo con quien quiero. No necesito tu aprobación para nada...
…pero tal vez, solo tal vez, podamos perdonarnos. Empezar de cero como amigos. Como antes —dije sin mirarlo, enfocándome en cualquier cosa menos en sus ojos.
Él no lo permitió. Su dedo subió hasta mi barbilla y la sostuvo con firmeza, obligándome a levantar la mirada. Me negué a mirarlo directamente, fijando los ojos por encima de su cabeza.
—Mírame, Ariana —ordenó.
Observé su cabello oscuro, más largo que antes, perfectamente peinado hacia atrás. Y detesté el impulso que tuve de enredar mis dedos en él, como solía hacer.
—Ariana —repitió, esta vez más suave, soltando un poco su agarre.
¿Desde cuándo mi nombre estaba tan de moda?
—Si no me miras, me veré obligado a castigarte, amor —susurró, y me dieron ganas de reír de nuevo. Por favor.
El sonido del ascensor me salvó. Apenas escuché que se abría, lo empujé con fuerza y salí disparada hacia la salida, ignorando sus gritos detrás de mí.
Jadeaba cuando llegué a mi coche. Busqué las llaves como loca, abrí la puerta del conductor... y de pronto, la puerta se cerró de golpe.
—No pienso dejar que te vayas otra vez —gruñó detrás de mí.
Me giré, furiosa.
—¡Yo no me fui! ¡Tú me dejaste! Cuando más necesitaba amor, apoyo... tú me trataste como basura. Me humillaste. Me llamaste put@. Mentiste. Me echaste de nuestra casa. ¿Y ahora quieres volver? ¿Así de fácil? No tienes idea de lo que viví. De lo que sigo viviendo —grité, llorando, mientras lo golpeaba en el pecho una y otra vez. Él solo me miraba, callado, con la culpa pintada en la cara.
Me sequé las lágrimas con la mano temblorosa.
—No puedo más. Estoy agotada. He intentado seguir adelante, y tú sigues apareciendo, revolviendo todo. Ya no puedo con esto —murmuré, quitando su mano de la puerta y subiéndome al coche.
Encendí el motor y me alejé de ese edificio sin mirar atrás. Me obligué a respirar hondo para calmarme.
Tal vez Marco tenía razón.
Solo tardé unos minutos en llegar a la casa de Clara. Aparqué en su entrada, bajé, caminé hasta la puerta. Antes de tocar el timbre, saqué el móvil para ver si tenía algún mensaje... y asegurarme de que yo seguía entera.