ARIANA
Fue Clara quien abrió la puerta. Tenía esa sonrisa cálida de siempre, pero bastó un segundo para que se le borrara del rostro.
—¿Todo bien? Tienes cara de haber llorado… —empezó, pero no insistió cuando le aseguré que estaba bien. Crucé el umbral sin más.
Ya conocía el camino. Caminé por el pasillo, directo al rincón favorito de los niños. Clara había convertido esa pequeña sala en su refugio, aunque le había dicho muchas veces que no hacía falta.
Apenas crucé la puerta, Mia me vio. Entre muñecas desordenadas y bloques de LEGO, corrió hacia mí con lágrimas en los ojos. Leo, en cambio, vino sonriendo.
—¿Qué pasa, Mia? —le pregunté, secándole las lágrimas con los pulgares.
—¡Te fuiste sin decir adiós! —sollozó.
—Y prometiste hacernos tostadas —añadió Leo, aferrado a mis piernas.
—El desayuno del tío Marco estaba todo quemado —se quejó Mia, y no pude evitar soltar una risa corta.
Marco puede ayudar en la cocina, claro. Pero si le toca encargarse de todo... mejor pedir algo afuera.
—Perdónenme, mis amores. Mamá tuvo que salir temprano al trabajo —dije, intentando bajar a Mia, pero me abrazó con fuerza por el cuello.
Suspiré. Estaba malacostumbrada. Y sí, era culpa mía. Pero... ¿quién puede resistirse a tanta ternura?
—Y no se dice adiós, ¿recuerdas? Se dice "hasta luego, Mia" —le recordé.
Leo se soltó de mis piernas y frunció el ceño, señalando algo o alguien detrás de mí.
—¿Y tú quién eres? —preguntó.
Mia también volteó la cabeza, curiosa. Me giré. Y ahí estaban, en la entrada: Clara... y Liam.
¿Qué rayos hacía él aquí?
Clara me miró con cara de “no te enfades”.
—Lo siento… Justo cuando iba a cerrar la puerta, lo vi bajarse de un coche y venir corriendo. Cuando me dijo quién era… no pude decirle que no —explicó en voz baja.
Bajé a Mia. Liam dio unos pasos hacia el interior, con la mirada fija en Leo.
—¿Eres nuestro nuevo papá? —preguntó Mia, como si fuera lo más lógico del mundo.
—No necesitamos otro papá —dijo Leo, serio, colocándose entre ellos.
—Es un amigo mío del trabajo —intervine, intentando sonar tranquila, aunque no podía ni mirarlo.
Liam se agachó a la altura de los niños.
—¿Y tú cómo te llamas, princesa? —le preguntó a Mia. Ella se puso colorada y bajó la mirada.
—Mia —dijo, casi susurrando.
Vi cómo se le iluminaban los ojos a Liam. Esa sonrisa... no la veía desde hacía años.
—Lindo nombre. Eres igualita a tu madre —le dijo, con ternura.
Luego miró a Leo, que lo fulminaba con la mirada.
—¿Y tú, campeón?
—Leo Torres —dijo, ofreciéndole la mano con una formalidad inesperada.
Liam levantó las cejas, sorprendido, pero le estrechó la mano.
—Leo —repitió, y luego me miró.
Tantos recuerdos me golpearon a la vez. Cuando estábamos comprometidos, Liam soñaba con tener un hijo llamado Leo.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó.
Ambos alzaron seis deditos.
—¿Y tú cómo te llamas, señor? —dijo Mia, acercándose más.
—Liam Cruz —respondió.
—¿Eso quiere decir que eres un caballero? ¿De los de castillos? —preguntó emocionada. Se puso a saltar de felicidad.
Liam se rió y le acarició el pelo con cuidado.
—Podría serlo. Incluso ser tu caballero personal, si quieres —dijo. Mia chilló de emoción y se lanzó sobre él. La sostuvo con firmeza, sin dejar que se cayera.
Mi corazón se apretó.
—¡Falta poco para nuestro cumple! ¿Vas a venir? —preguntó Mia.
Antes de que yo dijera nada, él prometió que sí.
Tomé a Leo en brazos. Apoyó su cabecita en mi hombro, ya medio dormido. Mientras, Mia y Liam hablaban de coronas y dragones.
—Leo, ¿te cae bien Liam? —le susurré. Él alzó la vista y negó con la cabeza.
—¿Por qué no, amor?
—No me gusta cómo te mira. Eres mi mamá —dijo bajito.
No tuve tiempo de responder. Mia vino corriendo.
—¡Mami! ¡Liam dijo que nos va a llevar a Disneylandia! —gritó.
—¿En serio? —pregunté, mirando a Leo, que claramente quería emocionarse… pero no sabía cómo.
—Mia me dijo que era su lugar favorito. Si a tu mamá le parece bien, podemos ir todos —dijo Liam, mirándome.
Genial. Ahora, si digo que no, soy la bruja.
Leo se giró de nuevo hacia él.
—¿Te gusta mi mamá? —soltó sin filtro.
—Leo, eso no se pregu... —empecé, pero Liam lo interrumpió.
—Sí. Me gusta. De hecho, la quiero.
Me quedé paralizada. ¿Acaba de decirle eso a un niño?
Leo apretó los labios, furioso.
—Mi papá va a volver cuando ya no esté enfadado con mamá. Y entonces vamos a ser una familia otra vez. Así que no puedes quererla —dijo, como si marcara territorio.
Liam lo miró con algo que parecía… orgullo.
Se agachó otra vez.
—Estoy seguro de que tu papá te quiere muchísimo. Y quiere mucho a tu madre también. Haría cualquier cosa por estar con ustedes otra vez —le dijo con voz suave.
—¿Conoces a mi papá? —preguntó Leo, intrigado.
—Claro que sí. Somos muy amigos. Me pidió que, si te veía, te dijera que está muy orgulloso de ti por cuidar tan bien de tu mamá y tu hermana.
—¿Y cuándo va a venir? —insistió Leo.
Liam me miró. Vio mis ojos llenos de lágrimas.
—Pronto. Muy pronto.
*
No esperaba encontrarme con él ahí. Solo quería algo para beber, pero ni siquiera pude llegar al refrigerador sin que Liam interviniera. Me bloqueó el paso como si tuviera algún derecho, y solté un suspiro exasperado antes de girarme.
—No—, solté con firmeza.
Me sonrió con esa expresión que siempre me pone de los nervios. Arrogante. Burlón. Como si supiera más de lo que debería.
—No voy a salir contigo—, le dije, dejando claro cada palabra mientras apartaba su brazo de encima.
—¿Por qué no? Dijiste que me perdonabas.
—Te perdoné, sí. Ya no cargo con rencor—, aclaré, respirando hondo, —pero eso no significa que quiera volver contigo. Que quede claro: lo hago por los niños, no por ti.
Dicho eso, por fin abrí el refrigerador y saqué una botella de vino. Mi favorito. Llené un vaso mientras él seguía ahí, detrás de mí, demasiado cerca. Pude sentir el calor de su cuerpo irradiando sobre mi espalda.
—Solo es una cita, Ariana. Podríamos empezar desde cero... contarme todo sobre ellos... —insistió con ese tono que usaba cuando quería negociar.
—¿Y por qué no hacerlo aquí mismo? —respondí, girándome con el vaso en mano y encogiéndome de hombros.
Quise moverme, pero él se anticipó. Colocó ambas manos en la encimera, una a cada lado, encerrándome. No tocó, pero no necesitaba hacerlo. La tensión en el aire era suficiente. Su cercanía me cortó la respiración.
Sus ojos viajaron a mi boca. Automáticamente me humedecí los labios. Lo odiaba. Odiaba que me mirara así. Odiaba no saber cómo responder cuando lo hacía. Si se acercaba un poco más...
—Liam... ¿Qué haces? —empecé a decir, pero no llegué a terminar.
—¡Mamá, queremos galletas, por favor! —gritó Mia desde la sala.
Gracias al cielo por esa interrupción. Me zafé de inmediato, empujándolo hacia atrás. Él dio un paso atrás, despacio, sin apartar la mirada. Su expresión cambió, como si alguien le hubiera quitado algo.
—Liam… No voy a impedirte estar con ellos. Son tus hijos. Te necesitan. Y no pienso convertirme en la razón por la que crezcan sin su padre. Puedes venir, llevarlos de viaje, estar cuando quieras. Pero entre tú y yo... eso ya no existe. No más nosotros.
Lo dije sin levantar la voz, pero sabía que le dolía. Su espalda se tensó. Y entonces se giró. Se acercó con esa mirada que me tenía harta de tantas veces verla.
—Eres mía, Ariana. Tu corazón, tu mente, tu amor y tu cuerpo. Todo eso es mío. No te dejaré ir —dijo, tomándome la barbilla, con la respiración descontrolada.
¿En serio? ¿Otra vez con eso?
—Eso es justo el problema. Hablas como si yo fuera un estúpido objeto. Ni siquiera te has disculpado de verdad. Ni un gesto. Nada. No soy tuya, Liam. No soy de nadie —le solté, y me fui antes de que pudiera decir algo más.
Fui directo al salón, abrí la caja de galletas y la dejé sobre la mesa. Mia y Leo se levantaron al instante.
—No se las coman todas como la última vez. Si lo hacen, la tía Clara no comprará más. ¿Entendido?
Asintieron, contentos, con la boca ya llena.
—¿Quieres una? —dijo Mia, y al principio pensé que me hablaba a mí. Pero no. Se lo decía a Liam, que se había acercado silenciosamente por detrás.
Genial.
Pasó junto a mí como si nada, se sentó en la alfombra con ellos y se acomodó. Mia le dio una galleta, y él sonrió como si no hubiera pasado nada hace cinco minutos.
—Gracias, princesa —dijo, y se metió media galleta de un bocado.
—¡No tan rápido, te vas a atragantar! —gritó Mia.
—¿Quién te ha dicho eso? —le preguntó Liam, divertido.
—Mamá —respondió Leo, como si fuera obvio.
Liam soltó una risita, terminó la galleta y se lamió el chocolate de los dedos. No sin mirarme. Como si eso fuera una especie de mensaje.
Sentí cómo me subía el color a las mejillas. Me excusé rápido. Fui a buscar leche para los niños. Tenía que hacer algo. Tenía que alejarme de él antes de perder el control.
Unos minutos después volví, coloqué los vasos en la mesa. Los pequeños discutían otra vez, pero yo solo quería ir a cambiarme. Necesitaba respirar.
Necesitaba que él aprendiera a controlarse. Y yo también.
*
Volvimos a casa después de dejar a Clara. Llevaba a Leo y Mia conmigo, pero lo que no esperaba era que Liam decidiera seguirme.
Después de acostar a Leo y darle su beso de buenas noches, salí de su habitación. Liam seguía ahí, en la sala, observándome con esa intensidad que siempre me inquietó. Me acomodé en el sofá de enfrente, marcando distancia.
—Bueno... —empezó él, como si no supiera por dónde entrarle al tema.
Fruncí el ceño. No entendía a qué venía ese tono. Entonces lo soltó.
—Quiero llevar a Leo y Mia a comer algo. Pronto.
Solo asentí, sin decir nada.
—¿Ah, sí? ¿Quieres salir con mis hijos? Bueno, tendré que hablarlo con su padre —dije mientras agarraba el teléfono.
—No hagas eso, Ariana. Sé que son míos. Leo... Leo es una copia de mí —dijo, claramente conteniéndose.
—¿Y eso qué? Que compartan tu ADN no te convierte en su padre. No estuviste, Liam. Nunca estuviste. Marco sí. Él estuvo cuando más lo necesitaba. Me sostuvo la mano mientras los traía al mundo.
No podía ni mirarlo a la cara mientras lo decía. La verdad me dolía. Y me pesaba.
—Nunca me hablaste de ellos… —balbuceó.
—No me dejaste hacerlo. Ese día en tu oficina, yo intenté. Pero me callaste. No querías oírme. Me gritaste. ¿Cómo esperabas enterarte, si no me diste ni espacio?
Silencio. Por fin.
—Quiero que vengas conmigo a Nueva York. Empecemos de cero. Tú, los niños… y yo.
Lo miré. De verdad lo decía. Lo peor es que se le notaba.
Pero yo ya no tenía paciencia para sus promesas vacías.
—¿Hablas en serio? ¿Crees que después de todo volvería contigo? —pregunté, atónita.
No contestó. Solo mantuvo la mirada.
—¿Tienes idea de lo que hiciste? Me dejaste en ridículo delante de todos: tus amigos, mi familia, la tuya… ¡me rompiste!
Vi su expresión cambiar levemente.
—Ariana, si tan solo me escucharas…
—Basta. Vete. Me cuesta hasta respirar en el mismo espacio que tú.
Esa chispa que tuvo por un segundo en los ojos se apagó. Y volvió esa mirada suya. Fría. Indescifrable.
—Ariana, yo…
—¡Te dije que te vayas! Ahora. No quiero esto. No más.
Me levanté y abrí la puerta. Me temblaban las manos. Él me miró, se levantó con calma, se acercó y clavó los ojos en los míos.
—Que tengas buena noche, amor.
Y, sin que pudiera evitarlo, rozó mis labios con un beso que no pedí. Luego se fue. Afuera ya lo esperaba alguien en un coche. Por supuesto.
Cerré la puerta. La aseguré. Me di la vuelta y me dejé caer contra ella. Suspiré. Miré al techo, frustrada.
—Te detesto —susurré.
Y ahí estaba él. Todavía. En mi cabeza.