ARIANA
Han pasado unas tres semanas.
Tres semanas exactas sin ver a Liam. No es que el tiempo haya pasado volando. De hecho, cada día ha pesado el doble desde entonces.
Desde aquella última vez, he evitado cualquier encuentro. No es miedo... bueno, tal vez un poco. Miedo a lo que siento cuando lo tengo cerca.
Sus llamadas quedaron en el buzón. Solo respondía mensajes si se trataba de los niños. La última salida de él con ellos fue hace tres días.
Aunque el trato con el señor Romero ya se había cerrado, Liam seguía en Florida. No sé si por trabajo o por otra razón. Pero seguía aquí.
Mia no ha dejado de preguntar cuándo vendría a la merienda que planearon. Y aunque sé cuánto lo ama, no podía permitir que viniera a casa. No todavía.
Lo que sí me sorprendió fue que Leo también preguntara por él. Y eso es raro viniendo de alguien que solía tratarlo con desdén cada vez que lo veía.
Eran casi las siete de la tarde. A las ocho tenía que estar lista para un evento al que Marco, en un arranque de dramatismo, me rogó que lo acompañara porque se sentía más solo que un calcetín sin pareja. Ya había coordinado con Clara para que cuidara a los niños.
Subí a mi cuarto con los niños todavía pegados al sofá viendo muñecos, sin notar siquiera que me fui.
En el baño, me quité la camiseta negra y los pantalones cómodos. Ajusté el agua al nivel que me gusta: caliente. Casi hirviendo.
La ducha me abrazó con ese calor que arde un poco al principio pero que me hace sentir viva. Cerré los ojos y dejé que el vapor envolviera todo.
Lavé mi cabello rizado, usé mis productos favoritos. Pero aunque intentaba relajarme, Liam aparecía. En cada rincón de mi mente. Tocándome. Besándome. Sujetándome contra la pared.
Sacudí la cabeza. No podía seguir así.
Me sentí estúpida al notar cómo mi cuerpo reaccionaba solo con imaginarlo. Me enjuagué rápido, salí y me sequé sin perder tiempo. Usé el secador en el pelo, me lavé los dientes y fui al vestidor.
Me puse lencería negra, toda de encaje. Algo simple pero que me hace sentir bien. Revisé los vestidos. No era una noche de gala, Marco lo había dejado claro. Así que opté por uno n***o, ceñido, sin hombros, corto y con una pequeña abertura en la pierna. Dudé entre mis zapatos planos y los tacones altos... terminé eligiendo los segundos. Elegancia mata comodidad.
Faltaban quince minutos. Me apliqué crema en las piernas, me vestí, me maquillé lo justo, agregué joyas pequeñas pero llamativas. Lista.
Al bajar, noté que los niños ya no estaban en el salón. Justo entonces sonó el timbre. Abrí la puerta.
Marco estaba impecable. Traje entallado, postura perfecta, y sus rizos negros cayendo hacia un lado con naturalidad. Siempre tan él.
¿Feo? Para nada. Es atractivo. Pero para mí es como un hermano. Además, a él no le interesan las mujeres.
—Vaya, vaya... —dijo con una sonrisa cargada de picardía—. ¿Intentando provocar infartos esta noche?
Solté una risa.
—Mírate tú también. No te quedas atrás.
Se dejó caer en el sofá con un suspiro largo. Me senté a su lado.
—Ojalá esté mi alma gemela esta noche, porque así como estoy me siento ridículo.
—Vamos, dramático, te ves genial —le dije, rodando los ojos con una sonrisa.
—¿Y tú? ¿Vas a encontrar al tuyo esta noche?
Aquí es donde debería haber dicho algo. Pero no le conté nada de Liam. Aún no.
¿Pueden culparme? La última vez que Marco lo vio, prometió arrancarle los testícul0s y metérselos por... bueno, ya saben.
No quiero ser la razón por la que alguien termine hospitalizado.
Aunque seamos sinceros... ¿han visto los brazos de Liam? ¿Ese cuerpo?
Ugh, no. Basta.
—¡ARIANA! —me sobresalté. Marco me miraba como si hubiera estado gritando hace rato.
—¿Qué? ¿Por qué gritas?
—Porque llevas media vida en trance y Clara ya está aquí. No respondiste y tenemos que irnos YA.
Se puso de pie. Yo lo seguí, intentando recomponerme.
*
No sé por qué Marco impone tanto a la gente. A mí, más que intimidarme, me recuerda a un cachorro de tigre que intenta parecer feroz. Con esos músculos tensos y la cara seria… solo puedo pensar en lo mucho que se esfuerza. Y sí, lo comparé con Liam. No pude evitarlo.
Intenté abrazarlo, solo un poco de contacto, pero se apartó como un niño caprichoso y se fue directo a la puerta. ¿Será que en realidad tiene cuatro años atrapados en el cuerpo de un adulto? No me parece tan descabellado.
—¿Estás molesto conmigo? —le pregunté con tono ligero, sacando un pequeño puchero a ver si caía. Pero lo único que hizo fue gruñir y salir. Giré hacia Clara y los peques, que probablemente se habían asomado por curiosidad. Besé a mis dos soles en la cabeza y le prometí a Leo que volvería pronto, justo cuando vi que casi se echaba a llorar.
Siempre es Mia la que se pone sensible… esta vez le tocó a él.
Ya en el coche, acomodándome en el asiento mientras Marco arrancaba, todo quedó en silencio. Solo sonaba la radio de fondo, como si estuviéramos en una de esas escenas donde nadie quiere ser el primero en hablar.
¿De verdad está tan molesto solo porque ando soñando despierta?
Intenté romper el hielo:
—¿Alguna cita nueva últimamente?
Error. Grande. Olvidé que él y yo no funcionamos igual cuando se trata de charlas casuales. Me dio el clásico muro de silencio. Se hacía el serio, mirando la carretera, sin siquiera reaccionar. Así que opté por empezar a hablar sin filtro, diciendo lo primero que se me pasaba por la cabeza. Tonterías, reflexiones, lo que fuera. No me contestaba, pero lo vi: le temblaban los labios. Estaba aguantando la risa.
Cuando llegamos, aparcó justo frente al edificio. Desde el coche, vi cómo entraban varias parejas tomadas del brazo. Todo el mundo tenía a alguien. Y ahí entendí por qué Marco no quería venir solo: nadie quiere ser el único sin compañía en eventos así.
Salimos y caminamos juntos. Intenté tomarle el brazo, él lo esquivó con la misma actitud de antes. Pero vi la sonrisa escondida. Al acercarnos más, lo volví a intentar… ¡y esta vez logré enlazarme a él! Pudo haberse soltado, pero no lo hizo. Punto para mí.
En la entrada, una chica de nuestra edad nos recibió con una sonrisa enorme. Nos dio un papel y nos deseó que lo pasáramos bien. Le guiñó un ojo a Marco. Me quedé en shock un segundo.
—¿Viste eso? ¡Te guiñó el ojo! —le solté, bajando la voz.
Él solo me miró y dijo:
—No, cariño. Te guiñó el ojo a ti.
No le creí. Me giré y ahí estaba la chica, mirándome, sonriendo, saludando con la mano. ¡Qué rayos! Le devolví el saludo como pude, medio avergonzada, y casi arrastré a Marco hacia el salón mientras él no paraba de reírse.
—Mira esa carita, estás roja —se burló antes de pellizcarme las mejillas. Le aparté las manos de inmediato.
Encontramos la mesa con los conocidos de Marco y nos sentamos. Después de un par de presentaciones, un camarero se acercó a preguntar por bebidas. Cerveza, vino… yo pedí limonada. No me apetecía alcohol.
Pero no me perdí la forma en que miró a Marco. Claramente lo reconoció, aunque Marco ni se inmutó, clavado en su teléfono.
—¿Lo conoces? —le pregunté, ladeando la cabeza.
Suspiró. No quería hablar del tema, pero me miró.
—¿Te acuerdas del tipo con el que salí hace unas semanas? El que dijo ser gay pero estaba casado con una mujer —me lanzó.
—¡¿Te refieres a…?! Ups, olvidé su nombre otra vez —exclamé.
Él puso los ojos en blanco. Yo me reí.
—No tenías por qué ser tan grosero —le dije.
Marco me clavó la mirada como diciendo “¿en serio?”.
—¡El tipo dijo que era soltero y estaba interesado, y luego resulta que está casado y solo le gustan las mujeres! Ariana, por favor…
—Podría ser bisexual… —murmuré. Tampoco había necesidad de tanto drama.
Milagros, una chica del grupo que acababa de conocer pero ya me caía genial (quizás porque me recordaba a Clara), soltó una broma:
—No eres muy fan del alcohol, ¿verdad, Ariana?
Antes de que pudiera contestar, Marco se metió.
—Ni se te ocurra acercarte a ella con una copa. Un trago y ya está quemando el edificio —soltó entre risas. Todos se rieron. Yo solo puse cara de "no es tan gracioso", mientras Marco me daba codazos para provocarme.
Y entonces, sin previo aviso, me suelta en voz baja:
—¿No estarás embarazada, no?