ARIANA
Lo miré como si hubiera perdido la cabeza. ¿De dónde sacó eso?
En ese momento, una camarera trajo las bebidas. El resto de la noche fue ligera: risas, preguntas, saludos a conocidos. Cuando menos lo esperaba, Marco me dio otro codazo y se levantó. Me tomó de la cintura y comenzamos a caminar hacia otro lugar del salón.
—¿A dónde vamos? —pregunté, sintiendo cómo se encendía una curiosidad dulce en el pecho.
—A casa de mi jefe y su esposa. Son los que hicieron las galletas que te traje —contestó Marco, y una ola de emoción me recorrió.
Esas galletas… todavía las saboreaba en la memoria.
Al llegar, nos plantamos frente a una mesa repleta de parejas con aspecto formal; al vernos, el murmullo se apagó. Un hombre y una mujer se pusieron en pie y se acercaron a nosotros. El hombre abrazó a Marco entre risas; la mujer me dirigió una sonrisa franca que me tranquilizó un poco.
Me sentí como la primera vez que conoces a los padres de la persona que te interesa, con Marco en el papel de novio. Qué repugnante idea.
—¿Y esta quién es? ¿Tu nueva novia? —preguntó el hombre. Marco y yo sacudimos la cabeza, negando la sugerencia, y ambos nos reímos. El gesto de ellos fue cálido: nos dieron abrazos amistosos.
—Sabes que no quiero novia, Maverick. Esta es mi mejor amiga, Ariana. Ariana, él es mi jefe, Maverick Borne, y ella es Gretha, la creadora de esas galletas —me presentó Marco. Le dije a Gretha cuánto me habían gustado y ella, amable, se ofreció a compartir conmigo algunas recetas; incluso intercambiamos números.
Mientras conversábamos, una sensación de incomodidad empezó a crecer en mi nuca, como si alguien me estuviera observando desde hacía rato. Miré alrededor y en pocos segundos encontré unos ojos azul oscuro que parecían clavados en mí.
¿Por qué está aquí?
Me sobresalté: él me miraba de esa forma fija, casi como si me atravesara. Costaba apartar la vista. Al recuperar la compostura, vi a otra persona que me era demasiado familiar y solté una risita mordaz. Claro que la traería.
Trajo a esa zorra, Patricia, consigo. Noté el gesto posesivo de ella, pegada a su antebrazo, apretando su pecho artificial contra él para llamar la atención. Sentí una punzada y me obligué a mirar hacia otro lado.
Marco terminó de hablar con Maverick y nos acompañó de vuelta a la mesa.
—¿Estás bien? No te ves bien —me preguntó con preocupación. Tenía ganas de contárselo todo, pero no quería ensombrecer la noche.
—Sí, estoy bien —mentí mientras nos sentábamos; la pista estaba llena y quedamos solos.
—No me intentes mentir, Ariana. Sé cuándo te pasa algo. Dímelo —dijo, y su mano encontró la mía con calma. Mis ojos se humedecieron sin aviso.
Él sí que se preocupa.
—Te cuento todo cuando vuelva del baño —le prometí y salí con paso rápido hacia el servicio que había visto al llegar.
No necesitaba realmente el baño; necesitaba un refugio antes de que las lágrimas me traicionaran. Frente al espejo respiré hondo y aparté una lágrima con la manga; no soy de maquillaje recargado, así que mi aspecto era natural, simple.
Tras unas respiraciones, salí. Al doblar la esquina choqué contra algo sólido; me llevé la mano a la frente.
—Perdón, no miraba —murmuré, pero la culpa no era mía. Y, por supuesto, él estaba allí otra vez.
—En realidad no lo siento —contestó con tono corto. Intenté alejarme, pero me atrapó del brazo y me lanzó contra la pared con brusquedad.
¿De dónde viene su obsesión con las paredes?
Traté de empujarlo; me acercó más. Le clavé las uñas en el pecho sin resultado.
—¿Qué te pasa, Liam? ¡Suéltame! —le dije y le di un golpe en el pecho. Con una mano sujetó las mías por encima de mi cabeza y con la otra me agarró del cuello sin apretar.
—¿Qué te he dicho? No te acerques a otros hombres. Solo yo puedo tocarte. Si algo les pasa, será tu culpa, amor —susurró áspero en mi oído, su mano apretando apenas la tráquea.
¿No es eso demasiado agresivo?
—No soy ni seré de un pedazo de mierd@ bipolar y egoísta —le devolví con desprecio, mirándole directo. Él tarareó algo y de pronto sus labios estrellaron los míos con violencia; me besó con avidez. Forcejeé por apartarme, pero me empujó con todo su peso contra la pared.
Sentí su lengua rozando mi labio; los intentos por resistirme se mezclaban con un calor confuso. Me negué a corresponder, pero eso sólo provocó que apretara más mi cuello brevemente, dejándome sin aire.
Al recuperar el aire, su lengua se enredó con la mía. La confusión y el calor me hicieron ceder por un instante. Su mano aflojó la presión en mi cuello pero siguió reteniéndome; noté, con vergüenza, cómo frotaba su erección contra mi bajo vientre. Un gemido se escapó de mi garganta antes de que pudiera evitarlo.
Él gimió también.
Mi mente gritaba que me apartara; mi cuerpo traicionaba con respuestas que no quería.
—Rayos, te he echado de menos —gruñó él, separando el beso por un segundo, y sus palabras me devolvieron a mí misma. Me repuse y lo empujé con todas mis fuerzas; retrocedió sorprendido.
La sensación de humillación me inundó: ¿cómo habría quedado a los ojos de cualquiera que hubiera visto aquello?
Antes de que reaccionara, le propiné una bofetada dura en la cara; su gesto apenas se sacudió y vi cómo apretaba la mandíbula. Si alguien más le hubiera hecho eso, habría acabado peor.
—¿Eso es lo que echas de menos? ¿Sólo esto? —solté entre dientes, con la vista empañada por las lágrimas—. Solo sex0, promesas vacías. ¿Y tú y esa zorra que trajiste se han juntado desde que me fui, verdad? Llegas con la cara dura de entrar a mi vida y dañarla otra vez.
—Ariana, no es así. Nunca te usé solo para eso —replicó él.
Probablemente me veía como una ex celosa con dramas.
Vi que intentaba agarrarme otra vez; me escabullí y salí corriendo por el pasillo lejos de él. Me limpié las lágrimas a trompicones y forcé una sonrisa antes de volver a mi sitio junto a Marco.