ARIANA Mía me soltó las piernas de golpe y salió disparada como una bala hacia Liam, gritándole a Isabella: —¡Es mi papá, no el tuyo! Él la recibió con una sonrisa amplia, la alzó en brazos, le dio un beso en la mejilla y la bajó con una suavidad que me irritó más de lo que debería. Detrás, Leo se colocó a su lado con la misma cara de fastidio que su padre. Dos gotas de agua... Igual de tercos. Y así, oficialmente: mis hijos eligieron al vagabundo encantador. Me reemplazaron sin el menor remordimiento. ¿Pero no se suponía que estaba…? —¿Liam? ¿Cómo supiste que estábamos…? —ni siquiera terminé la frase. Él ya me tenía del brazo y me arrastraba directo a su coche. Mía y Leo caminaban pegados a él como si todo fuera normal. —¿Qué haces? —intenté zafarme, pero su agarre era firme. Apena

