Val no perdió el tiempo y enseguida me asignó un nuevo régimen. Tendría que aprender a entrenar mis habilidades, según había dicho él. Primero, tenía que hacer un ejercicio de respiración de lo más estúpido, parecido a aprender a empujar el aliento desde la barriga, como hacían los cantantes. La mejor parte del entrenamiento era que el comandante en jefe, Val, me permitía el privilegio de entrenar en el jardín, aunque, en general, la tarea era tediosa, mundana y poco inspiradora. No dejaba de mirar la hora mientras el tiempo parecía no avanzar. Así que, después de un rato de estiramientos sin incidentes, decidí tomarme un descanso y me fui directa al columpio. El tiempo pasó. Pero me daba igual. Estaba feliz, balanceándome hacia adelante y hacia atrás, alcanzando las nubes blancas en el

