Poco más tarde, doblé la esquina hacia la calle Santa Ana y atisbé la casa que solía considerar como mi hogar, antes de que me arrestaran. Detuve el coche frente a la entrada, pero lo mantuve al ralentí mientras inspeccionaba la vieja casa con la mirada. Había envejecido tanto… Vacía y marchita, la casa parecía estar abandonada y haber sido erosionada por el clima. Había malas hierbas por todas partes, y la pintura se había agrietado y se estaba cayendo, exponiendo las tablas de madera podridas. Suspiré y me mordí el labio inferior. Sentí la necesidad de entrar. Abrí la puerta del coche y salí de golpe. Temía que, si me lo pensaba dos veces, me acobardaría. Se me revolvió el estómago conforme me acercaba a la casa. Me di cuenta de que los escalones que conducían al porche estaban medio

