Esa misma noche, cuando todos los invitados se hubieron marchado, la señora Noel finalmente nos dio las buenas noches y se fue a dormir a una de las habitaciones de la planta baja que decidimos que fuera su dormitorio permanente. Estaba lavando el último plato, cuando Jeffery me pilló por sorpresa y, en un movimiento rápido, me agarró y me abrazó tan fuerte que apunto estuve de quedarme sin aliento. Mientras me abrazaba, dijo entre lágrimas ahogadas: —Muchísimas gracias por traer a mi tía a casa. No sabes cuánto tiempo he estado tratando de conseguir que se viniera a vivir conmigo. No importa lo que digas, a mi tía una vez que se le mete algo en la cabeza, ¡no puedes hacerle cambiar de idea! Ver la gratitud en los ojos llorosos de Jeffery me conmovió. Sentí las lágrimas que se acumulaba

